Hace cerca de un mes, envié a El Imparcial unas cuartillas que llevaban por título “El conflicto sirio-iraquí: un funeral que está tardando en anunciarse”. La viga central, la que sostiene la propuesta de aquellas líneas, lleva por nombre y apellido la reconfiguración del Oriente Próximo. O sea, el constituido por las provincias árabes (Sham) del imperio turco-otomano a partir del siglo XVI y hasta el final de la Primera Guerra Mundial. Se propone, pues, una nueva configuración del mosaico, cuyas teselas se llaman Siria, Jordania, Líbano y la bíblica "tierra entre ríos" (Mesopotamia); es decir, el hoy tambaleante Estado de Iraq. Un estado de creación británica, en forma de monarquía parlamentaria, que lució con luz propia hasta 1958, cuando el viraje militarista de sus gobiernos abrió el conflictivo panorama de la guerra fría en la Región. Los períodos de la Gran Guerra y la inmediata postguerra sembraron la semilla de la discordia en Oriente Próximo; no solo a causa deltrazado fronterizo (del que fueron sus responsables aparentes Mark Sykes y François Georges-Picot) sino también porque el conservador Lord Balfour pronunció en 1917 una declaración -dirigida al patriarca de los Rothschild- favorable a la creación de un hogar nacional para el pueblo judío.
Si a los conflictos fronterizos, inter-tribales u otros, se suman los de raigambre político-ideológica (panarabismo y sionismo, en particular), tan enardecidos a partir de 1945, se entenderá que el mapa de la Región no tardara en mostrar su condición de punto neurálgico de las relaciones internacionales, tanto durante la segunda mitad del siglo pasado como en el tramo que llevamos vivido del siglo XXI.
La desaparición de Sadam Hussein, la ocupación de Iraq por los mandos y ejércitos aliados (americano y británico) y el voluntarismo democratizador de los Bush y Blair, implicados de hoz y coz en la ancestral Mesopotamia entre 2003-2009, han venido a resquebrajar el Estado iraquí que se proclamó al alcanzarse la independencia en 1932.
Actualmente, una solución territorial tripartita -chiíes mayoritarios, sunníes predominantes, y kurdos separatistas- se vislumbra en el horizonte iraquí como la menos mala de las alternativas al embrollo a la vista. Firmas de autoridad como las de Zalmay Khalilzad (embajador de Estados Unidos en Iraq entre 2005-2007) y Leslie H. Gelb (presidente emérito del Council on Foreign Relations) sostienen la funcionalidad de una Federación venidera en el campo de juego iraquí. Con, o sin, la amenaza de los neo-califatos a incorporar en la cuenta de resultados.
No nos engañemos, empero. La otra creación estatal que se incubó durante Entreguerras -la del Estado de Israel en 1948- no ha sido ajena a la cualidad conflictiva del Oriente Próximo desde entonces hasta ahora mismo. La imposibilidad, demostrada, de la coexistencia de los dos Estados -uno, israelí; otro, palestino- en la judeo-cristiana provincia de Tierra Santa, no hace sino ganar terreno con cada uno de los encontronazos, guerras relámpago y ocupaciones de castigo que han tenido por escenario Israel y Palestina desde 1967, por no remontarnos más lejos. Lord Balfour fue para algunos un predecesor iluminado; para otros, el responsable de un nefasto precedente.
En los días que corren, Roger Cohen, “telonero” del New York Times, ha clavado la situación que atraviesa esta otra parcela sísmica del Levante (Sham) semítico: "Lo que Israel quiere es el status quo (exento de misiles enviados por Hamas). Israel es la potencia defensora del status quo por excelencia en la Región. Procura mantener en calma Gaza bajo control de Hamas, así como un movimiento palestino dividido entre Fatah en Cisjordania y un proceso de paz vacío de contenido por tiempo indefinido, y prosperidad garantizada para Israel. Divide e impera. Hamas es útil para Israel mientras aquel permanezca en calma".
No hay mucho más que añadir a lo que hemos difundido en más de una ocasión en las columnas de El Imparcial: habrá que asistir al funeral del Oriente musulmán árabe e israelí, tal y como lo hemos venido forjando -y legitimando- a partir de 1916. La tarea es ímproba; no hay quien pueda dudarlo, aunque no abordarla se demuestre una opción que, pronto o tarde, resulte altamente arriesgada para la Región.