España fue un país en paz mientras no hubo ocurrencias que dieron al traste con el equilibrio institucional que se había mantenido durante décadas hasta que apareció Zapatero. Antes, cuando la ocurrencia se hizo política, Felipe González saqueó Rumasa a punta de metralleta conminando al presidente del Tribunal Constitucional a votar la legalidad de un decreto ley que con el tiempo se desenmascaró como una auténtica estafa a cuenta del Estado. España se enquistó con el vil e injustificado expolio del patrimonio de José María Ruiz-Mateos y, aún exculpado de toda imputación el empresario y financiero en 1997, se optó por hacer un mutis escandaloso por el foro histórico de las vergüenzas institucionalmente colectivas.
Después, cuando la ocurrencia siguió su desbarre político, el desastre inminente acaeció un 11 de Marzo en los prolegómenos de una jornada de reflexión electoral. De aquellos polvos llegó el lodazal en el que al día de hoy irremisiblemente estamos asfixiados. Nada es casualidad y los cambios drásticos son una realidad acorde a pactos secretos, evidentes como los del Tinell, derivados de aquel infierno. Además, los aires vengativos del desierto no han posado una sola brizna de polvo hostil en la convivencia del país después de aquella vil masacre. Sospechoso.
No sólo respecto al once de Marzo, en España desaparecen pruebas con la agilidad propia de una maquinaria de ocultación al servicio de oscuros intereses que devienen de actuaciones dirigidas a conseguir el poder absoluto, incluso sobre la Justicia, que una vez abandonado borra las huellas. Es harto extraño que ex presidentes como Felipe González o Zapatero campen por sus respetos después de acumular todo tipo de indicios poco honorables y caracterizados por el disimulo y la indiferencia punitiva, cuando coherente habría sido investigar los desmanes perpetrados en la poltrona de la presidencia a tenor de las consecuencias desastrosas del país que mal dirigieron con engaños permanentes.
Paradigmático de la inutilidad es el ocurrente Zapatero del que no sólo se le sospecha lo que muchos consideraron idiocia que degeneró en un totalitarismo con el que nos precipitamos al declive decisivo ,sino que también le acompañan sombras de influencia criminal que han sido inobservadas, con nefasto criterio de generosa y temeraria absolución, por los perjudicados todos de su vil política desintegradora. Mal hecho. No deberíamos olvidar que los orígenes de nuestros problemas surgieron con su extraña ascensión al gobierno dejando por el camino una matanza de 192 personas sin resolver. Ésa es una realidad que no se quiere ver; no nos quejemos pues del vértigo del abismo donde pretendieron precipitarnos desde entonces con las veleidades de una refundación del Estado. Acaso se refunda aquello que previamente se dinamita para volverlo a construir. Justo lo que sucedió durante ocho años del aniquilador zapaterismo.
La impunidad ha creado escuela. Ya se inició con el despotismo felipista que arrasó el 10% del PIB con el saqueo, además, del holding Rumasa del que todavía los orquestadores viven con renta vitalicia asegurándose la mordaza de la Justicia. Después del robo no era extraño que se subiera la apuesta con el crimen de sangre… eso sí, con igual modus operandi de impunidad absoluta.
El paso de estos dos perjudiciales dirigentes del oscurantismo político puede que sea poco comparado con el radicalismo de ahora que aspira a conseguir las riendas de este caballo desbocado llamado España. Es contradictorio que la grandeza de la democracia conlleve la miseria implícita de los que usan la vital premisa de la libertad para destruir la convivencia. De existir un tamiz de responsabilidad por esa convivencia en paz, politicastros de nuevo cuño no tendrían cabida más que en el estercolero de las evidencias demagógicas. Se les ve llegar y las intenciones no son sanas sino rocambolescas, tanto como lo que llevó a Chávez a sojuzgar la libertad de un pueblo bajo el imperativo del socialismo o muerte. Rocambolesco pero efectivo. En España no estamos preparados para esas farsas, es obvio, pero la amenaza de la quiebra constitucional está latente mientras se manifiestan las intransigencias aprovechando que se desgranan en un marco democrático.
La falta depreparación cultural en las nuevas generaciones y el resentimiento provisto del fracaso personal han convertido a los extremismos en factibles amenazas como venganza contra el sistema pleno decorrupción.Más bien es oportunismo lo que se manifiesta divergente que aprovechando la debilidad de un sistema complejo,quizá caducadodespués de cumplir sufunciónpolítica y social, no aporta soluciones sino discordancias con el fin de quebrar el equilibrio institucional y obligar al sectarismo por el abuso y la fuerza de lacoacción. El instrumento de la demagogia satisface a losturiferarios que se rinden ante lafácil estocada de la renuncia al orden, siguiendo directrices deradicalistaslíderes surgidos de losrevanchismos residuales de la historiamás aberrante de laEspañacontemporánea.
La declaración de intenciones permanece en cada discurso incendiario que se escuda tras el imperativo legal de acatar una Constitución merodeada por depredadores enemigos de la misma. No podemos esperar sino la trampa que permita colar el exabrupto radical a través de canales democráticos; la irrupción de la intención verdadera que se esconde tras el disimulo de quienes ya han tomado posiciones para asaltar el poder mediante las urnas, con un conchabamiento de una izquierda revanchista dispuesta a acabar con el equilibrio de cuatro décadas de unificación en el criterio de la diversidad. Una idea de multiplicidad sobre consenso que desechan los que están dispuestos a dar un vuelco ideológico al país donde nacieron, para desintegrarlo con odio genetista en la rememoración de los tiempos guerra civilistas que estuvieron enterrados hasta la llegada de Zapatero; quien no sólo no está juzgado por los destrozos propiciados sino que, ¿además se le premia su función desintegradora como miembro del Consejo de Estado, precisamente quien lo ha dañado de manera irreversible? No obstante fue precedido por Felipe González, quien vació las arcas del Estado y vive también de lo restado a los españoles, con el injustificable añadido de que se le rinde pleitesía y respeto por sus inicuos logros.
Ni hecho a propósito hubiéramos encontrado peores verdugos a los que rendir honores, dirigiéndonos hacia el funeral por la esperanza en que han convertido estos dos a España.