Opinión

Ruido

José María Herrera | Sábado 17 de mayo de 2008
Cierto manuscrito medieval consagrado a los deberes de los obispos asegura que son treinta las virtudes que el cristiano debe poseer a fin de conseguir la gloria eterna. El hecho de que sean exactamente treinta, una por cada día del mes, indica que el autor del elenco supeditó la teología al calendario y explica que, ante la dificultad de enunciar un número tan ingente de virtudes, tuviera que echar mano a obligaciones rituales que sólo lo parecen. Esta es seguramente la razón de que encontremos, computada en vigésimo quinto lugar, una virtud tan inverosímil como la frequentatio sanctorum, y, cinco pasos antes, otra no menos improbable, el silencio. ¿Es el silencio una virtud?

Pese a desconocer en toda su verdadera dimensión la ensordecedora experiencia del ruido, producto residual de la técnica, no hay duda de que durante la Edad Media se concedió gran valor al silencio. Únicamente así se explica que alguien pudiera juzgarlo un requisito para la salvación del alma. En la pagana Grecia no llegaron a tanto, aunque la estimación que se le profesó fue igualmente muy alta. “El silencio es un adorno en la mujer” -escribió Sófocles. Esta es una aserción que hoy nadie puede suscribir sin correr el riesgo de que lo encadenen a cualquier peñasco del Cáucaso para que las gallinazas de la discriminación le piquen las entrañas. Sófocles, sin embargo, no se equivocó; más bien se quedó corto, pues el silencio es, asimismo, un adorno en el hombre.

Abraham Lincoln, el presidente norteamericano, evidenció su espíritu clásico y su buen humor cuando dijo que es preferible permanecer callado y parecer estúpido que abrir la boca y disipar cualquier duda. La frase, aunque parezca una mera ingeniosidad, resulta sumamente instructiva, pues basta con volverla del revés para que se ponga de manifiesto la única ventaja conocida del ruido (y quizás la causa última de su presente abundancia): la de ahorrarnos la necedad del prójimo.

Trapenses y cartujos, conscientes de ello, hicieron del silencio una de las normas fundamentales de sus respectivas órdenes. El oído, que es el conducto por el que llega a nosotros la fe, es también la vía por donde se introduce el pecado. De ahí que la forma más categórica de esquivar al maligno sea imponer el mutismo; no sólo dejar de hablar, sino también, y de resultas, dejar de oír, apartarse de la senda trillada por la que suelen caminar los estridentes mortales.

Abordado con el lenguaje de la época, podría decirse que el silencio es un bien escaso, similar al petróleo o al agua potable; o una especie en extinción, como el lince ibérico o la ballena. Verdad que todavía existen grandes reservas de silencio, aunque en ciertos países, el nuestro por ejemplo, siempre escasos de materias primas, la luz roja se encendió hace mucho tiempo. Un ruido ensordecedor lo inunda todo desde la mañana a la noche, momento que aprovechan los jóvenes para sembrar las plazas de las ciudades de decibelios y testosterona. Hasta en las alcobas, otrora remansos de paz, se ha acabado imponiendo el chillido y el alarido. No hay duda de que la historia da muchas vueltas, demasiadas tal vez, pues: ¿quién nos iba a decir que terminaríamos mirando con envidia la polinización de las fanerógamas?

La mejor prueba de la rareza de este bien precioso y escaso es la costumbre de pedir un minuto de silencio cuando hay que protestar solemnemente por algo. Señores y señoras que rara vez enmudecen comparecen ante las cámaras de televisión con aire de haber sido recién circuncidados y permanecen con las bocas muy cerradas persuadidos de estar haciendo algo muy noble. Concluido el minuto, retornan aliviados a la ruidosa rutina cotidiana como quien se ha limitado a levantar la aguja del giradiscos o ha puesto un paréntesis en una larga frase. Es un signo de los tiempos, particularmente en un país donde se obliga a hablar incluso a los muertos.

Gestos de este tipo demuestran que el ruido se ha convertido en dueño y señor de nuestras ciudades, aunque, como el monóxido de carbono, que respiramos durante todo el día y sólo percibimos al final, consultando el cuello de la camisa, su omnipresencia lo torna invisible. Adherido a las cosas como una sombra, no hay forma de librarse de él. La única manera de combatirlo es producir otro mayor o volverse sordo. Si tu oreja te escandaliza, tapónatela.

Azorín ya sacó a todo esto su punta mucho antes de que el problema alcanzara las dimensiones actuales: la capacidad de un pueblo para soportar el ruido, dijo, está en inversa proporción a su cultura.


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