Opinión

La nueva era de la política

COSAS VEREDES

María Cano | Lunes 25 de agosto de 2014

Atrás quedaron los tiempos en los que la disciplina de partido se cumplía de manera incuestionable. La pasada semana asistíamos al rifirrafe interno en el seno de UPyD por la publicación de una carta de Francisco Sosa Wagner, eurodiputado, en El Mundo en la que se mostraba a favor de una alianza con Ciudadanos y criticaba el autoritarismo imperante en UPyD. Tras la airada reacción de su líder, Rosa Díez, y de la diputada Irene Lozano también en las páginas de ese diario, lejos de quedarse calladito el eurodiputado insistió con otra carta en la que iba un paso más allá y pedía a su partido que consultara a los afiliados acerca de la posibilidad de sellar una alianza con Ciudadanos.

Aunque lo de Francia es mucho peor. El Gobierno se ha encontrado con la oposición frontal de algunos de sus miembros encabezados por los ministros de Economía y Educación, quienes después de haberse mostrado en contra de continuar con las políticas de austeridad dictadas por Alemania con el fin de reducir el déficit, han exigido al Gobierno que se ocupe de fomentar el consumo para salir de la crisis dejando el déficit en su segundo plano. Y la respuesta del primer ministro, Manuel Valls, ha sido tan rotunda como apresurada y este mismo lunes anunciaba la dimisión en bloque del Gobierno francés por sus discrepancias con Hollande en cuanto a política económica.

Estos plantes no son incidentes aislados, sino que se enmarcan en un proceso de profundo cambio que, en el caso español, se traduce en el repentino auge de una nueva fuerza política, Podemos, que en sólo cuatro meses cosechó más de 1,2 millones de votos o en la caída de los grandes partidos políticos, PSOE y PP, que acostumbrados a repartirse el pastel asisten atónitos a lo que se prevé como un cambio de modelo y quién sabe si de sistema.

Ahora quiere el Gobierno que los alcaldes más votados sean los que gobiernen en los municipios, una medida tan sensata como oportunista que el PSOE ya incorporó incluso en uno de sus programas electorales y que ahora rechaza de manera frontal.

Pero mientras los partidos tradicionales se aferren al poder negándose a abrirse al cambio, ese que tanto asusta por lo incierto de sus resultados, seguirán perdiendo votantes en favor de nuevas formaciones con eslóganes muy atractivos y programas huecos, que es lo que vende.

Renovarse o morir, sí, pero renovarse de verdad, escuchar al electorado, o lo que es lo mismo, a la gente, al repartidor, a la profesora, al mecánico y a la azafata. La gente está harta de corrupción, de mentiras, de chorizos y de mangoneo. ¿Quieren recuperar esos votos perdidos? Pues igual hay que atreverse a hacer unas cuantas reformas radicales por mucho vértigo que dé, porque la alternativa es el fracaso anunciado.

Listas abiertas, política de transparencia, reforma de las autonomías, independencia judicial, un gran pacto por la Educación y la Sanidad, el fin de los privilegios de algunos (como País Vasco o Navarra), a favor de la igualdad… ¿A que a nadie le resulta novedosa ninguna de estas propuestas? Claro que no, porque son las que repiten los ciudadanos de forma machacona en los foros, en el bar, en Facebook, en las comidas familiares y en los debates que surgen en el trabajo a la hora del café. Si el clamor es mayoritario, ¿no debería ser escuchado? Pues parece que no porque a los díscolos se les corta la cabeza. Y si no, que se lo digan a los franceses...