Opinión

Pro bono comuni : derechos y deberes

TRIBUNA

Natalia K. Denisova | Martes 29 de julio de 2014

Resulta estimulante pensar en la idea del bien común en la época del hedonismo de los derechos sin obligaciones. Uno de los conceptos fundamentales del arte de gobernar, en el siglo XVI español, fue el de bien común. Todos, desde los monarcas hasta el más humilde ciudadano, tuvieron que "ajustar" sus intereses particulares al interés de la sociedad. De acuerdo con esta doctrina, los grandes humanistas españoles, tan grandes como olvidados, elaboraron sutiles leyes que combinaban los derechos de los ciudadanos con sus obligaciones. Era y es, todavía hoy, la mejor manera de alcanzar una convivencia pacífica. Sin embargo, la situación de nuestra época parece darle la espalda a esta feliz doctrina que trata de compatibilizar derechos y deberes. En efecto, comparando la situación de hoy con el siglo XVI, vivimos en el reino de Jauja: tenemos tantos derechos que no nos da tiempo a ejercerlos, mientras que antes no bastaba un día para cumplir con las obligaciones; incluso existen gobiernos que ofrecen a sus ciudadanos el "derecho a ser feliz", una locura más, para demostrar la puerilidad que domina en algunos países. 

Los derechos, en verdad, nos sobran por todas partes, pero ¿estamos contentos con tantos derechos y tan pocas obligaciones? Lo dudo. El bien común, como cualquier concepto social, se desarrolla o degrada junto con las sociedades. Así, el bien común en los siglos posteriores al XVI se fue vaciando de sentido hasta  convertirse en una engañifa. Se utilizó retóricamente. La revolución francesa arremetió contra la noción de bien común y en su lugar instaló la noción de bienestar de la sociedad. Fue  y sospecho que sigue siendo un argumento infalible para alcanzar el poder. A partir de entonces, pocos han sido los gobiernos que hayan renunciado  fácilmente a ofrecer el bienestar para sus ciudadanos al margen de los deberes. El problema hoy no es solo del poder político sino también de la sociedad. Tenemos que reconocer que la apropiación del interés común para conseguir el interés particular no es sólo el vicio de los políticos, sino de la propia sociedad.

Por ese camino del ocaso del bien común, las élites políticas se descomponen en grupitos aguerridos que se apoyan en los sectores de la sociedad que sólo demandan derechos. Lo que pretenden es hacernos creer que la vida en sociedad, la vida social dirigida por la idea del bien común, es antes un estorbo, un impedimento, que un canal para proteger nuestra existencia como genuina sociedad. Esos clanes  o, peor, tribus presionan cada vez más a los ciudadanos que todavía no se han aliado con nadie salvo con el bien común. La ciudadanía sufre a todos estos grupitos "políticos" y  experimenta la presión y dificultades por las ciento de manifestaciones que paralizan el tráfico y destruyen las calles, los ocupas se apropian de los lugares públicos, las amenazas a los representantes públicos, los políticos y la policía empieza a presentarse como  algo normal. En fin, a través de estos fenómenos vemos que el respeto y la autolimitación, fundamentales para el desarrollo de una sociedad democrática, se convierten en griterío e  intimidación de unos cuantos malcriados contra la sociedad.

Así las cosas, y aunque nunca me ha atraído el pensamiento inglés, tan rico como la cocina insular, sospecho que al desaparecer la noción del bien común, que trata de conciliar derechos y deberes, es menester retomar la lectura de Hobbes, porque vamos a pasos agigantados hacia bellum omnium contra omnes.