Opinión

Las dos cajas

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José Pazó | Viernes 25 de julio de 2014

Los japoneses, cada veinte años, deshacen el templo de Ise; el de Izumo, cada sesenta. Luego los vuelven a hacer. Al estar construidos en madera, los elementos envejecen y hacen necesario que tarde o temprano renueven todos sus componentes. Lo interesante es que, cuando los renuevan, lo hacen exactamente igual a como estaban y eran, no cambian una sola tablilla. Estos templos son los dos principales de Japón, algo así como la catedral de Santiago y el Pilar de Zaragoza para los españoles. Ise es el templo de los ganadores en la unificación japonesa, y está en la península de Wakayama; Izumo, el de los perdedores, en la costa oeste del mar de Japón. En Ise, se guarda el espejo que sirvió para sacar a Amaterasu de la cueva en la que se escondió; en Izumo, se custodia la espada que Susanoo extrajo de la sierpe de las ocho cabezas a la que descabezó ocho veces gracias a su gusto por el sake. Gonzalo Jiménez de la Espada tradujo en 1914 el cuento que da título a las Leyendas y Narraciones Japonesas, editado por Langre, un cuento que recoge la historia que el Kojiki, el libro fundacional japonés, cuenta.

Hace unas semanas llegué a Japón con los papeles que Gonzalo Jiménez de la Espada, mi bisabuelo, dejó tras su muerte, para organizar una exposición sobre los libros de cuentos en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kioto. Allí, los papeles fueron acogidos con gusto, y el profesor Bando organizó una muestra que rehacía lo que Jiménez de la Espada había hecho 100 años antes. En especial, publicar en Tokio en 1914 la edición de los “Cuentos del Japón Viejo” y las “Leyendas y Narraciones Japonesas” en unos libritos extraordinarios, publicados por el editor Hasegawa e ilustrados por los últimos artistas de ukiyo-e. Los libros han aparecido en España en la editorial Langre. Una historia de hace un siglo que se deshizo y se rehízo hace unas semanas. Gonzalo Jiménez de la Espada, estudiante de la segunda promoción de la Institución Libre de Enseñanza, viajó a Japón en 1907 para enseñar español durante una década en la Escuela de Lenguas Extranjeras de Tokio, la actual Universidad de Lenguas Extranjeras de la misma ciudad. Allí nacieron sus hijos, y llevó una vida comparable a la que Lafcadio Hearn, Basil H. Chamberlain y otros expatriados occidentales tuvieron en Japón a finales del XIX y comienzos del XX.

Deshacer y rehacer las cosas, sean templos o vidas, tiene muchas ventajas. Fundamentalmente, el proceso sirve para mantener habilidades. Deshacer y rehacer las cosas es la base del conocimiento. El niño que coge el despertador de sus padres y lo deshace para luego volver a intentar recomponerlo, es un pequeño ser ávido de conocimiento, una universidad en ciernes. En la vida hay que saber deshacerse y rehacerse, para volverse a deshacer y rehacer. Es esta una cualidad y un proceso que los japoneses hacen muy bien. Y de esa forma mantienen viva la inteligencia colectiva y muchas artes aplicadas. Frente a la catedral de piedra inmutable, el templo de madera es un puzzle y unas instrucciones. Frente a la mera contemplación proustiana de las piedras de Venecia, la acción juguetona de deshacer armazones de madera para volver a armarlos.

Acabada la exposición de Kioto, acompañado por el profesor David Almazán y el cineasta Juan Betancor, fuimos a la actual Universidad de Estudios Extranjeros de Tokio, y al Instituto Cervantes invitados por ellos y la embajada, donde tuve el extraño honor de que me robaran el paraguas. Japón sigue siendo un país casi libre de delincuencia, sea al descuido o con intención. La sociedad nipona es una sociedad de protocolos y confianzas. Uno sabe lo que debe hacer porque hay instrucciones para todo, y confía en que los demás harán lo que deben hacer. La principal democracia que existe en Japón es la de la educación, sobre todo la educación cívica. Ser japonés es ser un ser social, un nodo con muchas redes de comunicación social, sensorial, sensitiva, intelectual… Ser japonés es estar conectado al núcleo de la japonesidad. ¿Y cuál es ese núcleo? El vacío, dirá un monje zen…

Tras el vacío dejado por el paraguas, cenamos en Tokio con el director del Cervantes, Antonio Gil. No hablamos de la competencia que le ha salido al Cervantes por las ciudades niponas, los “Don Quijote”, una cadena de “todo a cien” gigantescos, luminosos, ruidosos y muchos más sanchopancescos que quijotianos.

Al día siguiente, tras la indescriptible noche tokiota, capaz de destruir cualquier mito neoyorquino, salimos a la Universidad de Estudios Extranjeros de Tokio, el alma mater de Jiménez de la Espada. Allí, durante una entrevista con el rector, llegó el archivero mayor de la universidad con una caja que, como todas las cajas japonesas, solo puede contener un tesoro dentro. Al abrirla, bajo varias capas de papel fino, salió un anuario de la universidad especial del año 1911. Y de la caja que yo llevaba de Madrid, una caja de documentos roja, salió exactamente el mismo anuario. Más español: más arrugado y menos mimado, pero el mismo. Los dos se encontraron tras 103 años, uno tras haber sido custodiado en su universidad y resistir cambios de sede, fuegos, terremotos y la gran guerra mundial; el otro, tras aguantar dos viajes a través del mundo, una guerra civil, la gran guerra mundial, y varios trasteros llenos de polvo. El contenido de las dos cajas se dijo sus cosas, y las dos partes nos despedimos con una sonrisa. La del rector Tateishi, una sonrisa franca, agradable, divertida con lo que estaba viendo.

Luego en Tokio, entrevista con Donald Keene, el japonólogo más importante vivo, ya japonés y tras haber adoptado en la más pura tradición nipona a Seiki, músico de shamisen en obras de Bunraku; y de Tokio a Kobe, a ver a viejos amigos, los Higashitani, a Kobe a ver a Fukushima y los viejos amigos y colegas kobetitas. El rector de Kobe Gaidai, al recibirnos, nos dijo, “Kazoku desu”, “sois familia”. Familia hispanojaponesa en el tiempo y en el espacio.

De vuelta a España, nada es lo mismo. Frente a la delicadeza, el orden, el protocolo, la seguridad, la tradición, la cortesía extrema, el valor del pasado, el aprecio del silencio, la comunicación emotiva no expresada en palabras, la psique española se siente como gritos. En Japón, el ruido de la noche y las tiendas cubre un silencio meditativo; en España, el silencio de algunos rincones recónditos esconde el ansia de ruido. Las dos cajas se encontraron tras 103 años. Las cosas que deben ocurrir, ocurren.