TRIBUNA
Alfonso Cuenca Miranda | Domingo 13 de julio de 2014
Hace unos meses, tras exponer en una conferencia las líneas maestras de la historia y situación actual de Canadá y de la cuestión quebequesa, un viejo amigo diplomático, en el coloquio posterior que sucedió a aquélla, señaló que en conclusión, por tanto, Canadá no es sino la historia de un fracaso. Ello no hizo sino compeler al conferenciante a realizar un ejercicio de admisión-refutación de aquel aserto, comenzando unas reflexiones de las que son fruto (seguramente no maduro) las presentes líneas.
Efectivamente, un primer análisis sobre la realidad canadiense puede ofrecer razones que abonen la conclusión referida. Canadá nace como el resultado de la pugna secular entre dos de las naciones más importantes de la Historia moderna, lucha, por tanto, no menor. Así, Lord Durham, comisionado de la Corona británica para analizar la situación canadiense, pudo decir en 1839 que Canadá es el fruto de dos naciones que guerrean en su seno. El propio lema de Quebec (“je me souviens”) ejemplifica como pocos la añoranza del “Paraíso Perdido” y la resistencia a perder la pasada identidad. Precisamente, esa resistencia está detrás de las tensiones vividas en los siglos XIX (como por ejemplo, la rebelión de Riel o la crisis de las escuelas francófonas de la provincia de Manitoba) y XX (cabiendo citar los altercados derivados del reclutamiento obligatorio en las dos guerra mundiales). Esa difícil relación desembocaría en el último tercio del siglo XX en el surgimiento de un movimiento independentista quebequés que una vez alcanzado el poder en la Bella Provincia ha impulsado dos referéndums de secesión (1980 y 1995), el segundo de los cuales fue rechazado por muy escaso margen (50,6% de noes frente a 49,4% de síes).
Con todo, como diría un castizo, la cosa no termina aquí, ya que las reivindicaciones quebequesas y el propio desarrollo del país han provocado tensiones territoriales que tienen como co-actores a otras provincias de Canadá, particularmente, las del Oeste. Éstas, en cuanto no fundadoras originarias de la Federación Canadiense (nacida en 1867 a raíz de la aprobación de la British North America Act) se consideran (en gran parte con razón) discriminadas en el diseño de la arquitectura constitucional canadiense, como sucede, por citar algunos de los casos más destacados, en el reparto de escaños en la Cámara de los Comunes y el Senado o en la concreción de las cuotas de magistrados “provinciales” en la Corte Suprema. A ello se suma (dato no baladí, ciertamente) el hecho de que en las últimas décadas el motor de la vida económica y social canadiense se ha desplazado del este y centro del país (Quebec y Ontario, respectivamente, las dos provincias fundadoras del Canadá) hacia el oeste, debido principalmente a que éste se ha convertido en uno de los ejes comerciales más importantes del mundo (especialmente, por lo que respecta al otro lado del Pacífico, como ilustra el dato de que Vancouver es la ciudad no asiática con mayor proporción de población china), así como al descubrimiento en los últimos años (particularmente en Alberta) de unas reservas petrolíferas que se cuentan entre las más importantes del planeta. Y, por si todo lo señalado fuera poco, deben añadirse las reivindicaciones de los denominados aborígenes (grupo que comprende a las llamadas primeras naciones, a los esquimales y a los mestizos) por mejorar su estatus, cuestión esta especialmente sensible en una nación con amplios espacios y recursos naturales.
Ciertamente, el somero repaso realizado no ofrece, en principio, razones para un optimismo desbordante sobre el presente y futuro de la aventura canadiense. Sin embargo, un análisis más detenido de los diversos factores en juego evaporan muchas de las nubes acabadas de describir. Así, en primer lugar, ha de destacarse el clima esencialmente pacífico en el que se desenvolvieron (con la excepción del movimiento terrorista de los años 70 en la Bella Provincia, claramente rechazado por sus habitantes y por las fuerzas políticas) y se desenvuelven las tensiones referidas, lo que en último término nos remite a la madurez de una sociedad como la canadiense, rasgo éste que cuenta con numerosas proyecciones (algunas de las cuales se señalarán a continuación). Por otra parte, ha de subrayarse que la clase dirigente no ha renunciado a solucionar los problemas de integración, cabiendo citar al respecto los intentos de Ottawa por lograr la aceptación quebequesa de la actual Constitución, ofreciendo una reforma de la misma. Así, es preciso recordar que los acuerdos de Lago Meech (1987) y Charlottetown (1992) contaron con la inicial aquiescencia (más tarde frustrada) de los representantes quebequeses y de los del resto de las provincias canadienses. Incluso, tras el fracaso del segundo referéndum de secesión quebequesa, tanto la Cámara de los Comunes como las otras provincias reconocieron el carácter de Quebec como sociedad distinta (y más tarde como nación dentro de un Canadá unido). En resumen, la mano siempre ha estado tendida.
Pero, interesa subrayarlo, esa mano siempre ha sido firme. En Canadá las autoridades federales han sido muy claras en relación con el respeto a los parámetros jurídico-constitucionales. Y así, en relación con la posible secesión quebequesa, tras el referéndum de 1995, el gobierno federal tomó como tarea el encauzamiento jurídico constitucional de la cuestión, teniendo como referencia el capital dictamen de la Corte Suprema de 20 de agosto de 1998. De esta forma, la Ley de Claridad (2000) exige claridad en la pregunta y en la respuesta producida en el marco de un referéndum secesionista, siendo la Cámara de los Comunes federal la encargada de examinar tales extremos. La fijación exacta de los límites del terreno de juego ha sido uno de los principales factores a la hora de explicar el reciente enfriamiento de la cuestión quebequesa.
Y en este sentido, es necesario volver sobre uno de los rasgos señalados más atrás: la madurez del electorado canadiense. Uno de los datos que más llaman la atención a un observador europeo es la acusada volatilidad electoral y partidista canadiense (favorecida además por la adopción del sistema mayoritario). Así, se producen periódicamente importantes vuelcos electorales, lo que da lugar a la desaparición de partidos otrora ocupantes del poder y a la creación de nuevas fuerzas políticas que en breve lapso pasan a ser protagonistas de la escena pública. Uno de estos vuelcos se ha producido recientemente en el propio Quebec. La convocatoria anticipada de elecciones provinciales por el independentista Partido Quebequés, hasta entonces en el poder, se ha saldado (contra todo pronóstico) con una derrota histórica de las posiciones soberanistas, que han retrocedido en el Parlamento a niveles de la década de los setenta (se calcula que la opción independista ha descendido a un apoyo cercano al 20%).
Se advierte, por tanto, un cierto cansancio del electorado quebequés en relación con el mantra político de los últimos 40 años en la provincia. Por otra parte, si desde determinados análisis, alguien podría pensar que Quebec se encuentra fuera del sistema canadiense, sin embargo, como puso de manifiesto la propia Corte Suprema en 1998, nada más lejos de la realidad, ya que Quebec ha sido y es el principal protagonista en la dirección política de Canadá (así, aquélla recordaba que 7 de los 8 últimos primeros ministros habían sido quebequeses), siendo pieza clave en la arquitectura constitucional del país. Los quebequeses son conscientes de ello. Como también lo son de que Canadá es una de las mayores potencias económicas del planeta, forma parte del denominado G-7, y cuenta con uno de los más sólidos sistemas bancarios y con cotas de desarrollo e integración inigualadas por la mayoría de naciones.
La Historia, la extensión de un país-continente, la conjunción de poblaciones… son barreras difíciles, a priori casi insalvables. Pero la voluntad de convivir se sobrepuso en Canadá a todo ello protagonizando una de las singladuras más exitosas de la Edad Contemporánea.