Traducción de Amalia Martín-Gamero. Anagrama. Barcelona, 2014. 304 páginas 9,99 €
Por Carmen R. Santos
La editorial Anagrama reeditará a partir de este otoño toda la obra de Patricia Highsmith, la autora que ha puesto en pie uno de los mundos más turbios y desasosegantes de toda la literatura del siglo XX., en el que estallan los sentimientos más negros del ser humano. Patricia Highsmith nos transmite una enorme desazón al plantear que no es la bondad la que predomina en lo más profundo del hombre, y que el impulso criminal está dispuesto a imponerse a la menor ocasión “Me di cuenta de que el hombre o la mujer de la casa de al lado podía tener una extraña psicosis sin que yo pudiera apreciarlo”, confesó la escritora norteamericana. Ese hombre de la casa de al lado bien pudiera ser Tom Ripley, el personaje más paradigmático creado por Highsmith, que vio la luz en El talento de Mr. Ripley, novela publicada en 1955 y que constituye la primera de la serie que después incluiría cuatro títulos más, y cuyas cinco entregas han sido reunidas por Anagrama en un solo volumen: Tom Ripley. A este encantador y educado asesino le han dado vida en la gran pantalla Alain Delon y Matt Damon, entre otros actores.
Porque la producción de Patricia Highsmith ha atraído el interés de numerosos cineastas, desde que Alfred Hitchcock abriera brecha con Extraños en un tren, que contó con el guión de Raymond Chandler. La novela que ahora recupera Anagrama, Las dos caras de enero, también ha sido recientemente adaptada al cine en un filme con el que Hossein Amini ha debutado en la dirección cinematográfica, y con Viggo Mortensen, Kirsten Dunst y Oscar Isaac en los papeles principales. Y, aunque sus protagonistas no son tan famosos como Ripley, presentan la misma turbiedad que éste en una trama presidida desde el principio por la sensación de amenaza y peligro, marca del universo Highsmith.
La novela comienza con un encuentro casual entre la pareja formada por Chester MacFarland y su esposa Colette, y Rydal Keener, un joven norteamericano que viaja por Europa en busca de no se sabe qué. MacFarland es un estafador que va cambiando de identidades y Colette una mujer que practica una inocente perversidad y que será, finalmente, quien desencadene la tragedia. En el escenario de una invernal Grecia, en la que parece que un diabólico fatum encadena los acontecimientos, asistimos a las malsanas relaciones entre un triángulo de alto voltaje, desde que Rydal se convierte en encubridor de la muerte de un policía a manos de MacFarland. Rydal se pregunta cuál es la razón de ese extraño comportamiento que le lleva a vincularse a un asesino ahora doblemente perseguido.
A partir de este momento, el trío empieza una huida hacia delante, en la que se va desarrollando una oscura historia de traiciones y engaños y de dependencias mutuas, que tendrá uno de sus momentos culminantes en la visita que los tres personajes realizarán al palacio de Cnossos en Creta. No es casual que elija este emplazamiento para una acción clave de la novela, pues a este palacio se ha ligado el mito del laberinto en que Teseo se enfrenta al Minotauro. Patricia Highsmith da una vuelta de tuerca a la leyenda, pues en su novela Chester Macfarland y Rydal Keener participan por igual de las caraterísticas tanto de la bestia como de quien la combate en una peturbadora ambigüedad. Lo que sí está claro es que los dos viven en un laberinto de imposible salida. Así, Las dos caras de enero, más allá de la intriga, ofrece una lograda exploración psicológica de los personajes, uno de los puntos fuertes de la novelística de la misántropa narradora.
Es muy posible que la fatídica visión de Patricia Highsmith, nacida en Texas en 1921 y fallecida en 1995 en la localidad suiza de Locarno, donde vivió en un buscado aislamiento, se asiente, como en ocasiones se ha estudiado -al respecto resulta esclarecedora la biografía que firmó Joan Schenkar, publicada en nuestro país por Circe-, en la propia vida de la escritora. Una vida solitaria y, desde la infancia, no precisamente feliz, que conformó una compleja personalidad llena de aristas. Pero, en cualquier caso, lo decisivo fue su habilidad para convertirse en “una poeta de la inquietud”, como la denominó Graham Greene, en un nombre insustituible del thriller psicológico.