Opinión

Daños colaterales

TRIBUNA

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 28 de julio de 2014

El bárbaro ataque contra el Boeing-777 de la Malaysian Airlines que se ha llevado por delante la vida de tres centenares de personas, puede que haya producido una larga serie de “daños colaterales”, en absoluto calculados por quienes lanzaron el misil SA-11 que destruyó y derribó un avión de pasajeros que volaba a una altitud de 33.000 pies. El seguimiento atento de todas las informaciones sobre la extraña guerra del este de Ucrania, descontando incluso, en la medida de lo posible, la parte de engañosa propagandaque se produce en todo acontecimiento bélico, permite establecer como probados una serie de hechos. Por lo pronto, no existen dudas serias y admisibles, de que fueron los rebeldes pro-rusos -que controlan la zona desde donde se disparó el misil y donde cayeron los restos del avión- quienes dispararon la mortífera y criminal arma. Establecido este primer hecho, es posible descartar una buena parte de la hojarasca propagandística que ha enturbiado las informaciones sobre este brutal atentado, siempre con el propósito de cargar la culpabilidad sobre la otra parte, incluidos quienes los apoyan.

Pero conviene subrayar que en ese conflicto se había producido un punto de inflexión solo unos días antes del ataque al B-777, exactamente el lunes 13 de julio, que explica bastante el deterioro de la situación. Hasta aquel momento, los separatistas pro-rusos solo tenían en su poder misiles de corto alcance, denominados Manpads, que se pueden disparar desde el hombro de un combatiente, se caracterizan porque buscan el calor (por ejemplo de los reactores de un avión) y cuyo alcance no sobrepasa los 12.000 pies (algo menos de 4.000 metros). Del mismo tipo son los Stinger norteamericanos, muy usados en Afganistán, ya desde la época de la lucha contra la invasión soviética. El punto de inflexión al que nos referimos se produce cuando a los rebeldes pro-rusos se le facilita un vehículo lanzador de misiles SA-11, guiados por radar, que pueden alcanzar una velocidad tres veces superior a la del sonido y que pueden alcanzar hasta los 70.000 pies.

El lunes 13 de julio, uno de esos misiles derribó un Antonov-26 ucraniano dedicado al transporte militar, que volaba a 21.000 pies. Los servicios de inteligencia norteamericanos afirmaron que el misil se había lanzado desde la parte rusa, próxima a la frontera con Ucrania, pero los separatistas pro-rusos, orgullosamente, lo desmintieron atribuyéndose ellos la autoría de la hazaña contra el avión ucraniano del Gobierno, “pro-occidental” de Kiev. Curiosamente el jueves 16 de julio, a primera hora de la noche, la agencia oficial rusa RIA Novosti emitió una información en la se decía que los “voluntarios” ucranianos (así llaman los medios rusos a los separatistas pro-rusos) habían derribado “otro” Antonov-26 de transporte militar.

Pero, en cuanto se supo que el avión derribado no era militar sino civil y lleno de pasajeros, los medios rusos cambiaron el relato informativo y empezaron a dar otras versiones, encaminadas a presentar a los rebeldes separatistas como inocentes. Las acusaciones contra el ejército oficial ucraniano fueron la línea directiva de esos nuevos relatos y el propio Putin, que estaba también volando -de regreso de la cumbre de los BRICS que se había celebrado en Brasil- al mismo tiempo que el avión de MalaysianAirlines, emitió un comunicado, pasada la medianoche del jueves 17 en el que afirmaba que “por supuesto, es responsable de esta terrible tragedia el gobierno sobre cuyo territorio ha ocurrido”. En ningún caso, desde luego, matizó –y él lo debía saber mejor que nadie- que el Gobierno de Kiev no tiene el control de esa parte de su territorio. Algún medio ruso llegó a decir, incluso, que el ejército ucraniano quiso atentar contra Putin y se equivocó de avión.

Los expertos militares que siguen la guerra ucraniana, afirman que el día en que hemos fijado el citado punto de inflexión, esto es el lunes 13 de julio, se produjo una escalada en el conflicto, especialmente en su aspecto aéreo. El martes 14, una explosión destruyó  un edificio residencial en la ciudad ucraniana de Snizhne, situada a algo menos de 20 kilómetros de la frontera. Los militares ucranianos culparon a un avión ruso, mientras que los rebeldes lo atribuyeron a los primeros. Y los mismos ucranianos leales al Gobierno de Kiev afirmaron que el miércoles 15 un MIG-29 ruso había entrado en el espacio aéreo ucraniano y emprendió una batalla con dos SU-25 ucranianos derribando a uno de ellos. Claramente se estaba intensificando la lucha en el aire sobre el este de Ucrania.

Significativamente –y como respondiendo a esa nueva situación- el mismo lunes 13 el Gobierno de Kiev había establecido una nueva altitud mínima obligatoria para los aviones civiles que sobrevolaran la zona de conflicto, que fue fijada en 32.000 pies. Algunas compañías decidieron evitar cualquier sobrevuelo sobre la zona marcada como conflictiva, muy concurrida por los vuelos que desde Europa se dirigen a Asia, aun cuando los desvíos suponen más gasto de combustible y desajustes de los horarios previstos. El vuelo de Malaysian Airlines, como ya hemos señalado, estaba a una altitud de 33.000 pies cuando se produjo el ataque. Cumplía, pues, la norma al pie de la letra, pero asumía, sin duda, un riesgo, quizás porque desconocía el nuevo tipo de armamento que se estaba ya utilizando en aquella zona.

Las fuentes de los servicios occidentales, fundamentalmente norteamericanas, insisten en que el manejo de los SA-11 es muy sofisticado y requiere un aprendizaje y un entrenamiento no improvisado y se señala que en la ciudad rusa de Rostov –próxima al este de Ucrania- existe un centro de formación y práctica de esas características. El secretario de Estado, Kerry, ha afirmado en la CNN que hace alguna semanas se detectó un convoy de unos 150 vehículos formado por lanzaderas de misiles, tanques y artillería que, desde Rusia, penetró en Ucrania. Y en otro programa, en la CBS, ha aludido a un video, hecho público por los ucranianos, en el que se ve a una lanzadera de SA-11 camino de Rusia, una vez que se conoció la noticia del derribo del avión civil. Como si se tratara de ocultar posibles pruebas. Según esa información, en esa lanzadera faltaba al menos un misil.

Este gravísimo hecho del ataque y derribo de un avión civil lleno de pasajeros puede haberse llevado por delante una buena parte del proyecto de Putin de reconstruir el viejo imperio zarista-soviético, frenando la carrera “imperialista” que empezó en Transnistria, Abjazia y Osetia del Sur, que impidió que Georgia avanzase su candidatura a la OTAN, que se ha quedado con Crimea y que trata de desestabilizar Ucrania con el conflicto que desgarra su parte oriental. Hasta ahora la respuesta occidental es blanda y el sistema de sanciones que se aplican y se quieren ahora ampliar tiene un efecto muy limitado y hasta le sirven a Putin para jugar la carta del inaceptable acoso occidental y explotar el patriotismo herido de los rusos. El problema de Putin no es, desde luego, interior sino internacional porque su pilatesco lavado de manos acerca de lo que ocurre en Ucrania ya no es aceptado en la escena internacional.

La pasada semana el editor de opinión del periódico moscovita Vedomosti (el mismo título, por cierto, del primer periódico que se fundó en Rusia, en 1703, por Pedro el Grande), MaximTrudolyubov, escribía en el International New York Times que “esta tragedia tiene una vertiente inquietante para los rusos. Quieran reconocerlo o no, la retórica de Putin ha dado una vuelta de círculo completa: Nuestro país se ha convertido en lo que él siempre nos advertía que era cierto: un lugar rodeado de enemigos”. El Presidente ruso se lo ha ganado a pulso. Y eso no es bueno para nadie. No por casualidad ese artículo del periodista ruso se titulaba “El aislacionismo anti-occidental de Rusia”. Rusia y Occidente no son ni tienen por qué ser enemigos. Volver a prácticas propias de la Guerra Fría no tiene ya el menor sentido, aunque el antiguo agente del KGB que gobierna ahora Rusia parezca sentir nostalgia de aquellos viejos tiempos que, felizmente, han quedado atrás.