Críticas de Cine

Gabrielle, los límites reales y aprehendidos de la discapacidad

CRÍTICA DE CINE

Laura Crespo | Miércoles 13 de agosto de 2014
Una película de corte independiente y meticulosa.


Cine social colmado de realismo sobre la independencia, las limitaciones, la sexualidad y el amor desde la perspectiva de la diferencia, de poner entre interrogantes las convenciones sociales en torno a la discapacidad y generar duda en el propio esquema mental del espectador. A grandes rasgos, eso es Gabrielle, la película seleccionada como representante de Canadá en los Oscar 2014 y ganadora del premio del Público en el Festival de Locarno 2013 que este jueves llega a las salas españolas.

Escrita y dirigida por la cineasta Louise Archambault, a quien ya miran como prometedor futuro de la industria cinematográfica canadiense desde su anterior película, su ópera prima Familia (2005), Gabrielle se presenta con el nombre de su protagonista, una joven de 22 años con Síndrome de Williams, un trastorno del desarrollo que afecta a 1 de cada 7.500 recién nacidos y que provoca discapacidad intelectual, problemas cardiacos y otras patologías. Mientras los síndrome de Williams sufren déficit en algunas áreas, como la psicomotrocidad, o la integración visuo-espacial, mantienen otras capacidades, como el lenguaje, casi preservadas o incluso más desarrolladas, como el sentido de la musicalidad. Gabrielle tiene un don para la música y lo explota cantando en un coro con otras personas con discapacidades diversas en el centro de ocio que alterna con su trabajo, triturando documentos en una oficina, y con las actividades con sus compañeros del piso tutelado en el que vive. Amigable, desinhibida y entusiasta, la protagonista se enamora perdidamente de uno de los chicos del coro, con una discapacidad similar a la suya, Martin. Empujados por la efervescencia de sentimientos e impulsos nuevos y por el ansia de independencia y responsabilidad, ambos se enfrentan a las reticencias de sus familias, a las normas sociales y a la comprensión y aceptación de sus propias limitaciones.

Gabrielle sigue la estela de películas como Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001), León y Olvido (Xavier Bermúdez, 2004) o Yo, también (Álvaro Pastor, Antonio Naharro, 2004), que abordan el tema de la discapacidad intelectual, del hándicap social que ésta conlleva y cómo influye en las relaciones personales, familiares y sentimentales. Partiendo de esta base, la apuesta de Archambault es la de la naturalidad y la honradez: la historia no es condescendiente con los personajes, las cosas se ven como son, sin edulcorantes y huyendo del tópico y el drama fácil.

Quizás lo más reseñable y rompedor sea el tratamiento que se hace de la sexualidad en personas con discapacidad intelectual. Los encuentros entre Gabrielle y Martin se exponen con sinceridad, con realismo, sensibilidad y sin pudor ni tampoco morbo innecesario. Además, el triángulo que forman las perspectivas de la madre de Martin –sobreprotectora y con información probablemente desfasada-, la hermana de Gabrielle –más consciente de sus ansias de libertad y autonomía, pero en el fondo igualmente proteccionista- y la pareja de amantes, propone una interesante reflexión acerca de la satisfacción de ciertas necesidades innatas al ser humano lejos de lo comúnmente aceptado como “normal”.

Las tramas secundarias son menos interesantes. Sólo la hermana de Gabrielle, que retrasa una y otra vez su marcha a La India, donde le espera su novio para desarrollar un proyecto musical solidario con niños, consigue un personaje con entidad comparable a la de los protagonistas. Su disyuntiva entre perseguir su sueño o cumplir con lo que ella siente un deber con respecto a su hermana, consigue generar desasosiego y dudas en el espectador. Podría esperarse más del personaje del novio –un misionero que no se despeina y rezuma bondad por los cuatro costados- y, sobre todo, del de la madre de ambas quien, medio desentendida de Gabrielle, aporta un nuevo punto de vista que podría haber sido interesante pero que se queda a medias.

En lo estético, la película baila entre el empeño por el realismo y la ligereza sumamente pensada del cine independiente. A ratos, la escena tiende al documental, incluso el sonido se torna hueco. En otros momentos, la cineasta juega con la cámara y se mete en primeros planos imposibles y poéticos desenfoques. En tres ocasiones, coincidiendo con las secuencias más relevantes desde el punto de vista dramático, la película enmudece. Ni música, ni sonido, nada. Unos verán una magistral lección de cómo hacer uso del lenguaje cinematográfico, otros, una losa para el ritmo de la cinta.

De la misma forma, las escenas musicales –frecuentes, dado el argumento de la película- se recrean en los gestos, las expresiones y la mirada de los miembros del coro, ejerciendo de islas en las que se insinúa información sobre los personajes o sobre el tema central de la película sin hacer avanzar la acción. El grupo de Gabrielle se prepara para acompañar al célebre cantante canadiense Robert Charlebois -que hace un cameo en la película- en un concierto internacional de coros, y sus ensayos vertebran la trama.

La sensación de realidad de la película emana en buena medida del casting. Aunque no es una cinta biográfica y el guión es obra de Archambault, la actriz protagonista, Gabrielle Marion-Rivard, padece realmente Síndrome de Williams y, como su personaje, es cantante. En su primer papel, Marion-Rivard hace un pulcro trabajo, natural, sin autocensuras, enseñando lo luminoso y lo punzante sin remilgos. Más brillante aún resulta en su interacción con Alexandre Landry, que le da la réplica como su querido Martin. Él, actor profesional, joven promesa del cine canadiense en un papel que ha puesto a prueba su expresión corporal; ella, hablando en cierta manera de sí misma, por primera vez delante de una cámara; y la química entre ambos es grandiosa en su particular universo de risas, curiosidad y caricias.

En lo formal, una película de corte independiente, pausada, serena y meticulosa. En lo temático, una propuesta rebosante de sinceridad, con el amor y la música como lenguajes universales.