Opinión

Camina o revienta

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José Pazó | Jueves 28 de agosto de 2014
Este verano he andado poco. Sin embargo, he visto a mi alrededor una auténtica furia andariega. Recluido en el bosque, en los caldos rubios de Cambados, en la neblina y la lluvia en las que el pasado y el futuro se reflejan, y empujado por las olas del atardecer en Foxos, he pasado de andar. Correr, eso lo intenté un año que pasé en Illinois, hasta que se me congeló un testículo. No fue por influencia de Haruki Murakami y su interesante “Correr”, esto fue antes. Es que en aquella época tenía una amiga norteamericana a la que le encantaba correr, incluso en febrero y en Illinois. Las cosas que uno hace… Corrí una mañana con ella, temprano, con doble sudadera, gorro de lana, calcetines de esquí. Yo siempre iba detrás, con la lengua helada fuera. Por razones en las que no entraré aquí, un testículo se quedó menos protegido por las capas de ropa. Tampoco demasiado. Cuando llegué al gimnasio, quizá por el viento (aunque no corría muy rápido), mostraba signos de inicio de congelación. Fue muy embarazoso. Yo venía de la natación, pero tras aquello me pasé a andar. Tuve un corto periodo de bici, también en las llanuras del Midwest, pero digamos que caminar encontró mayor acomodo en mi corazón. Hasta que sin saber por qué, he decidido pasar de andar. El caso es que, en cuanto yo he decidido dejarlo, la gente se ha echado a ello.

Este verano, vino un amigo canario a verme a las neblinas de la Costa Oeste, un amigo que tampoco anda. O que anda de restaurante a bar, o viceversa. A esa modalidad todavía me apunto, con concentración en mis pasos. El caso es que este amigo me hizo notar algo: “¿has visto cómo anda Rajoy?”, me preguntó inocentemente. Yo no me había fijado, pero prometí fijarme. En contra de mis principios veraniegos, pusimos la tele y estudiamos en silencio el paso de Rajoy. Fue fácil. Estaba en todos los informativos. “¿Qué te parece?” me dijo. Mi amigo sabe que soy un diletante de la semiótica, la ciencia de los signos.

En las imágenes, Rajoy caminaba con Angela Merkel a su derecha. Caminaba con paso raro, como el de alguien que quiere hacer marcha, esa forma tan escasamente natural de caminar, o de correr, no se sabe. Lo que normalmente se llama trote cochinero. A la vez que caminaba, gesticulaba con la mano con pequeños gestos imperiosos, como lo de un maestro religioso de escuela mientras habla a sus discípulos predilectos, aquellos que siguen su paso sin rechistar. El presidente hacía muchas cosas a la vez: andaba, corría, movía de arriba abajo el dedo índice de la mano derecha y hablaba. Pude fijarme que tenía los testículos a buen recaudo, pero no pude fijarme en lo que decía. Aquello no tenía voz. Miré a mi amigo, que estaba dando buena cuenta del último albariño casero que habíamos comprado. Yo estaba sin habla. Mi amigo me dijo: “Están haciendo el camino de Santiago. Antes él andaba solo por una ruta de molinos, o algo así, por aquí. ¿Qué te parece? ¿Raro, no?”

Tuve ocasión de verlo caminar solo, en otro informativo, y luego de volver a verlo con Merkel varias veces. Y entonces descubrí la referencia de Rajoy, la verdadera fuente que sus asesores le habían insuflado: “Las vacaciones del señor Hulot”, la película de Jacques Tati del año 51. El señor Hulot, el propio Jacques Tati, un hombre alto, grande y algo torpe, que camina raro, irrumpe en un lugar de veraneo de la costa gala para ponerlo todo patas arriba. Articula, hace que habla, por no se le oye. Hay ruidos de fondo, pero el señor Hulot nunca dice nada. Cuando habla, suena un ruido eléctrico, como el de alguien hablando con muchas interferencias. Eso que los semiólogos llaman ruido comunicativo. Hulot sonríe y aguanta el tipo ante todos los desastres que va organizando: hunde piraguas, echa a perder plácidos días de playa, arruina comidas… Con su extraño paso y su semblante impertérrito.

Animado por el ejemplo, y por el entusiasmo que nos aportó el albariño, decidimos pasarnos por Finisterre. Finisterre, para muchos, es el final del camino de Santiago, esa ruta de transformación personal, pero que en realidad solía ser una ruta de juerga. Las peregrinaciones tenían dos motivaciones: la político/religiosa (marcar y apropiarse de un terreno), y la personal lúdica (dejar la familia detrás y durante un mes ponerse hasta arriba de caldos y potes locales, de sexo, juego y rock’n roll). Fuimos allí por si acertábamos a ver en persona al presidente y la presidenta, a Rajoy y Merkel, troticochineando en el fin de la tierra. Fuimos en coche, claro. Pero dio igual. Al poco de bajar, los miles de peregrinos nos saludaban como si fuéramos uno más de ellos, con la sonrisa beatífica del que ha sufrido una transformación y sabe que tú has sufrido otra, y se considera hermano de transformación. La transformación que yo tuve vino del asombro de ver a tanta gente caminando con sonrisa de haberse tomado alguna sustancia de esas que la DGT se empeña en quitar de nuestras vidas. Finisterre está masificado. Masificado de zombies transformados. La gente llegaba a pie, en bici, en autocaravana… Algunos corriendo. Venían sucios, con los pies negros, con ropa de varios días, pero siempre saludándote de igual a igual con aquella sonrisa. Aprestándose a hacer mil fotos, del faro, de las rocas del faro, de la tienda del faro, de la basura de las rocas del faro, mil selfies de sonrisas de transformación, mil caras sonrientes impertérritas. Sin palabras. Sin ninguna palabra.

Me imagino que en algún punto del subconsciente colectivo, este verano se ha impuesto el peso de otro título: Camina o revienta. Cuando las ideas no vienen, hay que caminar, han dicho filósofos y escritores. También lo dice Punset, o alguno de los que entrevista. Aunque no se diga nada y se tenga de fondo un ruido incomprensible. Desde luego, a mí no me pillan. Por mucho que el caminar modere el riesgo de congelación.