José Antonio Sentís | Miércoles 30 de julio de 2014
Si hacemos un ejercicio de objetividad sobre lo que pasó ayer en la entrevista entre Rajoy y Mas (y no nos contaminamos con el maximalismo precedente a la reunión), el encuentro en La Moncloa fue en muy poco diferente al que se hubiera podido producir entre cualquier presidente autonómico con el presidente del Gobierno.
Es cierto que permaneció el leit motiv de la consulta separatista, pero relegado de forma ostensible al último punto de los tratados. Y ni siquiera se planteó con dramatismo por parte de Mas, pues fue bastante matizado con consideraciones múltiples sobre la necesidad de hacerlo legal, lo que él es el primero en saber que es misión imposible.
Y Artur Mas no quiso ya, a estas alturas del prolongado y frustrado desafío soberanista, seguir recorriendo su laberinto. Necesita una salida, y vino a Madrid a buscarla. Por eso, sobre la consulta, le basta con no salir con la confesión de la derrota, sino dejar en manos de Rajoy la negativa y así presentarse ante los suyos con una cierta dignidad: yo voy a hacer el referéndum, pero tiene que ser legal; y como Rajoy no permite que sea legal, pues no podré hacer el referéndum. Yo no traiciono mis convicciones; simplemente no puedo llevarlas a cabo. Y todos contentos, porque Mas no hace demasiado el ridículo, y Rajoy se sale con la suya.
Apartado este escollo de la mesa de reuniones, todo lo demás tuvo un aire de aburridísima normalidad. Larga entrevista con conversación amable, franca y sincera, que es, en palabras de Mas, no el final, sino el principio de un proceso de diálogo. Todo muy constructivo y civilizado.
Y ¿de qué se trató? Pues de lo obvio, de lo habitual, entre administradores públicos. Del dinero, de los recursos, de las deudas, de las transferencias. Nada que no se hubiera hablado con la Comunidad de La Rioja o con la de Castilla y León. Porque Mas piensa de forma muy original que Cataluña está mal financiada. El resto de las Autonomías comparte esa originalidad. Todas se sienten maltratadas, todas quieren un nuevo modelo. Y aunque eso sea imposible de resolver, sí es cierto que siempre es susceptible de reajustar, de matizar o de mejorar.
Estuvo Mas, por tanto, en el terreno que podía estar y en el que debía esta. Él mismo puede haber pensado que bastaba con dejar a un lado la iluminación mesiánica que le tiene abducido desde la Diada de 2012 para poder entrar en el club de la política civilizada en un Estado democrático. Y no le habrá sorprendido que Rajoy le escuchara con interés, porque el escollo nunca ha sido la reivindicación económica, sino acompañarla y justificarla por la fantasía separatista.
Supongo que a los apasionados independentistas de nuevo cuño generados por el nacionalismo catalán, a quienes se ha utilizado como escudos humanos en esta batalla de poder de las tribus dominantes en Cataluña, les habrá parecido que Mas se ha venido abajo de golpe. En la ensoñación épica del independentismo, sólo hubiera cabido la imagen de un líder que llegara a Madrid para plantar la bandera y explicitar el desafío. Y todo lo contrario. Ha venido, dicho sin ánimo de menosprecio, a pedir dinero.
Mas ha descubierto que el cielo independentista, si alguna vez era pensable, tendrá que esperar. Y que tiene que pagar las nóminas, y la sanidad, y la educación, y la dependencia. Y que el Estado, vía Gobierno, ha tenido paciencia hasta ahora, ha avalado deuda, ha facilitado créditos para la financiación de Cataluña, ha pagado a proveedores… Pero esta paciencia podría tener un límite, y síntomas o temores de bloqueo empezaban a vislumbrarse. Retrasos en decisiones financieras, sutiles obstáculos en obras públicas, impasse transferencial, etcétera. Y nada de esto podía desbloquearse mientras el listón estaba en las nubes independentistas.
Nunca lo reconocerá, pero Mas sabía que estaba atrapado en una avalancha que no controlaba ya. Una a una, y por goteo, iba recibiendo malas noticias, la última, estrepitosa, la confesada de Pujol (y la inconfesable). La izquierda radical independentista mordía cada día un poco el cuerpo de CiU, perdida toda iniciativa política y obligada a la vez a ponerse a la defensiva en todos los frentes, político, internacional, económico… y ya judicial.
Luego sólo le quedaba una salida. Retomar los orígenes de un partido normal de Gobierno, de los que gestionan con sensación de seriedad, de los que pueden aspirar a una base electoral preocupada por su bienestar, que es lo que queda el día de la resaca después de la noche de borrachera de banderas.
Puede Mas continuar por este camino, en el que seguro que le apoya Rajoy, o puede volver a las andadas. Porque no hay que descartar que Mas haya hecho un movimiento táctico a la espera de tiempos mejores para el desafío. Pero tal vez no. Tal vez el encuentro de ayer sea un primer acto de devolución de las huestes a los cuarteles. Devolución paulatina, claro, porque el cava de la épica tarda algo en perder la burbuja, pero recolocación al fin. En su imaginario, siempre puede haber tiempos mejores para sus sueños estatales. Pero hasta Mas puede saber que para capitanear un proceso, primero hay que ganar entre los suyos, y estaba y está a punto de perder, salvo que le den una última oportunidad, por inmerecida que sea, de ser el líder de una formación de nuevo razonable.
Sé que hay un amplio sector de la opinión pública que piensa que Mas es irreconducible, y que se merece el peor castigo político, el del exilio del poder. Pero también se puede pensar que si antes cambió de ser un personaje de la clase media política a travestirse de revolucionario, por la misma puede volver a sus orígenes. Y, además, o vuelve él, o le vuelven a él, porque si está en cuestión ante los suyos, qué decir de la hostilidad creciente del Estado, que es mucho más que un Gobierno.
No se puede saber si Mas mintió ayer, pero lo que textualmente dijo es que quiere el diálogo con Rajoy y resolver los problemas de Cataluña con “el resto de España”. Y subrayo lo del “resto de España”, que es siempre la expresión clave, la que explicita que Cataluña es España.
Rajoy le ha hecho a Mas el favor que necesitaba al negarle la consulta, pues es la consulta la que tiene en un callejón sin salida a Mas. Con este asunto fuera de agenda, lo demás es de una normalidad casi vulgar. Pero es que Mas necesita un poco de aburrimiento como el comer, porque después de Duran, y Pujol, y Merker, y Valls, estaba en un sinvivir. Y no digamos con Junqueras, con su aliento en el cogote. O con los locos de la ANC, los que quieren hacer un ejército guerrillero en los Pirineos y comprar corbetas a la India.
Pero igual vuelve Mas a Sant Jaume y se envuelve otra vez en la estelada, que con un nacionalista nunca se sabe cuándo se levanta Hyde y cuándo Jeckyll. Aunque esta vez no lo creo. Lo que nunca se sabe es si es tarde para la reconversión, pero sí es muy presumible que igual que se agitan las pasiones callejeras, también se adormecen, porque la guerra es bella, pero incómoda.
Ahora, la cuestión es que no cueste demasiado dinero la broma. Esperemos que solo lo justo.