Opinión

¿Español? Sí, gracias

TRIBUNA

Fernando Caro | Jueves 21 de agosto de 2014

Me siento español sin más. Sin presunción -nada tuve que ver en ello-, pero reconociendo lo que conlleva, asumiendo todo el pasado porque no caeré en el necio empeño de repararlo.

Como cualquier hispano puedo ir desde Ampurias –emporio griego, primero; romano después– hasta la costa del Pacífico USA, San Francisco por ejemplo, y de ahí hacia el Sur, hasta Ushuaia, en el confín de la Patagonia argentina, sin cambiar mi idioma. O viceversa.

Negar singularidad y grandeza al hecho es de todo punto imposible, y de ahí la admiración que la empresa americana sigue provocando: «...nunca dejará de fascinar el imperio español del siglo XVI, cuando el rey Felipe II gobernaba sobre Iberia, gran parte de Italia, los Países Bajos, las Américas desde California y Florida hasta Buenos Aires, el Caribe y Las Filipinas. », leo de W. Chislett aquí al lado.

Fascinación al sentir las ventanas que entreabre Luis Díez del Corral en Del nuevo al viejo mundo. ¡Lo hispano! El ingente caudal que se fragua en el crisol mediterráneo y que, tras una guerra de nueve siglos, se abre paso en la epopeya transatlántica en la que prosigue su vuelo, ya indeleble e imperecedero, por la historia.

No creo errado afirmar que la historia de las naciones hispanas independizadas es una historia de dolorosas convulsiones. Ni que no lo es menos la nuestra. Pero, evitando cualquier comparación imposible, ante la tesitura de elegir entre España –y lo español– y cualquier otra posibilidad, México, Chile o Argentina, por ejemplo, no se me ofrece ninguna duda.

Tampoco creo errar si afirmo que, ante la tesitura de elegir en un futuro próximo entre España -y lo español- y una Cataluña o un País Vasco “independientes”, mis dudas serían bien escasas; tesitura verosímil porque aquí y ahora, como sabemos, unos españoles–no–españoles tratan de proseguir en ese empeño periférico y desmembrador; neo–tribal en grado sumo.

A diferencia de aquellas naciones hispanas, los nacionalismos secesionistas autóctonos pretenden tener en la negación del español, de España–nación en definitiva, una sólida base. Porque hace ya tiempo que el idioma, vehículo de comunicación por excelencia del que disponemos, lo han tornado herramienta de segregación. En sus tierras prometidas se podrá transitar hablando catalán desde La Seo de Urgel hasta Tortosa o desde Cadaqués a Batea, que más da. O hablando vascuence desde Fuenterrabía a Musquiz; desde Bermeo a Laguardia: español ¡ez! (todos estos topónimos han de tomarse a mero título orientativo, por supuesto).

La importancia del hecho es enorme porque, al negar el y lo español, ¿dónde desembocarán?, ¿en qué “universo” se confinarán? Esa sola apreciación ya justifica cualquier inquietud.

A mayor abundamiento 1789 trajo consigo el concepto de la moderna nación política: ámbito social y geográfico, sometido a un régimen jurídico común, que toma cuerpo en un conjunto de instituciones –estado– que lo sustentan.

Constituye un hecho singular «…en el terreno de las ideas filosóficas y con ello, de la historia posterior» [Gustavo Bueno]. Bueno cita a Pascual E. Mancini: «Más allá de los lazos materiales, los hombres “no formarán una Nación sin la unidad moral de un pensamiento común, de una idea predominante. Es el Pienso, luego existo de los filósofos aplicado a la nacionalidad”» y señala, en fin, que «Lo que se necesita es la sobreposición, a todos los recuerdos que se quieran, de otros valores comunes que se juzgan imprescindibles para la construcción de la Nación política».

Esa unidad moral de un pensamiento común se establece claramente en positivo. Es decir, más allá de la estructura sociopolítica, es un sentimiento, un punto de partida y un propósito compartido, en positivo en cuanto superación de una realidad a la que sobreponerse, lo que constituye la columna vertebral con la que sustentar verdaderamente una nación moderna en esta Europa que una España desvertebrada delimita en su borde sur–occidental.

Pero no. Los nacionalismos secesionistas vasco y catalán no vienen hablando de propósito común. Ni de libertad. Ni del sacrosanto principio de la escrupulosa igualdad de los individuos ante la ley. Lo han venido haciendo negando el y lo español.

Y por ello, una realidad edificada sobre la base de banderas y lenguas como envoltorios de patentes de corso y coartada de las mayores tropelías –el caso Pujol, o la cobardía moral ante el terrorismo asesino, como paradigmas–, no parece lo más alentador.

El nacionalismo secesionista neo–tribal autóctono, que en sí resulta muy preocupante en términos políticos –de convivencia– locales, es irrelevante en términos culturales de rango supralocal. Porque lo hispano, hecho que excede ampliamente cualquiera, y todas a la vez, de las naciones políticas de las que brota, desborda lo y al español, que no es sino un aspecto más de su vigorosa vitalidad.

Secesionistas que pueden seguir negando a D’Ors o a Plá –a Unamuno o Baroja– y enalteciendo a los suyos; que pueden seguir intentando negar lo hispano, el y lo español: ¡vano esfuerzo!

Porque, ante hechos como este «... la comunidad hispana se situó en 2011 por primera vez como la minoría de EE.UU. con más alumnos matriculados en estudios universitarios de cuatro años de duración, con un total de 1,2 millones», su esterilidad es tan palmaria como la vitalidad y empuje de lo que tratan de negar.

Así que no cesa de martillearme el unamuniano ¡venceréis, pero no convenceréis!