Los Lunes de El Imparcial

Mercedes Cebrián: El genuino sabor

NOVELA

Domingo 27 de julio de 2014

Random House Mondadori. 160 páginas. 17,90 €. Libro electrónico: 10,99 €

Por José Pazó Espinosa



Desde hace algunos años, existe un subgénero en la literatura femenina española: el de la chica/mujer universitaria, diplomática, profesora de español como segunda lengua, estudiante extranjera, funcionaria del ministerio de Asuntos Exteriores o de Cultura, que narra sus experiencias del país al que viaja. Recordamos a Helena Cossano, por ejemplo, y su Cándida Diplomática, o a Yolanda Villaluenga y su Ann Arbor. El genuino sabor de Mercedes Cebrián sigue ese modelo, aunque menos lírico y menos literario que los anteriores. Con esta tendencia a la memoria viajera y profesional, la mujer retoma un modelo clásico de memorias y viajes cultivado por muchos hombres en España desde el XIX, pero extraño entre el otro género. Es quizá una deuda de la literatura española, deuda que se va pagando con billetes y pagarés de desigual valor.

¿Qué nos ofrece desde el punto de vista literario El genuino sabor? Por las solapas del libro, nos ofrece unas críticas sobresalientes de plumas como Ricardo Senabre o Alejandro Gándara. ¿Y qué más? De entrada, Mercedes Cebrián es periodista, y eso pesa. Pesa mucho. La novela se construye alrededor de una mujer joven, que se acerca ya a la mediana edad, Almudena. De ella sabemos poco, excepto gustos y manías bastante superficiales pero graciosas: que le gusta guardar y comer alimentos muy caducados, y que se preocupa mucho de que los grifos estén bien cerrados y las luces apagadas. Sabemos que es amiga de Isidro, hombre muy preocupado por la decoración y por no tener nada típico de España en una casa española, o inglés en una casa inglesa. De lo demás, bien poco. No sabemos cómo llegó adonde llegó, ni de su vida interna, ni siquiera de su vida amorosa. Es un ser perfectamente asexuado, sin objetivos que vayan más allá de esas manías. Bueno, quizá que le preocupa la obesidad, hasta el punto de jugar con la confusión entre la gordura y el embarazo.

Lo que gira alrededor de esta protagonista es un tiovivo de banalidades. En algunos momentos, el libro se puede leer como un tratado de cultura comparada para estudiantes de español como lengua extranjera. Se asemeja algo -aunque carezca de su método- a esos libros que Díaz Plaja publicó en los ochenta, centrados en los pecados capitales de los españoles, escritos en clave de humor. Sin embargo, El genuino sabor no tiene tanto humor como vocación de ironía. Una ironía muy española, chata y de vuelo bajo, que ataca desde casi cada frase o cada párrafo. Dos ejemplos: en la parte que habla de los nombres en España una cita: “Los nombres vascos servían para darle un toque radical a tu existencia”, y un final de párrafo: “¿Queda más o menos claro?”

No se le puede pedir a todos los libros que se publican que sean literatura. Ni siquiera, que quieran serla. En El genuino sabor, que se presenta como novela, no hay construcción de personaje, no hay acción, no hay objetivo, no hay real preocupación por nada medianamente relevante, ni en el autor, ni en los caracteres. No hay construcción ni deconstrucción. Todo esto puede ser algo a lo Perec. Pero en este caso, a diferencia del autor galo, hay una intención de reportaje periodístico, de opiniones más o menos veladas que deben atraer al lector y, sobre todo, parecerle graciosas. Hay gracia muy puntual, y mucha voluntad de ironía española casi televisiva. Lo que podía ser una discusión sobre la imagen de España, o de cualquier otro país, fuera de sus fronteras es un tic de dos personajes, lo que podía ser inteligencia quiere ser ingenio, lo que podía detentar alguna relevancia vital de una generación o de un individuo es una serie de sketchs de columna periodística. Una lectura para los tiempos que corren.