Dentro de la tradición historiográfica de la Nueva España, hoy México, en el siglo XVI, aparecióuna tendencia que se consolidóen el XVII. La cultivaron los frailes y los nobles indígenas o mestizos, consistía en atribuir a las civilizaciones indígenas los rasgos de las culturas antiguas y paganas de Europa. Pero es obvio que los indios de Mesoamérica no eran griegos ni romanos. ¡Quémás quisieran! No obstante, la obstinación en el asunto ha sido de aurora boreal y se ha insistido hasta la saciedad en la dichosa comparación. Se ha vestido al imperio azteca con las ropas del imperio romano. La Roma del tiempo de los gentiles fue convertida en el prototipo del imperio azteca o, si les place decirlo de otro modo, el imperio mexica. El franciscano Juan de Torquemada en su obra la Monarquía Indiana, basada en los materiales indígenas y la tradición española, instalóla cultura azteca en la historia universal como si fuera una nueva Grecia o Roma. Precisamente, Roma, según Torquemada, fue el modelo para la ciudad de México, porque ambas eran capitales de la cristiandad: una del Viejo y otra del Nuevo Mundo.
Los criollos de pura cepa en siglo XVIII se apoderaron de las ideas del peninsular acriollado, Torquemada, y las desarrollaron convirtiéndose a símismos en los directos descendientes de los nobles indígenas: del emperador Moctezuma, del heroico Cuauhtémoc y de otros señores destacados, cuyo imperio ellos, los criollos, habían heredado. Los escritos se llenan de loas al grandioso imperio prehispánico y a su continuación la más grandiosa Nueva España. Con las independencias los países de Hispanoamérica, durante el siglo XIX y XX, han declarado la guerra a sus tradiciones hispanas. He ahíuna de las tragedias más serias de estos países.
En cualquier caso, se ha seguido abusando de las analogías históricas para estudiar la historias de los países de Iberoamérica, incluso quienes las critican, caen en ellas. Un ejemplo de esta contradicción nos lo ofrece Octavio Paz, en su Laberinto de la soledad, al decir: "A pesar del justo descrédito en que han caído las analogías históricas, de las que se ha abusado con tanto brillo como ligereza, es imposible no comparar la imagen que nos ofrece Mesoamérica al comenzar el siglo XVI, con el mundo helenístico en el momento en que Roma inicia su camino por la carrera universal"(...). "Mesoamérica estaba constituida (...) exactamente como el Mediterráneo" (Octavio Paz, El laberinto de la soledad, parte: "Conquista y Colonia"). Me parece que esta cita es la confesión de un fracaso. Se demuestra que Paz no logra salir del cauce marcado por los criollos y mestizos del XVII y XVIII, que dotan a las civilizaciones prehispánicas con la grandeza helénica y romana, tratando de integrarlas en la historia universal. Lo que le distingue a Paz de los novohispanos (mexicanos de siglos anteriores) es que él achica el origen hispano de México y de sus habitantes a una violación de una mujer, de la Malinche, por Hernán Cortés. Paz, el hijo de un mexicano revolucionario y de una española, no ve el complejo proceso de la construcción de la Nueva España que durótres siglos y en el cual participaron todos: los peninsulares, indígenas y criollos. Pensar lo contrario es desconocer la historia. O no querer reconocerla.
Esta crítica no pretende minusvalorar la obra de Octavio Paz, del Premio Novel mexicano, cuyo centenario del nacimiento celebramos este año 2014. Son varias las facetas que podemos destacar de este autor: el poeta, el pensador, el historiador y el filósofo. No obstante, no basta su recuerdo y la lectura si no son críticos. El celebérrimo Laberinto de la soledad es un escrito con pretensiones de encontrar la esencia del mexicano. Una tarea nada baladípara el pueblo que ha heredado de la metrópoli la eterna pregunta sobre su propio ser: la pregunta ¿quées España? fue transformada en ¿quées México? y ambas no dejan de ocupar a los mentes más destacados de ambos países. Octavio Paz anhela conocer quién es, se afana por entender su ser y el de sus compatriotas, lo hace aunque para ello fuera preciso desgarrar sus propias entrañas. Es lo que hace, pero no encuentra la buscada "esencia" del mexicano, entre otros motivos, en mi opinión, porque cae en el laberinto de las analogías históricas del criollismo.