EPPUR SI MUOVE
Antonio Hualde | Miércoles 23 de julio de 2014
Según Dick Armey, “hay tres grupos de personas que gastan el dinero ajeno: los hijos, los ladrones y los políticos”. Tiene su aquel que esto lo diga precisamente un político; liberal, para más señas. Armey pertenece al ala más conservadora del partido republicano estadounidense, cuyas políticas tanto gustan a algunos de nuestros políticos. Consisten en ahorrar gasto público con la misma prodigalidad que otros quisieran gastarlo; de hecho, eso hicieron en el pasado, y así estamos hoy.
España es receptora del llamado “turismo sanitario”. Viene gente de medio mundo a tratarse y operarse aquí, sabedora de que tenemos uno de los mejores sistemas de salud que existen. Público. Y muy bueno. Madrid no es una excepción; más aún, a nivel nacional es de lo mejorcito, pese a los intentos del PP por laminarlo. De inicio, a algún iluminado se le ocurrió que había que abrir hospitales a diestro y siniestro, sin que ello fuera a redundar necesariamente en una mejor atención sanitaria. Había que hacer alguno, sí, pero lo suyo habría sido mejorar los que ya hay, dotarlos de mayores medios técnicos humanos e invertir con cabeza.
Pero no. Era la época en la que en España se hacían aeropuertos sin viajeros y en Madrid hospitales al tun tun. Se sacó a enfermeras cualificadas de servicios en las que eran más que necesarias para llevárselas a otros sin personal suficiente. Despelotar a un santo para poner en top less a otro, vaya. Luego, las jubilaciones y las no renovaciones de contratos. Médicos con años de impagable experiencia recibían un burofax en el que ni los servicios prestados se les agradecían. Pero faltaba la guinda: privatizar. Si, si, la sanidad seguirá siendo pública y todo eso, pero la gestión, privada. Menos mal que la justicia hizo idem y se cargo el proyecto de enriquecimiento de cuatro -cientos- mal nacidos, cuyo único interés es lucrarse a costa de la salud de sus semejantes. El ánimo de lucro es consustancial al concepto de empresa. Concepto que no acaba de encajar en una sanidad pública como es debido, pues es difícil que sea rentable. ¿Solución? Privatizamos la gestión: catering más barato, contrata de limpieza más barata, análisis clínicos subcontratados, sueldos de médicos y enfermeras retocados a la baja -en proporción inversa a sus horas de trabajo- y escamoteo de pruebas diagnósticas.
La austeridad es necesaria, pero no suficiente. Pagar errores del pasado no implica hipotecarse con otros nuevos en el presente. Ana Botella, por ejemplo, se ha sacado de la manga una ordenanza de parquímetros que roba impunemente a todo madrileño que se atreva a aparcar en zonas públicas. El ayuntamiento del que es alcaldesa por accidente tiene una de las deudas más altas del mundo -dejada por su antecesor, Alberto Ruiz Gallardón- y, claro, hay que sacar pasta de donde sea. Bien que la sacaban los que se lo llevaban crudo con licencias urbanísticas, de fiestas como la del Madrid Arena -aquella en la que murieron cinco chicas mientras la señora Botella se tomaba un “relaxing” café con leche en un lujoso spa de Portugal- o de actividades poco claras. Son los mismos que, por aquello de diversificar, tienen también participación en empresas “de gestión sanitaria”…todo queda en casa. A mí me parece que está feo lo de jugar con la salud de la gente a fin de llenarse el bolsillo y vaciarlo luego en Suiza. Muy feo.