Opinión

Mis recuerdos del final de los bloques en Europa

TRIBUNA

Juan José Laborda | Jueves 24 de julio de 2014

Hay dos hechos que coincidieron cuando empecé a ejercer la presidencia del Senado: la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989, y la muerte de Dolores Ibárruri, “Pasionaria”, el 12 de ese mismo mes. 

Tengo la impresión que en nuestros días -un tiempo que prescinde de las comparaciones históricas para avizorar el futuro-, hablar de aquel pasado europeo, con soviéticos, muro de Berlín y comunistas españoles (que seguían siendo leales a la Unión Soviética), no es solamente un recuerdo de una época pretérita. Aquellos acontecimientos no fueron sólo el final de una historia, sino el comienzo de la nuestra . Pero mientras la política democrática actual desdeña las ideas en nombre de la técnica económica, una nostalgia por la Justicia sin Libertad ha regresado con fuerza, veinticinco años después de la caída del Muro.

Esta es la transcripción de lo que escribí poco después:

         Visité la sede del PCE donde estaba expuesto el cuerpo de “Pasionaria”. Recuerdo que me recibieron dirigentes históricos como Simón Sánchez Montero y Enrique Lister. La imaginería soviética rodeaba el túmulo funerario de la presidenta de los comunistas españoles. Las condecoraciones u ordenes de Lenin -y creo que también la de Stalin-, lucían en sitio visible, marcando una existencia estrechamente anudada con la Unión Soviética, desde los tiempos de nuestra guerra civil. El recuerdo de la presencia de Enrique Lister acentúa la misma sensación. Lister había regresado al PCE hacía poco tiempo, cuando Santiago Carrillo fue relevado por Gerardo Iglesias y Julio Anguita. Era un firme partidario de la URSS desde los años en que Stalin le confío, primero, el batallón comunista durante la guerra en España, y después, le ascendió a general soviético al participar en la Guerra Mundial. Las fuertes discrepancias de los comunistas de entonces, entre prosoviéticos y eurocomunistas, se disolverían junto con la ideología comunista y la misma Unión Soviética. En aquel noviembre de 1989, con Gorbachov todavía a los mandos del partido y de la URSS, la desaparición de Dolores Ibárruri no simbolizaba todavía el final de una historia. Un comunista ruso representó al Comité Central del partido de Lenin, en las ceremonias funerarias de “Pasionaria”. 

         A los pocos meses de iniciada aquella legislatura, el Senado aprobó una declaración favorable a la reunificación alemana. Cuando terminó la sesión, se la entregué al embajador de la República Federal de Alemania, Guido Brunner. Era un gesto extraordinario, cargado de simpatía, pues el presidente de una Cámara parlamentaria española nunca lleva personalmente los documentos que atañen a otros países. Guido Brunner me esperaba en la puerta de la embajada, y una vez dentro, con una cierta solemnidad, le hice entrega de una copia del acta, con las firmas y formalidades de rigor, en la que el Senado, como representante del pueblo español, mostraba su apoyo al pueblo alemán para refundarse en un solo Estado. Entre diversas consideraciones, la resolución afirmaba que ese proceso iba a ser bueno para el futuro de Europa.

         El embajador Guido Brunner sabía el significado de aquella declaración, que además había sido aprobada por unanimidad. Brunner no era un embajador cualquiera. Había sido comisario europeo bajo la presidencia de Roy Jenkins, y representante de su país en la Conferencia de Helsinki de 1973. Fue clave para que Walter Schell, el vicecanciller alemán, asistiese a la coronación del rey Juan Carlos II a la muerte de Franco. Brunner abandonó su condición de senador en el Bundesrat para encargarse de la embajada en España. Hacía frecuentemente bromas sobre su condición de nacido en Madrid, en el barrio de Chamberí, de madre española, en concreto, salmantina.

         Para el embajador Brunner, no eran sólo sus orígenes, sino su biografía política e intelectual la que le llevaban a encontrar paralelismo entre las dos Españas políticas, y las dos Alemanias estatales, resultado de otro drama histórico. Sabía que la solidaridad española significaba que era posible superar las consecuencias de la guerra con el proyecto democrático europeo.

         Años más tarde, hemos conocido cuánto estuvieron en contra de la unificación alemana dirigentes como la primera ministra Margaret Thatcher, o el presidente François Mitterrand. Y seguramente, expresaban la profunda desconfianza de los británicos y de los franceses ante una Alemania que aparecía, inesperadamente, como un gran pueblo en el corazón de Europa. Helmut Kohl lo recordó en sus memorias: Felipe González fue el único gobernante europeo que desde el primer momento apoyó a los alemanes. Y también obraba en sintonía con el sentimiento confiado (y optimista) de los ciudadanos españoles.

         Esa es la sustancia del europeísmo. No es sólo el Banco Europeo y sus controvertidas decisiones. El europeísmo se basa en la certeza en que el método democrático es la única manera de resolver los problemas sociales y económicos en paz 

         En mayo de 1990, presidí una delegación de senadores que fue recibida en Alemania con muestras de enorme simpatía. El presidente de la República Federal, Richard von Weizsäcker, antiguo alcalde de Berlín, me recibió en Bonn, y hablé con él durante más de media hora (en francés). El paralelismo entre nuestros dos países fueron el núcleo de nuestra conversación. Weizsäcker, aparte de su talla como estadista, había calificado el fin del régimen nazi, no como una derrota para Alemania, sino como el inicio de la liberación del pueblo alemán. Me entusiasmó el idealismo democrático del presidente federal. Fue la tónica general en aquel viaje. El presidente del Senado alemán, el Bundesrat, era Walter Momper, entonces, alcalde de Berlín Occidental. Este político socialdemócrata, con quién después he estado en varias ocasiones, organizó, en su residencia berlinesa, una cena a la que asistió el ultimo alcalde del Berlín Oriental comunista, Toni Schwierzina. Los tres, en nuestros discursos, volvimos a incidir ¡en nuestra visión común del futuro de Europa! A unos metros, aún se levantaba el muro de Berlín.

             Ese idealismo sigue siendo ahora necesario.