El 19 de agosto del año 14 después de Cristo falleció uno de los hombres más importantes de la historia de la Humanidad: el Emperador Augusto. Al cumplirse dos mil años de esa fecha, vale la pena volver no sólo sobre su figura, sino también sobre la importancia de Roma para la cultura occidental.
Augusto representa un momento culminante en la vida del Imperio Romano, así como esta creación política y cultural significa mucho para los siglos posteriores: la influencia del latín y de las lenguas derivadas de él, el derecho como modo de organización pacífica de la sociedad, la importancia cultural de los clásicos griegos y romanos, las experiencias políticas y sus enseñanzas para el futuro e incluso el sello especial que adquirió el cristianismo en el seno del Imperio son algunas de las manifestaciones más elocuentes de dicha influencia, y cuyos efectos se extienden hasta hoy.
Había nacido el año 63 AC, y se le conoció como Octavio, quien inició su vida militar y política asociado a la figura de Julio César, el conquistador de las Galias y vencedor en la guerra civil contra Pompeyo. Eran años en que se perpetuaba la decadencia de la República Romana, ese régimen que Escipión reconocía como la mejor forma constitucional de ciudad, “aquella que nuestros padres recibieron de sus antepasados y nos transmitieron a nosotros” (así aparece en la obra de Cicerón, Sobre La República, excelente edición de Gredos), con la Constitución mixta que alabara Polibio en sus Historias, en fiel concordancia con una doctrina ampliamente aceptada en el sector dirigente del creciente imperio. En los siglos II y I AC esa concordia sobre la que se edificaba el sistema romano se fue deteriorando, y rápidamente surgieron y se sucedieron las discordias civiles en Roma. Quizá fruto de su misma grandeza y éxitos militares, distintos líderes aspiraron al poder político en el siglo I AC. Así, Roma vio sucesivamente las guerras que enfrentaron a Sila con Mario, a César con Pompeyo y, finalmente, a Octavio (Augusto) contra Marco Antonio. En medio de las armas, algunas voces tradicionales trataron de influir, Cicerón el más notable de todos. Sin embargo, fracasó. Sus últimos años vieron de frente las ruinas de la República, y su propia muerte – degollado y traicionado – son un claro reflejo de los odios de las luchas fratricidas. No era el único: también Julio César había caído asesinado por cerca de treinta puñaladas (hacia el 44 y 43 AC).
Augusto demostró ser un genio político: mantuvo, en lo esencial, los límites del Imperio (es decir, detuvo el proceso de expansión, para pasar a la administración, en claro contraste con la escasa experiencia histórica existente). Incorporó nuevos grupos sociales al poder político (tales como las aristocracias provinciales). Mantuvo al Senado y le confirió determinadas atribuciones incluso en el manejo de algunas provincias (si bien con menos poder que el tradicional). Restauró las costumbres que, así lo pensaban los romanos, era uno de los ejes sobre los cuales se levantaba la República, junto con las instituciones. Después de castigar a los asesinos de César (su padre, le llamaba), buscó la reconciliación de todos los romanos (“perdoné a todos los ciudadanos que me pidieron perdón”, aseveró en sus Memorias). Por último, gobernó cerca de 40 años en medio de la mayor grandeza, en lo que Plinio el Viejo llamó “la inconmensurable majestad de la pax romana”.
Poco antes de morir, Augusto escribió sus brevísimas Memorias, que serían conocidas como las Res Gestae Divi Augusti, y que son a la vez un análisis de su vida política y un mensaje para la historia. Tenía entonces setenta y seis años y se aproximaba a terminar su existencia, tan larga como fecunda en términos políticos.
Si bien la historiografía ha discutido mucho sobre la naturaleza del régimen de Augusto, en alguna medida sus años en el poder representan una bisagra entre la república que moría (pero con elementos que se mantenían hacia adelante) y el Imperio que comenzaba a desarrollarse. Coincide con los primeros años de la era cristiana, así como también con el momento de mayor expansión del Imperio, lo que tendría repercusiones de largo alcance.
La pequeña ciudad fundada hace unos cinco siglos atrás había crecido y se había desarrollado a través de todo el Mediterráneo. Esa misma dimensión y el progreso de las comunicaciones permitieron que muchas de las creaciones romanas, como la lengua latina y el derecho ya mencionados, tuvieran una expansión sin precedentes y de largo alcance, que perduran incluso hasta hoy. Quizá por eso algunas ciudades, periódicos y museos del mundo han decidido conmemorar los dos mil años de Augusto. Con ello no solo recuerdan al primer Emperador de los romanos, sino que también rinden un justo tributo a quienes nos han heredado una digna y hermosa tradición.