Valiente y acertada ha sido la visita de Angela Merkel a Ucrania, en un momento en el que el conflicto atraviesa circunstancias muy peligrosas. La acumulación de tropas rusas en la frontera ucraniana, el entrenamiento de milicianos secesionistas organizado por el Kremlin, la utilización por parte de Moscú de caravanas bajo apariencia de ayuda humanitaria para violar la frontera y alentar la ruptura de su país vecino, la entrega de misiles tierra-aire que fueron capaces de masacrar un avión civil, son una realidad que pudiera hacer detonar de un modo aún más violento el polvorín de la antigua república soviética.
La llegada de la canciller alemana a Kiev tiene, en este contexto, la doble virtud de respaldar al Gobierno legítimo de Petro Poroshenko, al que amenaza el indisimulado zarpazo que Vladímir Putin alienta para que caiga sobre él, y, al mismo tiempo, impulsar una política de paz donde se respeten intereses vitales de Rusia en esta estratégica zona. El apoyo germano está amparado por una ayuda de 500 millones de euros, absolutamente necesarios para dar una mínima bocanada de oxígeno a un país exhausto por el conflicto intestino y por lo obsoleto de sus instituciones y su sistema productivo. El mejor auxilio que Berlín y el conjunto de la Unión Europea (UE) pueden proporcionar a medio y largo plazo a Ucrania es hacer posible que sus degradadas instituciones, utilizadas más para el latrocinio mafioso que para la buena gestión durante largas décadas, se fortalezcan y cobren su misión nacional. Del mismo modo que las anquilosadas estructuras productivas de la nación deben experimentar una decidida y costosa transformación que la hagan competitiva y la salve de una humillante dependencia rusa. Estas modificaciones -y no un conflicto bélico-, son las que podrán salvaguardar a Ucrania de ser una servil pieza supeditada a los trasnochados sueños imperiales de los actuales ocupantes del Kremlin.
Pero la visita de Merkel posee otra vertiente no menos importante a corto plaza: sentar las bases de una paz en la zona, sin la cual ninguna reforma será posible. Ha gestionado un “alto el fuego bilateral” que deje margen a la acción diplomática. La canciller ha abogado porque el territorio nacional ucraniano permanezca unido sabiendo dar un estatus singular a las provincias prorrusas a través de una fórmula federal. Haciendo honor a la palabra dada tras la caída del Muro de Berlín, es importante dar garantías a Rusia de que tropas occidentales de la OTAN no se instalarán en suelo ucraniano amenazando la seguridad rusa. Angela Merkel lleva a Ucrania un plan razonable y viable, muy lejos de la dinámica de la Guerra Fría. Solo cabe esperar que los delirios de grandeza de Putin permitan realizar un programa cargado de sentido común.