Los Lunes de El Imparcial

Thomas Boberg: Los devoradores de caballos

POESÍA

Domingo 24 de agosto de 2014

Traducción de Daniel Sancosmed Masiá. Prólogo de Raúl Campoy Guillén. Libros del Aire. Madrid, 2014. 127 págs. 12 €

Por Inmaculada Lergo Martín



¿Dejarán algún día de existir los represaliados políticos, la prostitución controlada por mafias, el despotismo desmedido de los poderosos, los niños con fusil…? ¿Tienen algún tipo de justificación los conflictos en Oriente Medio? ¿Hay excusa para el expolio practicado por una minoría de naciones sobre el resto de la población y del planeta? Es muy antigua la reflexión sobre la existencia del mal en el mundo, o sobre su imperio. El poemario Los devoradores de caballos de Thomas Boberg (Roskilde, Dinamarca, 1960) nos coloca, a la manera de un puñetazo en el hígado, en la observación y vivencia de un mundo, a la vez apocalíptico y muy real, en el que domina el mal.

Debemos a la editorial Libros del Aire y a la traducción de Daniel Sancosmed Masiá esta primera aparición de Boberg, uno de los más destacados autores de la poesía danesa contemporánea, en España; aunque no así en español, pues de este autor, que ha vivido algunos años en el Perú y viajado constantemente por Sur y Centroamérica -además de por Estados Unidos, Canadá, Egipto, Sudán, etc.- hay otros títulos y antologías traducidas a nuestro idioma, como el poemario Portadoras de agua y las antologías Constelaciones terrestres y Poesía, buen volumen este último para conocer su trayectoria poética, que cuenta con más de 20 libros de poesía, uno en prosa -Américas- y diversas traducciones. Sus poemas se han volcado ya al árabe, alemán, francés, italiano, serbio, sueco e inglés, y ha sido reconocido con el Premio de Literatura del Consejo Nórdico (2000 y 2005) y el Gran Premio de la Academia Danesa (2012).

Los devoradores de caballos es un libro del siglo XXI, por un lado, por su estilo y estructura novedosos, una narración épica construida con el poema, la prosa y el cuento, y por otro, por ser una reflexión que ha dejado ya atrás las utopías, ideologías, esperanzas y debates del convulso siglo XX. Lo que el lector encuentra es un mundo que inevitablemente reconoce pero que estremece reconocer. Un mundo donde exigimos dignidad al miserable que nos molesta y nos conmueve, después de haberlo dejado imposibilitado para ella. Un mundo que ha destruido y destruye constantemente la voluntad, la libertad, la rebeldía… donde todo ha sido dicho y nada valen la palabra ni los hechos. Todo es todo es ya irremediable: porque una “ola” ha pasado y “ha arrasado el barrio”, y “Los fustigadores arrastran a los últimos caballos por los machacados adoquines”. “Una noche vi a uno de los caballos / destrozar de una coz a un comecaballos, / y no pasaron ni diez minutos y los perros musculosos con manchas / del vecino de abajo estaban encima de él; tiraban de sus tripas arrancándolas”; porque “Los caballos se están extinguiendo. / Todos lo saben, pero nadie mueve un dedo en serio” y “La hipoorgía (gracias al destino) ha acabado. / ¿Y ahora con qué nos vamos a saciar?”, porque “Cruz o media luna. / El mismo negocio”, porque “Todos sabemos que el cónsul dirige el narcotráfico”, y porque -y eso creo que es lo más terrible- “¿habíamos llegado a un punto / en el que no había que ocultar este tipo de cosas?”.

Para un poeta, suele la palabra, la poesía, ser finalmente el agarre, o la única vía de escape o de conocimiento o de salvación, de hecho, Thomas Boberg ha declarado en una entrevista: “La poesía en cualquier circunstancia es una necesidad. El poeta ruso Osip Mandelstam decía que el pueblo necesita tanto de la poesía como de pan”. Sin embargo, en este desesperanzado poemario hasta esa vía parece vetársele al autor y al lector: “La poesía tiene condiciones estrechas y aunque tengamos la materia del poema nos falta con qué escribirlo”; “la oscuridad / es la fuente de nuestra poesía, pero también ella se está quedando / seca”. Y es que Boberg ha llegado a ese punto que muestra la falacia de toda “biblia”, lo poliédrico de cualquier “verdad”, la imposibilidad de escoger un bien sin su mal. Por eso -dice- “me odiaba a mí mismo / y estaba en contra de ello”, “escribía sin saber escribir” pero “por fin sabía escribir”, porque “la gente que escribe es tan despiadadamente indiferente / a todo lo que / no sea escribir”… De ahí que Raúl Campoy, acertadamente, diga en el prólogo que, con sucesivas lecturas, el libro se va ramificando como un árbol, pero no con ramas, sino con “raíces en el aire”, y que al leerlo, al pasar sus páginas, se irán borrando nuestras huellas digitales.