Opinión

La asunción de Nuestra Señora a los cielos

MIRADA ESCOLÁSTICA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 15 de agosto de 2014

La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del Cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte ( LG 59; Cfr. La proclamación del dogma de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María por el Papa Pío XII en 1950: DS 3903 ). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos. La Asunción de María quiere decir que fue subida por los ángeles en cuerpo y alma a los cielos. Dios quiso secluir de la corrupción a su Santísimo Cuerpo, del que había nacido Jesús y colmar la gloria de su Madre haciéndola Reina de los Cielos. Participó de un modo tan estrecho en la Redención de su Hijo que también convenía asemejarse a Él en su glorificación: subir inmediatamente al Cielo en cuerpo y alma, pero no por su propio poder sino llevada por los ángeles.

Dediquemos unas líneas a su Bendita Asunción.

Cierto día, mientras estaba Nuestra Señora en oración a las afueras de la ciudad de Belén, acaeció que se abrieron los cielos y descendió hasta ella el Arcángel Gabriel, el cual le dijo:

-         Dios te salve, ¡oh Madre de Cristo nuestro Dios!, tu oración, después de atravesar los cielos como un precioso perfume intenso de flores de primavera, ha llegado hasta la presencia de tu Hijo y ha sido intensamente sentida. Por lo cual abandonarás el mundo dentro de muy poco y partirás, según tu propia petición, hacia las mansiones celestiales, para vivir la vida auténtica y perenne al lado de tu amadísimo Hijo.

Tras despedir al Arcángel y dar gracias a Dios, María regresó a Belén a la casa donde vivía, y allí se encontró con Juan a quien el Espíritu Santo había traído en un instante desde Éfeso.

-         Ya está para venir Jesucristo, Señor y Dios Nuestro; y tú vas a verle, según te lo prometió.

A lo que repuso la Santa Madre de Dios:

- Los judíos han hecho juramento de quemar mi cuerpo cuando yo muera.

Y el discípulo amado respondió:

- Tu santo y precioso cuerpo no ha de ver la corrupción. Incorruptiblemente vivirá en el Cielo.

El Espíritu Santo dijo a los Apóstoles:

-         Venid todos en alas de las nubes desde los últimos confines de la tierra y reuníos en la santa ciudad de Belén para asistir a la madre de Nuestro Señor Jesucristo, que está en conmoción. Pedro desde Roma, Pablo desde Tiberia, Tomás desde el centro de Las Indias, y Santiago desde Jerusalem.

Andrés, el hermano de Pedro, y Felipe, Lucas y Simón Cananeo, juntamente con Tadeo, los cuales habían muerto ya, fueron despertados de sus sepulcros por el Espíritu Santo. Éste se dirigió a ellos y les dijo:

-         No creáis que ha llegado ya la hora de la resurrección. La causa por la que surgís en este momento de vuestras tumbas es que habéis de ir a rendir pleitesía a la Madre de Vuestro Salvador y Señor Jesucristo, tributándole un homenaje maravilloso; pues ha llegado la hora de su salida de este mundo y de su partida para los cielos.

También Marcos, vivo aún, llegó de Alejandría juntamente con los otros, llegados como se ha dicho de todos los países. Pedro, arrebatado por una nube, estuvo en medio del cielo y de la tierra sostenido por el Espíritu Santo, mientras los demás apóstoles eran a su vez arrebatados también sobre las nubes para encontrarse juntamente con Pedro. Y así, de esta manera, fueron llegando todos a la vez por obra del Espíritu Santo.

Después, todos los apóstoles entraron en donde estaba la Madre de Dios y, postrados en actitud de adoración, le dijeron:

-         No tengas miedo ni aflicción. El Señor Dios, a quien tú diste a luz, te sacará de este mundo gloriosamente.

Y Ella, regocijándose en Dios su Salvador, se incorporó en el lecho y dijo a los apóstoles:

- Ahora sí que creo que viene ya desde el cielo Nuestro Dios y Maestro, a quien voy a contemplar, y que he de salir de esta vida de la misma manera con que os he visto presentaros a vosotros aquí. Quiero ahora que me digáis cómo ha sido para venir en conocimiento de mi partida y presentaros a mí y de qué países y latitudes habéis venido, ya que tanta prisa os habéis dado en visitarme. Aunque habéis de saber que no ha querido ocultármelo mi Hijo, Nuestro Señor Jesucristo y Dios universal, pues estoy firmemente persuadida, incluso en el momento presente, de que Él es el Hijo del Altísimo.

Pedro entonces se dirigió a los apóstoles en estos términos:

-         Cada uno de nosotros, de acuerdo con lo que nos ha anunciado y ordenado el Espíritu Santo, dé información a la Madre de Nuestro Señor.

Juan, que fue el primero en visitar a Nuestra Señora, se adelantó y dijo:

-         Me encontraba en Éfeso, y, mientras me acercaba al santo altar para celebrar los oficios, el Espíritu Santo me dijo: Ha llegado a la madre de tu Señor la hora de partir; ponte pues en camino de Belén para ir a despedirla. Y en esto una nube luminosa me arrebató y me puso en la puerta de tu casa.

Y Pedro respondió:

- También yo, cuando me encontraba en Roma, oí una voz de parte del Espíritu Santo, la cual me dijo: La Madre de tu Señor, habiendo ya llegado su hora, está para partir; ponte pues en camino de Belén para despedirla. Y he aquí que una nube luminosa me arrebató, y pude ver también a los demás apóstoles que venían hacia mí sobre las nubes y percibí una voz que decía: Marcháos todos a Belén.

Pablo, a su vez, se levantó y dijo:

-         También yo, Mi Señora, mientras me encontraba en una ciudad a poca distancia de Roma, llamada tierra de los Tiberios, oí al Espíritu Santo que me decía: La Madre de tu Señor está a punto de abandonar este mundo y emprender su marcha a los cielos en cuerpo y alma; ponte tú también en camino de Belén para despedirla. Y en esto una nube luminosa me arrebató y me puso en el mismo sitio en que a vosotros.

Tomás, por su parte, respondiendo a la Madre de Dios, dijo:

-         También yo me encontraba recorriendo el país de los indios, y la predicación iba afianzándose con la gracia de Cristo, hasta el punto de que el hijo de la hermana del Rey, por nombre Lavdán, estaba para ser sellado por el bautismo por mí en el palacio, cuando de repente el Espíritu Santo me dijo: Tú, Tomás, preséntate también en Belén para despedir a la Madre de tu Señor, pues está para efectuar su tránsito a los cielos. Y en esto una nube luminosa me arrebató y me trajo a vuestra querida presencia.

Marcos, a su vez, se adelantó y respondió a la Señora:

-         Yo me encontraba, mi Señora, en la ciudad de Alejandría celebrando el oficio de tercia, y, mientras oraba, el Espíritu Santo me arrebató y me trajo a vuestra amadísima presencia.

Santiago, haciendo una reverencia a Nuestra Señora, dijo:

-         Mientras me encontraba yo en Jerusalem, el Espíritu Santo me intimó esta orden: Márchate a Belén, pues la Madre de tu Señor Jesucristo está a punto de partir. Y una nube luminosa me arrebató y me puso en vuestra divina presencia.

Mateo, por su parte, respondió a la Señora diciendo:

-         Yo alabé y continué alabando a Dios porque, estando lleno de turbación al encontrarme dentro de una nave y ver la mar alborotada por olas gigantes, de repente vino una nube luminosa e hizo sombra sobre la furia del temporal, poniéndolo en calma; después me tomó a mí y me puso junto a vosotros.

     Respondieron a su vez los que habían marchado anteriormente y narraron de qué manera se habían presentado. Bartolomé dijo:

- Yo me encontraba en la Tebaida predicando la palabra, y he aquí que el Espíritu Santo se dirigió a mí en estos términos: La Madre del Señor está a punto de partir; ponte, pues, en camino de Belén para despedirla. Y he aquí que una nube luminosa me arrebató y me trajo hasta vosotros.

Todo esto dijeron los apóstoles a la Santa Madre de Dios: cómo y de qué manera habían efectuado el viaje. Y entonces Ella extendió sus manos hacia el cielo y oró diciendo:

-         Adoro, ensalzo y glorifico tu celebradísimo nombre, pues pusiste tus ojos divinos en la humildad de tu esclava e hiciste en mí cosas grandes. Y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada ( “makarioûsin” ).

Y en estos apareció un nutrido ejército de ángeles y de potestades y se oyó una voz como del Hijo del Hombre. Al mismo tiempo, los serafines circundaron en derredor la casa donde yacía la Santa e Inmaculada Virgen y Madre de Dios. De manera que cuantos estaban en Belén vieron todas estas maravillas y fueron a Jerusalem anunciando todos los portentos que habían tenido lugar.

Y sucedió que, después que se produjo aquella voz, apareció de repente el sol y, asimismo, la luna alrededor de la casa. Y un grupo de los primogénitos de los santos se presentó en la casa donde yacía la Madre del Señor para honra y gloria de ella. Entonces tuvieron lugar muchos milagros: ciegos que volvían a ver, sordos que oían, cojos que andaban, leprosos que quedaban limpios y posesos de espíritus inmundos que eran curados. Y todo el que se sentía aquejado de alguna enfermedad o dolencia, si tocaba por fuera el muro de la casa en que se encontraba Nuestra Señora, y decía: “Santa María, Madre de Cristo, nuestro Dios, ten compasión de nosotros”, quedaba inmediatamente curado.

Y grandes multitudes procedentes de diversos países que se encontraban en Jerusalem por motivo de oración, oyeron hablar de los portentos que se obraban en Belén por mediación de la Madre del Señor y se presentaron en aquel lugar suplicando la curación de diversas enfermedades: cosa que obtuvieron de la Señora. Y aquel día se produjo una alegría inenarrable, mientras la multitud de los curados y de los espectadores alababan a Cristo Nuestro Dios y a su Madre.

Al amanecer del siguiente día el Espíritu Santo dijo a los apóstoles y a la Madre del Señor:

-         He aquí que el gobernador ha enviado un quiliarco contra vosotros a causa de los judíos que se han amotinado en nombre de Jesús y del naciente poder de su Madre, concedido por Dios. Salid, pues, inmediatamente de Belén y no temáis porque yo os voy a trasladar en una nube a Jerusalem, y la fuerza del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo está con vosotros.

     Levantáronse en seguida los apóstoles solícitos y salieron de la casa portando en una litera a la Madre de Dios, y dirigiendo sus pasos hacia Jerusalem. Mas pronto fueron arrebatados por una nube y se encontraron en Jerusalem en casa de la Señora. Y cuando llegó el quiliarco a Belén, al no encontrar allí ni a la Madre del Señor ni a los apóstoles, detuvo a muchos betlemitas, y les interrogó:

-         ¿No sois vosotros los que habéis venido contando al gobernador y a los sacerdotes todos los milagros y portentos que se acaban de obrar y le habéis dicho que los apóstoles han venido de todos los países de la tierra? ¿Dónde están, pues? Ahora todos vosotros vais a marchar a Jerusalem para presentaros al gobernador. Él sabrá lo que tiene que hacer con vosotros.

Cinco días después llegó a conocimiento del gobernador, de los sacerdotes y de toda la ciudad que la Madre del Señor, en compañía de los apóstoles, se encontraba en su propia casa de Jerusalem, y que una multitud de hombres, mujeres y vírgenes se acercaba a la puerta de la casa de la Señora, y gritaban: “Santa Virgen, Madre de Cristo Nuestro Señor, no te olvides del género humano.”

Ante estos acontecimientos, tanto el pueblo judío como los sacerdotes fueron aún más juguete de la pasión, y, tomando leña y fuego, la emprendieron contra la casa en donde estaba la Madre del Señor en compañía de los apóstoles, con intención de hacerla pasto de las llamas. El gobernador contemplaba desde lejos el espectáculo. Mas, en el momento mismo en que llegaba el pueblo judío a la puerta de la casa con mala intención, he aquí que salió del interior súbitamente una gran llamarada por obra de un ángel y abrasó por completo a gran número de judíos. Con esto la ciudad entera quedó sobrecogida de temor y alababan al Dios que salió de las entrañas de Nuestra Señora, que comenzaba entonces a ser corredentora de todos los hombres.

Y cuando el gobernador vio lo ocurrido, se dirigió a todo el pueblo, diciendo a grandes voces:

- En verdad aquél que nació de esa Virgen a la que vosotros maquinabais perseguir es Hijo de Dios, pues estas señales son propias del verdadero Dios.

Entonces comenzó una gran escisión entre los judíos. Por una parte estaban los que seguirían persiguiendo a Cristo y sus seguidores, y por la otra, los que creían con todo su corazón en Nuestro Señor Jesucristo.

Y mientras los apóstoles se encontraban en casa con ella, el Espíritu Santo les anunció lo siguiente:

- El Salvador ha de bajar de los cielos para honrar y glorificar con su presencia la partida de la Santa y Gloriosa Virgen que le dio a luz.

Entonces la Madre de Dios dijo a los apóstoles:

-         Hermanos míos, echad incienso, pues Cristo está ya viniendo con un ejército de ángeles.

Y en el mismo momento se presentó Cristo sentado sobre un trono de querubines. Y, mientras todos los apóstoles estaban en oración, aparecieron multitudes incontables de ángeles, y el Señor estaba lleno de majestad sobre los querubines. Y he aquí que se irradió un efluvio resplandeciente sobre la Santa Virgen por virtud de la presencia de su Hijo Unigénito, y todas las potestades celestiales cayeron en tierra y le adoraron.

El Señor se dirigió entonces a su Madre, y le dijo:

-         María.

Ella respondió:

-         Aquí me tienes, Señor.

Y Él le dijo:

- No te aflijas; alégrate más bien y gócese tu corazón, pues has encontrado gracia para poder contemplar la gloria que me ha sido dada por mi Padre.

El Señor permaneció a su lado y continuó diciendo:

-         He aquí, Madre, que ahora vas a venir conmigo en cuerpo y alma al Cielo, para ser el más precioso tesoro de mi Padre, que te coronará de un extraordinario resplandor.

-         Seré tu sierva, Hijo mío y mi Dios, que te has dignado encarnarte por medio de mí, pobrecita, para salvar al género humano según tus inefables designios. Otorga tu ayuda a todo el que invoque o que ruegue o que simplemente haga mención del nombre de tu sierva eterna.

Mientras Ella decía esto, se acercaron los apóstoles a sus pies y, adorándola, le dijeron:

-         Deja, ¡oh Madre del Señor!, una bendición al mundo, puesto que lo vas a abandonar. Pues ya lo bendijiste y lo resucitaste, perdido como estaba, al engendrar Tú la Luz del mundo.

Y la Madre del Señor, habiéndose puesto en oración, hizo esta súplica:

- ¡Oh Dios que por tu mucha bondad enviaste a tu Unigénito Hijo para que habitara en mi humilde cuerpo y te dignaste ser nacido de mí, la pobrecita!, ten compasión del mundo y de toda alma que invoca tu Nombre ( eléêson tòn kósmon kaì pâsan psychèn epikalouménên tò onóma sou ).

Y oró de nuevo de esta manera:

- ¡Oh Señor, Rey de los Cielos, Hijo del Dios Vivo!, recibe a todo hombre que invoque tu nombre para que tu nacimiento sea glorificado.

Después se puso a orar nuevamente diciendo:

-         ¡Oh Señor Jesucristo, que todo los puedes en el Cielo y en la tierra!, ésta es la súplica que dirijo a tu santo nombre: santifica en todo tiempo el lugar en que se celebre la memoria de mi nombre y da gloria a los que te alaban por mí, recibiendo de estos tales toda ofrenda, toda súplica y toda oración.

Después que hubo orado de esta manera, el Señor dijo a su propia y bendita Madre:

-         Alégrese y regocíjese tu corazón, pues toda clase de gracias y de dones han sido dados por mi Padre celestial, por mí y por el Espíritu Santo. Toda alma que invoque tu nombre se verá libre de la confusión y encontrará misericordia, consuelo, ayuda y sostén en este siglo y en el futuro ante mi Padre celestial.

Volviese entonces el Señor hacia Pedro, y le dijo:

-         Ha llegado la hora de dar comienzo a la salmodia.

Y habiendo comenzado a entonar Pedro, todas las potencias celestiales respondieron el “Aleluya”. Entonces un resplandor más fuerte que la luz nimbó la faz de la Madre del Señor, y ella se levantó y fue bendiciendo con su propia mano a cada uno de los Apóstoles. Y todos dieron gloria a Dios. Y nuestro Señor cogió de su mano derecha a su Madre y ascendió con Ella, llevándole tanto su Cuerpo incorruptible como su alma inmaculada, a lo más alto de los Cielos. Y en el momento de ascender la Virgen con su Hijo Dios, el lugar se vio inundado de perfume y de una luz inefable. Y he aquí que se oyó una voz del Cielo que decía: “Dichosa tú entre las mujeres” ( Makaría sú en gynaixín ).

Según ascendían al Cielo la Madre y el Hijo, se vio de pronto a Isabel, la madre de San Juan Bautista, y a Ana y a Joaquín, padres de Nuestra Señora, y a Abraham, a Isaac, a Jacob y a David que cantaban el Aleluya. Y los apóstoles y otras muchas gentes vieron también a todos los coros de los santos que adoraban a la Madre del Señor, en cuerpo y alma subida a los Cielos.

Y el mismo Jesucristo, Señor Nuestro, que glorificó a María, Madre suya inmaculada y Madre de Dios, dará gloria a los que la glorifiquen, librará de todo peligro a los que celebran con súplicas anualmente su memoria y llenará de bienes sus casas. Estos recibirán, además, la remisión de sus pecados aquí y en el siglo futuro, pues que Nuestra Señora es corredentora nuestra. Pues Dios la cogió para ser su trono querubínico en la tierra y su cielo terrenal y, a la vez, para ser esperanza, refugio y sostén de nuestra especie; de manera que, celebrando místicamente la fiesta de su gloriosa Asunción, encontremos misericordia y favor en el siglo presente y en el futuro, por la gracia y benignidad de Nuestro Señor Jesucristo, al cual sea dada la gloria y la alabanza juntamente con su Padre, que no tiene principio, y el santísimo vivificador Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Cuius assumptio hodie per universum mundum veneratur et colitur, ipsam precemur assidue ut sit memor nostri ante piissimum suum Filium in Caelo. Cui laus est et gloria per infinita saecula saeculorum. Amen.