AL SUR DE TARIFA, AL NORTE DE ESPARTEL
Víctor Morales Lezcano | Martes 02 de septiembre de 2014
Grosso modo, desde hace unos cuarenta años, el recurso a la violencia sectaria en el orbe islámico se presenta como una constante histórica visible. Como ha ocurrido también en el pasado de otras religiones milenarias (judaísmo, cristianismo) la violencia sectaria en el Islam está dotada de una razón de ser perversa, aunque poderosa.
El exterminio del hermano separado, o cismático, es convicción que reside en el núcleo pasional que nutre a todo sectario militante hasta el final de sus días. Hay una suculenta tradición historiográfica sobre las rebeliones de inspiración religiosa cristiana desde el Medievo en adelante para culminar en el Siglo de Hierro (XVII) que desangró reinos y principados de Europa hasta 1648, cuando se firmaron la Paz y el Tratado de Westfalia. Hijo del espíritu de Westfalia fue el adagio latino de cuius regio, eius religio -la religión de un país depende de la profesión de fe que ostente el monarca-. Ello no significó, sin embargo, que el Viejo Mundo alcanzara en adelante un estadio de equilibrio interno y de autocomplacencia feliz “por los siglos de todos los siglos”.
Con la revolución francesa, el calcetín fue vuelto del revés una vez más, aunque con una singularidad connotativa. A saber, que las revoluciones modernas -en Francia (1789), en Rusia (1917)- han practicado la violencia revolucionaria (política), aunque de manera crecientemente secularizada: de la diosa Razón de la revolución francesa al ateísmo de Estado en la URSS. Recuérdese el arquetipo de reacciones sectarias encadenadas en ambos capítulos revolucionarios: jacobinos versus girondinos versus termidorianos en la Francia anterior a la proclamación del imperio en 1804; o bien, el compuesto por leninistas versus estalinistas versus trotskistas en la Unión Soviética durante 1923-1953.
La fenomenología de la violencia sectaria es, pues, antigua, pero también aleccionadora, en el sentido de que, al final de sus cíclicos estragos, una tregua de conveniencia entre los bandos encontrados aconseja a ceder en sus convicciones más entrañables a las partes en litigio y en las controversias que les sirven de almacén argumental. Una pregunta que circula actualmente entre no pocas gentes se podría formular de esta manera: ¿Cuándo sonará la hora del entendimiento pactado entre las sectas predominantes en el Islam desde su era fundacional en el siglo VII ?
En el orbe islámico, de ayer y hoy, viene repitiéndose el fenómeno de marras en el seno de los fieles más acerbos -militantes integrales, por oposición a la tibieza ritual de los piadosos, o pietistas en el orbe protestante-. El hecho de que en el seno de esta comunidad religiosa el grupo mayoritario sea sunní (un 80%, con sus cuatro formas de interpretar la sharia) y el minoritario sea chií (mayoritario, empero, en Irán e, incluso, Iraq) ha polarizado la sensibilidad y ritualidad musulmanas desde el arranque de la Hégira en 622 (Agnus Dei).
Podría especularse con aquello de que la pervivencia de la violencia sectaria -que ha vuelto a brotar repetidas veces entre el fin del siglo XX y el arranque del siglo actual en el Oriente musulmán, coincidiendo con el “desencanto” que causó en sus sociedades el fracaso del panarabismo y del socialismo de los años 60 y 70 del pasado siglo XX- residiría en la juventud histórica del Islam, si comparado este con las otras dos religiones del Libro (judaísmo y cristianismo). ¿Podrá una longevidad histórica considerable contribuir a la disolución del sectarismo sunní y chií que hoy arrecia de nuevo con fuerza?
Aquellos que cursamos con intensidad discente las lecciones magistrales del profesor Montero Díaz en su asignatura Historia (comparada) de las Religiones, en aulas y seminarios de la Universidad Complutense de Madrid, conservamos nociones claras de la complejidad reversible que exhibe la violencia sectaria entre hermanos enemigos; por no extendernos aquí y ahora sobre el aprendizaje y el estudio de la violencia (política) inter-confesional, a la que tan expuestas estuvieron las tres religiones del Libro -incluidas sus versiones secularizadas-. O sea, también a lo largo del siglo XX; y en sus dos expresiones más acabadas, cuales fueron la nacional-socialista alemana (1933-1945) y el brote comunista en la Unión Soviética (1917-1990). Cuando el hemisferio occidental se instaló en la creencia de que la violencia sectaria -por nefanda que fuese- sí era lícita entre naciones europeas (como ocurrió, en efecto, entre 1914 y 1945), puso, en cambio, fuera de la ley otras manifestaciones de esta suerte procedentes de ámbitos culturales no occidentales. Se llegó a creer, incluso, que el sectarismo nacional-socialista y comunista eran solo pugnaces manifestaciones modernas que nada tenían que ver con viejas manifestaciones de linaje “oscurantista”. Esta consideración mental parece que enmascara, con perversidad inconsciente, el carácter religioso que puede detectarse en no pocas de las contiendas contemporáneas.
El Islam, particularmente, continuó siendo visto como el inspirador del más atávico de los sectarismos religiosos hoy observable en el tablero internacional. Los acontecimientos que han encendido en llamas, una vez más, el escenario de Iraq a partir de junio de 2014 y la proclamación del Estado islámico de Siria y del Levante árabe han venido a despertar, cuando no a engrosar, una concepción euro-cristiana que solo concibe el fanatismo de cepa religiosa en cabeza ajena (el Islam) y no en la propia. Ello es el fruto de la elucubración ilustrada sobre las religiones en el decurso de la Historia, en tanto en cuanto estas han sido para los éclairés un obstáculo mayor para el progreso. Sin captar que el nacionalismo -sucedáneo mayor de la militancia religiosa- no es sino otra manifestación, secularizada, de la violencia sectaria confesional, con todas sus nefastas secuelas. Que a la vista están en la Europa de hoy. Vino nuevo en viejos odres.