Opinión

El Cerco de Zamora

MIRADA ESCOLÁSTICA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 22 de agosto de 2014
Desde hace ya casi diez años todos los veranos organiza el Excmo. Ayuntamiento de Zamora, ciudad levantada en la Alta Edad Media, distintas actividades por las calles que responden al marbete cultural de MEDIEVALIA. Entre las distintas actividades está la de dramatizar los grandes hitos medievales de la joya del Duero. Uno de esos grandes hitos nos lo trae el Romancero, el Cerco de Zamora, en el que se cuenta el intento de reunificar el rey don Sancho la herencia que su padre dividió entre sus hijos, y cómo Zamora se resistió con valor al cerco de los castellanos durante siete duros meses. No pudiendo Zamora salvar su libertad en el campo de batalla ante un ejército que suponía una relación de 30 a 1, y cerniéndose ya el hambre y la miseria sobre los habitantes de esta ciudad-reino, pudiendo las imponentes murallas de Zamora parar al enemigo, pero no al hambre, se tuvo que recurrir al atentado terrorista a fin de que se levantara el infrangible cerco organizado por el Rey don Sancho contra su hermana doña Urraca, la reina de Zamora, a la que iba apretando más y más su níveo cuello, símbolo altivo de la recias murallas de Zamora. Todos los zamoranos deseaban que acabase el cerco. La máquina inhumana de destrucción que golpeaba sin parar provocaba en todos los hombres amargura y rencor. Un profundo sentimiento de rabia hacia el enemigo los quemaba por dentro. Y así el caballero Vellido Dolfos, en un intento desesperado de salvar la libertad del reino de Zamora, y quizás también la vida de los zamoranos, asesinó con su propia mano al Rey de Castilla, que había traicionado la voluntad de su padre, a la que juró someterse, y la palabra que en su día había dado a su hermana, la reina virgen doña Urraca.

Pues bien, durante un milenio Vellido Dolfos ha sido tratado por la Historia de España como un pérfido traidor por matar a un Rey perjuro, asediante, cruel y ambicioso. Hasta una de las puertas que daban entrada a la Ciudad amurallada fue llamada “El Portón de la Traición” hasta que, por fin, la actual alcaldesa tuvo el sentido común y la sensibilidad histórica de pensar que el nombre de esa puerta estaba subrepticiamente dañando el honor de los zamoranos, y lo cambió por el nombre del “Portón de la lealtad”, como un aviso a navegantes. ¿Es que realmente Vellido Dolfos era un traidor? ¿No había sido antes traidor el Rey a su padre? ¿No ahorró a los zamoranos Vellido más dolor y muerte con su acción resolutiva? ¿Quién dice que los reyes por ser reyes tienen honor? Los reyes debieran dejar de ser reyes cuando pierden su honor, pero no siempre ocurre eso. Y sólo la farsa del poder y la política infame y lacayuna pudo convertir a un héroe en un traidor, al que por regicidio descuartizaron cuatro alazanes. Así, pues, en estas representaciones callejeras en que se cuenta el Cerco de Zamora, bajo la base majestuosa del Romancero preparado por el inolvidable Don Ramón Menéndez Pidal, se reivindica ahora, gracias a las versiones atrevidas que de él hace la Compañía de Teatro Atrezzo, la figura críptica y trágica de ese impenetrable caballero que fuera “don” Vellido Dolfos, complementario sin duda con sus antagonistas compatriotas, los miembros de la familia de Arias Gonzalo, que murieron en una especie de ordalía en el Campo de la Verdad, para lavar con su sangre la inocencia de los zamoranos ante el regicidio. Digo ordalía, porque realmente fue una ordalía sensu stricto, y es que hay todavía en el Cerco de Zamora muchos ecos de esa legendaria protodemocracia germánica que trajeron los visigodos, en la que el rey era un guerrero más, primus inter pares, y el honor de cada uno de los ciudadanos vale más que el Rey, vale más que todo, porque lo único que el hombre tiene ante sí mismo y ante Dios es su honor. Si tal como nos dicen los autores clásicos ( Hume, Montesquieu…), el fundamento moral de toda monarquía es el honor, no quiere decir que éste, precisamente, esté siempre presente en el solio real. Muy por el contrario, con demasiada frecuencia, la cercanía del poder, la ambición de poder, hacen que el honor del príncipe sea lo primero que muera para llegar a ser Rey, fundándose su fuerza en el honor de “los demás”. Este año en que se celebra el Primer Centenario de la Gran Guerra, la guerra más inhumana de las que han existido por su patente falta de ideales y nobleza, y en donde los generales con mayor indiferencia e incompetencia han sentido la vida de sus soldados, “los leones guiados por burros” – que diría el héroe zamorano Ramiro Ledesma Ramos -, podemos recordar cómo entró Grecia en la Primera Guerra Mundial por la ambición y deshonor de un príncipe, al que los aliados le pusieron la Corona contra su padre el Rey, a fin de que quebrase la posición de neutralidad que deseaba el Rey Constantino y el pueblo griego.

El Rey Constantino, aunque su corazón se inclinaba por las Potencias Centrales – se había educado en Alemania y estaba casado con Sofía de Prusia, la hermana del Kaiser -, buen conocedor de su pueblo optó por la neutralidad más intransigente, en contra de su primer ministro, Elefterios Venizelos, que quería la intervención griega a favor de los Aliados. La defensa de los intereses de los Aliados provocó la defenestración de Venizelos. Tras la caída de Venizelos la neutralidad mantenida por el Rey Constantino se hizo poco amistosa. Y no era de extrañar, pues los franceses se comportaban de forma muy despótica en Salónica, poniendo a toda la región bajo el control del ejército y luego estableciendo un bloqueo naval para obligar al gobierno griego a entrar en la guerra. La posición de los Aliados resultaba a todas luces moralmente sospechosa por el trato dispensado a un país neutral supuestamente independiente. Por lo demás, resuelto el firme rey Constantino a permanecer neutral, ingleses y franceses conspiraron con su ambicioso hijo Alejandro, príncipe sin escrúpulos ni honor, quien casi a punta de pistola hizo abdicar a su padre el 25 de junio de 1917, y el 27 de junio declaró la guerra a las Potencias Centrales. Otro caso de rey sin honor fácilmente corrompido. Y si España pudo mantener la neutralidad durante toda la guerra sólo se debió a que nuestra geografía estaba fuera de los planes estratégicos de la contienda, y no por respeto a su independencia por parte de los Aliados o por el honor de Alfonso XIII, mucho más débil que el del honorable rey de Grecia Constantino.

Es así que el cerco de Zamora nos invita a hacer una relectura del honor, cuando el miedo a las consecuencias de una acción desesperada por la supervivencia colectiva difícilmente puede ser considerado un pretexto para romper las promesas solemnes emanadas del juramento de un Rey ante su padre.