Opinión

Europa y sus achaques

TRIBUNA

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 01 de septiembre de 2014
Como se sospechaba, el Consejo Europeo extraordinario del pasado sábado no se ha ocupado de la situación económica de la UE, y especialmente de la zona euro, que después de los pocos estimulantes resultados globales del segundo trimestre del año ha vuelto a suscitar inquietud. Dedicados a acordar los nombramientos que conforman la cúpula de la UE -y con el telón de fondo de la crisis de Ucrania, cada vez más complicada, por no hablar del formidable problema que plantea el llamado “Estado Islámico” en Irak y Siria, la sangrante situación de Gaza y las preocupaciones derivadas de la epidemia de ébola- los jefes de Estado y de Gobierno de la UE parecen haber dejado de lado las cada vez más necesarias medida económicas en manos del BCE y de su presidente, Draghi, que se reunirán el jueves de esta semana que comienza.

Una pista de por dónde pueden ir las cosas se puede detectar en las discusiones que han tenido lugar en la conferencia de bancos centrales que ha tenido lugar el pasado 22 de agosto en Jackson Hole, en el lejano estado de Wyoming, en la que Draghi, precisamente, ha sido uno de los más destacados participantes y, desde luego, uno –si no el que más- de los escuchados con más atención. Draghi no solo se mostró confiado en que el euro más débil que se viene configurando va a estimular la demanda, tanto interior como exterior, esto es las exportaciones. Pero sobre su intervención sobrevoló el fantasma de la deflación. El presidente del BCE descartó, desde luego, que la economía de la zona euro haya entrado en ese temible marasmo de la deflación, pero subrayó que se encontraba al borde de la “zona peligrosa”. Una inflación que cae trimestre a trimestre y que se encuentra muy alejada de la deseable cota del 2 por ciento, implica un serio riesgo de estancamiento y todo el mundo se acuerda –y se estremece- de la larga década en que Japón se ha arrastrado en esa situación.

Se espera, con una cierta ansiedad, que el BCE utilice el instrumento de la compra de bonos, una política discutida, sobre todo por Alemania, del que ya se ha hecho uso cautamente, pero que algunos expertos (sobre todo alemanes) estiman que desborda el mandato que rige la actividad del BCE. Además, esa medida se traduce en la necesaria impresión de millones de euros, algo que desemboca casi necesariamente en una inflación mayor de la deseable, situación que pone enfermos a los alemanes –incluso mucho más al Bundesbank, el banco central alemán, que a la propia canciller Merkel- que han hecho de la lucha contra la inflación la regla de oro de toda su política económica desde que se restableció allí la democracia. La deflación, por el contrario, no les produce los escalofríos que ya perciben en otros responsables europeos. Y es que la política económica es un permanente juego de las siete y media, en la que no llegas o te pasas.

En conclusión, los expertos parecen inclinarse por la idea de que, salvo un excesivo debilitamiento del euro, el BCE echará mano próximamente de lo que ellos llaman quantitative easing, que podemos traducir por “facilidades cuantitativas” o, más exactamente, monetarias. Los especialistas utilizan las siglas inglesas Q.E. para referirse a estas medidas en las que algunos ven la única posibilidad de salir de esa preocupante situación de estancamiento que amenaza a la economía europea. El efecto bumerán de las sanciones contra Rusia, que ya empiezan a sentir los sectores agrícola y ganadero, y el inseguro futuro del suministro de gas procedente de aquel país, vital para algunos países del centro y el este de Europa, viene a situar todo el problema de la recuperación económica europea en un contexto geopolítico mucho más amplio y, sobre todo, mucho más problemático.

Está de moda entre los sectores situados más a la izquierda comparar la deficiente situación económica de Europa con la de Estados Unidos, Reino Unido y el Japón. Pero no está nada claro, aparte de las diferencias estructurales, que sean el modelo a seguir. No deja de ser curioso, en todo caso, que la izquierda proponga como modelo el país norteamericano que es la quintaesencia del capitalismo, que ellos dicen querer erradicar. Sobre todo quienes se sitúan en la izquierda más radical, que algunos se han empeñado en poner de moda, tras una lectura de los resultados de las elecciones europeas, absolutamente inasumible por cualquier modesto especialista de sociología electoral.

En la citada conferencia de bancos centrales, la nueva presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, el equivalente a su banco central, la señora Janet L. Yellen, se mostró muy cauta y, en concreto, afirmó que el mercado laboral americano está todavía lastrado por los efectos de la recesión. Su inseguridad respecto de los datos económicos que se van conociendo, la lleva a retrasar por el momento una hipotética subida de los tipos de interés que, hay que recordar, están cerca del 0% desde diciembre de 2008. También Yellen apuesta por el crecimiento pero, como los alemanes, tiembla ante la posibilidad de inflación.

El propio Draghi, en la misma conferencia, pareció aceptar la posibilidad de que el BCE considere factible la política de las llamadas “tres flechas”, iniciada en Japón por el primer ministro Shinzo Abe, que serían, en primer lugar, un estímulo monetario agresivo (que coincidiría con lo que hemos llamado Q.E.); en segundo lugar, flexibilidad fiscal, lo que implicaría menor rigidez en los objetivos de deuda y déficit y, en tercer lugar, reformas estructurales para corregir la debilidad a largo plazo de la oferta y la demanda. Si la primera “flecha” sería una tarea del BCE, la segunda caería en las manos de la Comisión Europea y la tercera correspondería plenamente a los gobiernos nacionales. Aunque las discusiones no cesan, hay un punto en que todos coinciden: la necesidad de estimular el crecimiento que viene a ser como la primera causa eficiente, la causa de las causas, para acelerar todo el proceso de la recuperación.

En este tormentoso contexto, la situación de España es comparativamente buena. Aunque sigamos teniendo problemas graves, el primero de todos ellos, el alto porcentaje de paro. Pero la tasa de crecimiento de nuestra economía se ha convertido en ejemplar. España ha dejado de ser un problema para pasar a ser un modelo, seguramente porque ha llevado a cabo, con mucha más determinación que otros países, la tarea que le corresponde: las reformas estructurales, que han producido sufrimiento en algunos sectores de la población, pero que gracias al crecimiento se podrán remediar antes que después. Que desde la CEOE se afirme que ya empieza a haber margen para la subida de los salarios y para la creación neta de empleo genera, sin duda, una expectativa estimulante. Pero la izquierda, sin más norte que sus intereses partidistas, sigue sin entenderlo

La izquierda también se equivocó cuando montó una campaña contra la canciller Merkel, como si fuera la única y gran culpable de la situación. Un columnista de Reuters escribía a finales de la semana pasada que “la señora Merkel está siendo menos arrogante acerca de la imposición de las ideas alemanas” y estimaba que eso se debía, en buena medida, a que la economía alemana se había debilitado por la situación en Francia y el sur de Europa, aparte de la cuestión de las sanciones contra Rusia, a las que ya nos hemos referido. Citaba un “frente anti-Merkel” en el que incluía a gentes tan diversas como Marine Le Pen, Montebourg y Silvio Berlusconi. Buena compañía para la izquierda española. Pero este frente se equivoca. Cualquier modificación de la política económica europea, del BCE y de la Comisión Europea, solo se puede hacer con Merkel, no contra Merkel. Y no solo porque Alemania es la primera economía de Europa, sino porque su liderazgo es una cuestión de hecho y, en este momento, el liderazgo de la canciller Merkel no tiene alternativa. ¿O buscamos a alguien con moño o con cola de caballo a ver si nos saca del atasco? Otra cosa es que, como ha dicho alguien, Europa es demasiado compleja para dejarlo en manos de una sola persona o de un solo país. Por supuesto: Pero, en ningún caso, tendría futuro –y eficacia- una supuesta política “contra Merkel”, como la que montaron durante la campaña de las elecciones europeas desde la izquierda. Y lo peor es que algunos han seguido con la misma obsesión durante todo el verano, ¿para congraciarse con esa izquierda radical que tanto miedo les da?