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¿Por qué el Real Madrid tiene que vender a Iker Casillas ahora?

Diego García | Miércoles 23 de julio de 2014
La posible llegada de Keylor Navas convierte la salida de Iker en el mejor escenario para el club. Por Diego García


En plena efervescencia estival en lo que al mercado de fichajes se refiere, Florentino Pérez parece decidido a abordar uno de los núcleos capitales en el futuro a corto y medio plazo de la entidad madrileña que preside. Si bien el mandatario atisba completar la revolución de los cimientos del bloque que condujo al madridismo hacia la tierra prometida el pasado mayo intercambiando a Di María por James -en pos de cuadrar el balance y “ver cómo se puede mejorar la plantilla”-, parece también decidido a prender la mecha de, quizás, la gestión de más complicada digestión de su mandato. El Real Madrid se ha enamorado de Keylor Navas por influjo de la esencia que emana el evento mundialista y a la que, al parecer, todavía no se ha inmunizado el dirigente merengue. El costarricense, que ejecutó una legendaria actuación ante Holanda en los cuartos del Mundial brasileño -a la altura de las mejores actuaciones de guardametas en un partido del campeonato más elevado de este deporte-, ejercería un flujo de presión en la lista de porteros de Valdevebas que evoca, de manera casi  inexorable, la salida de uno de los primeras espadas de la temporada pasada.

La transición de salida de un mito siempre resulta traumática, pero, para evitar desenlaces que empañen la inmaculada imagen de más de una década de servicio a la camiseta querida, han de abordarse con el realismo que marca la tiranía del presente en el balompié. Iker Casillas cuenta con 33 primaveras y un cierre de temporada obsceno si se compara con su trayectoria. El patinazo monumental en la final de Lisboa que solo la frente de Ramos consiguió salvar de quedar grabado en la imagen colectiva del aficionado a este deporte se ha sumado a la indescriptible actuación sufrida ante Robben, Van Persie y compañía en el primer acto de la debacle española en territorio carioca. Las dudas sobre el estado de forma actual del mejor portero que haya conocido este deporte en España ya no resultan heréticas para los ultraortodoxos del respeto a los galones -entre los que destaca Vicente del Bosque-. La suplencia adquirida en el último año de Mourinho en el banquillo blanco -en aquella rebeldía intestina, una suerte de “toma de la Bastilla” castiza- marcó el inicio de la contaminación del aura de “San Iker” que, para su desgracia, cuenta con un epílogo descrito con anterioridad, la coherente crueldad asociada a la caída en el olvido estrictamente futbolístico. La jerarquía y legitimidad no es exclusividad de Casillas en su club y la selección desde 2013.

Raúl representa, quizá, el último futbolista icónico, leal y venerado en la tribuna del Bernabéu a la altura de Juanito, en esa clase de admiración colectiva. La salida del “7” que participó en la reconquista de la Copa de Europa y añadió otras dos al palmarés del equipo de Chamartín resultó complicada, pero lógica. El capitán e indiscutible cedió ambas atribuciones por la exigencia del tiempo, el desgaste y la competitividad. Caso similar al del guardameta que podría abandonar el club de su vida antes de la llegada de septiembre. Sin embargo, figura en el currículum de ambos una diferencia notable en la gestión del brazalete. El portero implementó una desatención de sus responsabilidades como jefe de la manada que le destaca de la figura del punta zurdo: cuando Mourinho y Ancelotti decidieron apostar por la implicación de Diego López y reservarle un hueco en la fría banca, Iker decidió amenazar con su salida del equipo, dibujando una línea antagónica al cohesionar el grupo que se presupone a un capitán de vestuario. La erosión en su legitimidad como líder acarreó una merma en la percepción pública de su profesionalidad, alimentando el crecimiento de un grupo de opositores a esa actitud del otrora portero idolatrado por todos.


El presunto desembarco inminente de Navas desde el Levante patrio coloca a Diego López o Iker Casillas como tercer portero en la lista, fuera de la élite competitiva y lejos de disputar minutos de calidad -sálvese la Copa del Rey como reducto-. La elección de Carletto en la pasada temporada resultó clara: Diego en Liga (38 partidos) e Iker en Liga de Campeones (13, con suerte). ¿Cómo reaccionaría Casillas si quedara relegado al olvido “irrespetuoso” de sus medallas como última opción real?

Contemplando el dilema con perspectiva pragmática -que por otra parte es la que predomina en el deporte profesional, aunque sobrevivían románticos ejemplos todavía-, el Madrid se enfrenta a dos vías principales: vender a Casillas y mantener a Diego López como segundo portero, menos conflictivo en esa posición; o vender a Diego López, vaciando el rol de meta suplente ante la inminente y natural marcha de Iker que marca el paso del tiempo. En la primera posibilidad, la entidad capitalina se aseguraría la mejor venta posible -aspecto en ningún caso baladí para Florentino- y el escenario con menor nivel de depresión post traumática de cara al medio plazo, ya que la transición de salida del mito quedaría resuelta con herida dolorosa, pero cicatrizada a no tardar demasiado. En lo que respecta al segundo camino expuesto, el de la salida de Diego López, el club mantendría en el vestuario al capitán -vaciado de sus galones en favor de Sergio Ramos- y pospondría el proceso de venta o salida gratuita de su emblema, avocando a Ancelotti o al técnico de turno a ejecutar un protocolo de emergencia para adquirir de urgencia a un portero de garantías que, además, asuma con buen talante su suplencia.

El vigente campeón de Europa, lo que se traduce en el dominio mundial de la dimensión de clubes, ha apostado este verano por la revolución -todavía no ha quedado asegurada la permanencia de Isco, Illarramendi y Khedira- para que nada cambie, para mantener el lustre y abordar la histórica repetición de título continental, nunca antes vista en la era de la Liga de Campeones. Pero, quién sabe si como peaje de esa estrategia económico-deportiva, se ve obligado a abordar el retiro de un mito y gestionar el tsunami que conlleva. El destino, tan caprichoso, parece haber colocado en el mismo lugar y situación a Xavi Hernández e Iker Casillas, dos nombres gigantes en la historia del fútbol español y de los dos colosos del balompié patrio.