TRIBUNA
Agapito Maestre | Sábado 09 de agosto de 2014
Mi última columna (De Pujol y el nacionalismo) en este periódico provocó algunas reacciones escritas. Aquí les relato dos que me hicieron pensar. La primera es una carta de un gran amigo, que nació en Moscú allá por el año 1944, de padre español y madre rusa. Es un tipo muy inteligente y delicado que me escribía: "Lo de la ́enfermedad catalana` es una acertadísima definición del nacionalismo catalán.
Sus síntomas son el egoísmo, la mezquindad, el localismo y la soberbia enana. Me topo a diario con todo eso aquí, donde paso las vacaciones. Contrasta esa enojosa actitud con el Maravilloso clima, la riqueza marítima, la fertilidad de los valles y de las boscosas montañas de Cataluña; esta zona de España tiene de todo, una naturaleza generosa, no falta nada, incluso no carecen de agua como en el sur de España o en la meseta. Produce todo tipo de carnes, tiene una de las más variadas pescas y una rica agricultura. Cataluña tiene de todo, pero los catalanes sólo lo quieren para ellos -el Egoísmo-, no quieren repartirlo con el resto de España. Todos los beneficios obtenidos, tanto dentro cómo fuera de Cataluña, los quieren para ellos, sin participar solidariamente en el mantenimiento del sistema autonómico español, al cual votaron en su día - la Mezquindad.
Presumen de ser el centro del universo, con su idioma-dialecto y una cultura aldeana - el Provincialismo - y no saben que sólo son una pequeñísima parte del inmenso universo hispano y de otras grandes culturas e idiomas: me hablan en catalán, cuando me dirijo a ellos en castellano; pero si les empiezo a hablar en ruso se acojonan, cambian de registro y me contestan en castellano, porque no conocen otro idioma más universal. Y la Soberbia, enana -no encuentro otro término-, es insoportable; ay, amigo, si vieras cuantas banderas "colchoneras" han levantado en todos los sitios más o menos visibles: cruces, rotondas, edificios oficiales y no, balcones, montículos, bares y tabernas... Como en las películas americanas, esto parece una loca adoración a la bandera nacional. Pero, desgraciadamente, esta gente no se da cuenta de que aquella bandera norteamericana es una bandera de un gran país, sí, donde todas las nacionalidades del mundo se sienten Una - Americana - y que aquella bandera "estrellada" les une a todas ellas, no como la "estelada" catalana nacionalista que sólo pretende separar a las banderas y a las personas."
Este texto anti nacionalista de mi amigo me reconcilia con el género humano. Quiero corresponderle con una nota de agradecimiento y le reenvío una carta que me ha hecho llegar un gran filósofo español, Carlos Díaz, cuando leyó mi artículo sobre Pujol y el nacionalismo. La carta es conocida y famosa, pero merece la pena releerla de nuevo porque es tan actual hoy como ayer. La carta es de Unamuno a Joan Maragall aparecida en España Nueva, en mayo del 1907, titulada Contra los bárbaros: “Mi querido Maragall: ¡Qué tristeza, qué enorme tristeza me causó leer traducido al castellano, después de haberlo leído en catalán, su hermosísimo y nobilísimo artículo ¡Visca Espanya!. Me causó tristeza, porque me dije: ¡Trabajo perdido; no lo entenderán! Hace pocos días leí en el Heraldo de Madrid un telegrama en que se decía que en la estación de San Sebastián hubo un tumulto porque un sujeto gritó ¡Gora Euzkadi! (muera España). Así decía el telegrama. Y, en efecto, gora Euzkadi, en vascuence muy dudoso, en vascuence de gabinete, porque en el vivo y tradicional se llama al país vasco Euskalerría, y no Euzkadi, ¡Gora Euzkadi! significa ¡Arriba Vasconia! Un bárbaro que no sabía vascuence lo tradujo a su antojo, y de ahí el tumulto. Y así de continuo, porque los bárbaros abundan. No saben traducir, ni quieren saberlo. Cuando van a oír a alguien, no van a oír lo que les diga, sino lo que se figuran que les iba a decir. Y son inútiles sus esfuerzos. Estoy harto de oír tachar a tal o cual escritor u orador de latero, y de que quienes así lo tachan no le han leído ni oído jamás. Cuenta Mr. Borrow en aquel precioso libro The Bible in Spain, escribió en 1842 —y que es uno de los más preciosos tesoros de psicología española—, que unos sacerdotes emprendieron la tarea de convertir a un griego. Dijéronle cómo un hombre culto, como el griego era, no podía permanecer adherido a una religión absurda, y esto después de haber residido tantos años en un país civilizado como España; contestoles el griego que estaba siempre dispuesto a dejarse convencer y que le mostrasen lo absurdo de su religión, a lo que le replicaron: ‘No conocemos nada de su religión, señor Donato, salvo que es absurda y que usted, como hombre instruido y sin prejuicios, debe abandonarla’. ¡Y cuántos hay como estos eclesiásticos sevillanos, que sólo saben de una doctrina que es absurda, sin conocerla! Pero, ¿qué quieren esos catalanistas? ¿Qué quieren esos bizkaitarras? Tienen los bárbaros hecha su composición de lugar, y si se les habla no oyen. Ellos están al cabo de la cosa; a ellos no se les engaña. Es imposible, querido Maragall, es imposible. Se puede esculpir en granito, pero no se puede esculpir en arena. Y este pueblo está pulverizado. Es cuestión de estructura mental. Usted sabe de dónde les salen a los bárbaros las voliciones enérgicas; usted sabe que, cuando se niegan a hacer algo, exclaman: “No me sale de los c...”. Pues bien; tienen en la mollera, dentro del cráneo, en vez de seso, criadillas. ¡Su cerebro es un cerebro c... nudo! En los bárbaros la envidia toma la forma de desdén. Hay en griego una palabra preciosa, y es authadia, la complacencia en sí mismo, el recrearse en sí, el estar satisfecho de ser quien se es. Y luego, en el lenguaje corriente, vino a significar insolencia, arrogancia. ¡Ay, querido Maragall, su ¡Visca Espanya rebotará contra la authadia, contra la insolente arrogancia de los bárbaros! Querrán que lo grite usted en castellano ¡viva España!, y sin contenido, sin reflexión, como un grito brotado, no del cerebro, sino de lo otro, de donde les salen a los bárbaros las voliciones enérgicas. Y esto, ¿qué remedio tiene? ¿Se podrá algo contra el embate continuo de las olas ciegas y sordas de los bárbaros? ¿Llegarán a ver, oír y entender? Hablan otra vez más de la tranca, de palo y tente tieso, de eso que tienen en vez de sesos. Me hablaba en una ocasión un bárbaro de cierta reunión a la que acudieron interesados de toda España. Me contaba las razones que exponían paisanos de usted y míos, y añadió: “Si nos ponemos a discutir, nos envuelven, así es que, como éramos más, los arrollamos”. Las alas del corazón se me cayeron al oírle. ¡Qué tristeza, querido Maragall, qué enorme tristeza me causó el leer traducido, después de haberlo leído en ese hermoso catalán en que usted siente, quiere y magnifica a España, su ¡Vísca Espanya! Y me acordé de aquel su otro: ¡Adeu, Espanya!”. Y aquí, mi buen amigo, aquí, en esta pobre y desgraciada Castilla, el espíritu sufre y suspira bajo el dominio de los bárbaros. Pasando a la vista de Fontiveros, en la estepa polvorienta, me decía: ¿Y cómo pudo ser que hubiera nacido aquí, siglos hace, San Juan de la Cruz?”. Y añadía: “Cualquier viajero podía decir: aquí hubo, acaso, una gran población, pero, por cierto, nunca la habitó un pueblo”.
¡Ay, Unamuno, siempre grandioso! Ejemplar. Si leerlo es aprender, releerlo conmueve el alma. También a mi amigo Boris Cimorra le conmovió y aprendió de la carta de Unamuno. "Qué ejemplo de sabiduría", dice el inteligente Boris, porque "con unas palabras sencillas, nos ofrece una visión global a partir de un enfoque concreto. Y qué tristeza, querido Agapito, que nada haya cambiado en el tema del nacionalismo, sea catalán o sea vasco, en todo un siglo. Los mismos cojones, hechos de la materia gris que en la gente "normal" está empleada por el Creador para formar el cerebro humano. Los genios, como Unamuno, ven las cosas a muy largo plazo y por ello estamos leyendo su carta de 1907, como si ella hubiera sido escrita hoy, en agosto de 2014, cien años después del comienzo de la Primera Guerra Mundial, en la cual los nacionalismos de todos los colores desempeñaron un papel determinante y desastroso. ¿Alguna lección para los políticos de hoy? ¿Habrá aprendido algo Putin y los de aquí? Lo dudo."
También yo lo dudo, amigo Boris, porque son, precisamente, las "elites" políticas quienes conforman el terrible nacionalismo que, luego, repiten las masas nacionalistas.