Opinión

La guerra y la sangre derramada

EN TRES TIEMPOS

Alejandro San Francisco | Miércoles 13 de agosto de 2014

En "Extraño encuentro", uno de los hermosos Poemas de guerra, que escribió Wilfred Owen durante la Primera Guerra Mundial (edición reciente en español, Barcelona, Acantilado, 2011),  el escritor incluye unos versos que conviene leer y meditar profundamente:

"Hay hombres que han sangrado sin tener

ni una herida".

Quizá esas sencillas, y aparentemente contradictorias palabras, encierran una verdad gigante y dolorosa: en la guerra todos morimos, todos sangramos aunque no tengamos herida alguna, nadie queda al margen de los efectos del odio y los enfrentamientos. La guerra tiene una capacidad inmensa de contaminación expansiva, y por eso sangran los muertos, los heridos y también aquellos que no recibieron ni balas ni fuego ni maltratos físicos.

Hace unos días se difundió la noticia de la conmemoración del inicio de la Gran Guerra en 1914, con la participación de varios jefes de Estado europeos, y por otra parte el Centenario de dicho conflicto nos retrotrae cotidiana y necesariamente a esos años de sangre: artículos de prensa, reportajes en radio y televisión, numerosas conferencias y libros aparecidos en estos meses, a lo que se suman varias exposiciones museográficas en diversos países. La Primera Guerra Mundial es y será un acompañante que de seguro se quedará varios años con nosotros.

Sin embargo, las noticias alarmantes que se repiten desde hace algún tiempo nos demuestran que, lamentablemente, los conflictos bélicos no son cosa del pasado ni de mero interés histórico, sino que tienen un carácter actual y creciente. Ni de lejos tienen las dimensiones de las grandes conflagraciones internacionales del siglo XX, pero es claro que las noticias cada día nos traen nuevas muertes, violencia, combates, ataques y numerosas manifestaciones de odio.

 En un momento el problema parecía estar en Libia, en Siria o en Irak; algunos países africanos se mantienen constantemente asociados a la violencia y a las marchas de refugiados; en otros lugares se multiplican problemas sociales, raciales, políticos y religiosos. En el primer semestre de 2014 irrumpió la crisis que involucra a Ucrania y Rusia, cuyas manifestaciones bélicas, económicas y diplomáticas siguen expresándose de diversos modos; diversos lugares mantienen conflictos abiertos asociados al narcotráfico o a otro tipo de intereses económicos.

Pero no cabe duda que actualmente la mayor preocupación de la Humanidad está centrada en la Franja de Gaza, en el contexto del conflicto palestino-israelí. Si bien se trata de una larga historia y con múltiples expresiones a lo largo del tiempo, estas últimas semanas se ha producido una agudización de las divergencias entre Israel y Palestina, la cifra de muertos se acerca a las dos mil personas, lo que se suma a los numerosos heridos y la destrucción física del lugar. Por otra parte, han surgido variadas voces en la comunidad internacional pidiendo paz, llamando a la cordura, a la necesidad de promover acuerdos de mayor alcance y negociaciones efectivas entre todos los involucrados.

Como ha resumido Mario Vargas Llosa con lucidez y preocupación, "lo más terrible de esta guerra es que no resuelve sino agrava el conflicto palestino-israelí y es sólo una secuencia más en una cadena interminable de actos terroristas y enfrentamientos armados que, a la corta o a la larga, pueden extenderse a todo el Oriente Próximo y provocar un verdadero cataclismo" (El País, 10 de agosto de 2014). Los esperados momentos de alto al fuego que se han dado esporádicamente se han convertido en una esperanza, pero terminan siendo un espejismo en medio del desierto, un esfuerzo todavía pobre frente a los urgentes requerimientos de paz en la región.

¿Y si el problema no estuviera en algún pueblo africano, en Gaza o en Ucrania? ¿Qué ocurriría si los bombardeos se repitieran sobre territorio europeo? ¿Si el enfrentamiento involucrara nuevamente a Alemania, Italia, Francia o Inglaterra? ¿Si los muertos, heridos y desplazados fueran españoles o belgas u holandeses? No sabemos lo que ocurriría en esos casos, ni siquiera queremos imaginarlo. Tampoco esperamos volver a sufrirlo, porque el siglo XX ya demostró que no solo es posible, sino que fue históricamente real la vinculación entre Europa y la guerra, convertida en tierra de la barbarie y fábrica de la mutilación y de la muerte.

Es difícil actuar en las guerras lejanas, como también resulta imposible lograr soluciones en la distancia. Por otra parte, nuestra capacidad de acción es nula si se compara con los organismos internacionales o con el poder multiplicador de la prensa. Anhelar la paz muchas veces se vuelve una frase obvia, la simple repetición de lo políticamente correcto, que carece de valor político o diplomático.

Pero sí podemos, al menos, decidir dos cosas (mientras esperamos que otros trabajen efectivamente por la solución de estas calamidades). En primer lugar, debemos ser consistentes en mantener un compromiso racional para procurar vivir en paz y hacer de la solución pacífica de los conflictos una verdadera cultura de alcance universal y permanente. En segundo lugar, debemos conservar la sensibilidad que nos hace plenamente humanos, rechazando cualquier indiferencia definida por la distancia geográfica o cultural, alejando de nosotros todo aquello que signifique acostumbramiento al mal o la aceptación pasiva de las injusticias.

Tenía razón, nuevamente, el malogrado Wilfred Owen, cuando expresaba en su poema "Insensibilidad":

"Maldito al que no aturden los cañones,

pues será como piedra.

Triste y mezquino sea en su miseria".

Eso no puede ser. Que nuestros corazones no sean como piedra. Que no construyamos nuestra vida de miseria. Que ningún muerto nos sea indiferente. En estas guerras todos sangramos, aunque no hayamos sido heridos.