Como el jardín y sus flores, las Navidades y las rebajas o el ciclismo y la serpiente multicolor, así son las vacaciones y una huelga de algún medio de transporte. No hay periodo estival en el que los pobres usuarios que llevan todo el año dando el callo se tengan que pelear con los retrasos, los cambios e incluso las cancelaciones de sus viajes en tren o en avión. El gran problema en este país es que a todo se acostumbra uno. ¿O no?
Asumimos casi como normal, no por entenderla sino por la reiteración, una huelga en plena operación salida de verano o de Semana Santa o de Navidad o del puente de la Inmaculada y la Constitución. Al final, nos resignamos y con cara de tontos nos ponemos a buscar alternativas para minimizar los daños. Muchos dirán que el que sufre la huelga, por lo menos, se va de vacaciones. También los hay que ahorran todo el año para esta fecha.
El sufrido currante debe saber que tiene derecho a que le recoloquen en otro tren o avión sin coste, a que le den la opción de poder viajar otro día, a indemnizaciones que irán en función del tiempo de retraso y, si nada se puede encajar con sus planes ya rotos, tiene derecho a que le reembolsen el importe total del billete. Pero el daño ya está hecho.
¿Tienes los días de vacaciones contados? Pues ya has perdido uno o dos. ¿Has alquilado un apartamento que te ha costado un ojo de la cara? Pues ya has desaprovechado parte de lo pagado. ¿Te habías hecho ilusiones? Pues te las fastidiaron. ¿Te recompensan por tanto cabreo? Ni en sueños. Al final siempre paga el mismo.
Y digo yo: a riesgo de ser poco original, ¿se han parado los sindicatos a valorar si una huelga en estas fechas veraniegas, cuando la gente lo que quiere es desconectar, beneficia su imagen? Si, como parece, no lo han hecho, ¿por qué piden siempre solidaridad y respaldo? ¿Dónde está su comprensión?
Sucede que cualquier acontecimiento que tenga que ver ahora en España con los sindicatos lleva inmediatamente a la idea de la corrupción en los cursos de formación en distintas provincias, por lo que simpatías, las menos. La sensación de hartazgo es notoria.
El punto de vista marcará el éxito o no de una convocatoria de huelga. No es nuevo. Así, la que han convocado para estos 31 de julio y 1 de agosto los sindicatos en Adif (excepto UGT, que quizá no quiera mucha publicidad en estos momentos) va desde el éxito del 74% de seguimiento que proclaman unos al fracaso del 5,8% que destacan otros.
Como fuere, si preguntas en las calle, la gran mayoría no sabe por qué se protesta, ni qué se quiere conseguir y lo cierto es que importa poco si lo conseguirán. Sólo sabe que molesta y que, por lo general, no se soluciona nada.