Opinión

Panfleto contra presuntos historiadores

Fernando Caro | Domingo 27 de julio de 2014

“El presente es lo que nos une. El futuro nos lo creamos en la imaginación. Sólo el pasado es la pura realidad”.

Este pensamiento, que Ryszard Kapuscinski cita, pertenece a Simone Weil. En mi apreciación solo encierra verdad. Y por ser así, condenar a César por cruzar el Rubicón tiene la misma consistencia que ponerle puertas al campo.

Pero hay presuntos historiadores empeñados en otorgar legitimidades en función de condenas.

Si condenas el franquismo, puedes inquirir; si no, sólo tienes derecho a –es decir, obligación de- estar callado.

No se sabe qué legitimidad invocan al actuar así, a no ser la que se autoconceden: una pura petición de principio, pero así es.

Presuntos historiadores que no podrán obviar lo que es claro como la luz del día: una condena presente se hace desde un hoy que, sin ese pasado que se pretende condenar, no hubiera sido. Quizás ellos ni hubieran conocido ese maravilloso don de la vida.

Yo sé que estos historiadores a los que me refiero, que a buen seguro pasaron sus buenos malos tragos con las ecuaciones de 2º grado, acaso no comprendan lo que digo. Que quizás me acusen de soberbia, de arrogancia, por aducir no una vaga sino una clara superioridad de principio. Bueno.

Pero a esos presuntos historiadores les diré que las condenas lo son en tiempo real o, si no, se quedan en cortinas de humo, la nada envuelta en una tupida capa de vacío; bla, bla, bla de embaucadores y mercachifles de retablos maravillosos. Quede claro.

El nazismo tuvo, con todos los matices que se quieran aportar, su juicio y su condena. 5 millones de muertos, como mínimo, sólo con el holocausto, bien lo merecían.

Kapuscinski señala que, entre 1918 y 1953, la cifra de muertos en la URSS, incluyendo las víctimas de las 2 grandes guerras, alcanza la cifra de 54 millones. La aporta un demógrafo, Serguéi Maksúdov. I. Kurgánov calcula que durante el período 1918-1958 murieron en los campos de trabajos forzados, las cárceles, y en los frentes de guerra, 110,7 millones de rusos [El Imperio. Anagrama. Barcelona, 2007; pág. 345].

El comunismo soviético no ha tenido juicio, tampoco una condena operativa en consecuencia. Los muertos de esa enorme máquina asesina, por lo visto, no lo merecían. La condena de la historia no deja de resultar un macabro brindis al sol.

Que nadie se llame a engaño. La historia no hace sino repetirse; es un hecho tan igualmente claro como la luz del día.

La prueba: no dejan de surgir presuntos líderes que hacen apología de la abyección. Y que nos prometen, con sus recetas, superar las lacerantes deficiencias del pasado y del presente, y dar a la vez respuesta a los retos presentes y futuros... Por muy increíble que parezca, esta porción de la humanidad ha tenido que esperar hasta hoy para hallar a su definitivo salvador.

No escasean, a la par, los crédulos que dan por buena la engañifa.

Engañifa de manual. Ya me dirán Uds. qué soluciones pueden aportar presuntos historiadores que ya no es que tengan serias dificultades con el álgebra, ¡es que no entienden nada de historia!

Y qué confianza merecen los crédulos que se adhieren a semejantes salvadores. 

¡Vaya representación!