Los Lunes de El Imparcial

Julio Cortázar: Clases de Literatura. Berkeley, 1980

ENSAYO

Domingo 31 de agosto de 2014

Edición de Carles Álvarez Garriga. Alfaguara. Madrid, 2014. 320 páginas. 18,50 €. Libro electrónico: 8,99 €

Por Rafael Fuentes



Esta semana pasada se ha celebrado el centenario del nacimiento de Julio Cortázar en Ixelles, región de Bruselas, en un lugar y una fecha donde los cañones de agosto de 1914 lanzaron la primera ofensiva de la I Guerra Mundial. Curiosa fecha y lugar para que viera la luz este hijo de un funcionario de la embajada argentina en Bélgica que acabaría siendo un pacífico destructor del costumbrismo castizo, a la vez que creador de otro estilo más llano, más oral para una literatura de talla universal. El último manuscrito de Cortázar llevado a la imprenta, después del regalo de su epistolario, son estas Clases de Literatura, transcripción de las que impartió en la universidad californiana de Berkeley en 1980, cuando el autor se había convertido ya en una referencia en todo en el mundo.

Ha sido un milagro la recuperación de estas lecciones aparentemente destinadas a desvanecerse en el aire de un aula, pero por fortuna grabadas, que retornan ahora casi cuarenta años después conservando la huella singular de Cortázar, precisamente porque no se trata de notas o textos redactados para una lección magistral, sino de improvisaciones a partir de unas ideas rectoras que se amoldan a los giros y variaciones que le impone la lectura en voz alta de algunos cuentos, su glosa, las preguntas y réplicas de los estudiantes, y las sagaces contestaciones que el escritor porteño debe ingeniar de un modo espontáneo. Toda una actitud inspirada deliberadamente en la fórmula musical del jazz -tan amada por Cortázar- y con efectos emocionales similares a este.

El autor de Bestiario resume en estas clases su trayectoria ideológica, examina los resultados de la musicalidad en la prosa, tiende puentes y traza fronteras de su narrativa frente a la de Borges, establece qué idea propia posee del relato fantástico y cuál es su concepción de lo realista, aborda el valor de lo lúdico y lo político en su obra, y la creación de un imaginario propio en Rayuela o en El libro de Manuel o en las entidades de esa mitología personal que se concretó en la invención de “cronopios”, “famas” y “esperanzas”. Un zigzagueo ameno, poco enfático pero excepcionalmente incisivo -sello de Cortázar-, con el que no solo ilumina los entresijos de su inventiva, sino esclarece también asuntos claves del conjunto de la literatura hispanoamericana.

Una cuestión decisiva es la diferenciación de sus cuentos fantásticos frente al “realismo mágico” teorizado y ejercitado por Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Arturo Uslar Pietri y el discípulo de estos predilecto del público Gabriel García Márquez. Para ellos lo real maravilloso que buscaban los vanguardistas europeos se encontraba en estado puro en las creencias de los pueblos mestizos de Hispanoamérica y su visión mágica de la realidad, por lo que esa fue su fuente de inspiración primordial. En un Jorge Luis Borges, en un Julio Cortázar esto no es así. Lo fantástico tiene un punto de origen distinto. El creador de los “cronopios” lo explica primero a través del célebre cuento de Borges “El milagro secreto”, donde se narra la historia de un dramaturgo checo condenado a ser fusilado y ante el paredón escribe su obra maestra cuya elaboración transcurre en un año, en tanto que para el pelotón que lo ha de ejecutar solo han pasado unos minutos. Esa mágica diferencia se sustenta en la idea del tiempo como durée del filósofo Henri Bergson, y la posibilidad de distinguir entre la experiencia interior de lo temporal frente a la medición mecánica del tiempo con el reloj. Otra parecida influencia sobre la ruptura de las leyes físicas en su literatura tuvo el principio de incertidumbre de Heinsenberg o la observación de los delirios y los sueños con los ojos abiertos realizado por el psicoanálisis.

Más aún, Julio Cortázar explica a sus alumnos en las aulas californianas cómo lo fantasmagórico no tiene en él ningún propósito de evasión, sino muy al contrario una reevaluación crítica de lo real. Cortázar echa aquí mano de su relato “Apocalipsis de Solentiname” donde unas fotos tomadas en una pacífica comunidad indígena de Nicaragua, regentada por el poeta Ernesto Cardenal, se transforman milagrosamente en su proyección en París, poco tiempo después, en imágenes de masacres y torturas dantescas en toda la geografía iberoamericana. Esa transitoria mutación mágica no tiene como fin último el placer de paladear lo irreal sino subrayar un aspecto de lo real que muchos querían eludir.

A partir de aquí las clases de Julio Cortázar ayudan a sus estudiantes -ahora también a sus lectores- a comprender los resortes mediante los cuales la magia de la fantasía puede convertirse en una poderosa herramienta para ver nuestra realidad desde otro punto de vista más libre, más crítico, más creativo. Lo mecánico y rutinariamente aceptado son armas eficaces para que el poder ilegítimo nos domine. Afortunadamente, el autor de Los premios no trata de combatirlo con ninguna literatura comprometida. El escritor comprometido que se case, alega con humor. El discurso directo, panfletario, inevitablemente reiterativo contra las injusticias no le interesaba lo más mínimo. Gracias a ello disfrutamos de una literatura genialmente innovadora que deja al lector la tarea de extraer sus renovadoras conclusiones. Uno de los más brillantes antídotos contra lo inauténtico.