TRIBUNA
Natalia K. Denisova | Martes 02 de septiembre de 2014
Asistimos a una secuencia de acontecimientos, se podría decir curiosa, si no fuera profundamente trágica. Gaza e Israel prosiguen los ataques, que no acusaciones, mutuos. Los Estados Unidos continúan la operación militar en Irak y aún piensan en ampliar la zona de su presión militar al territorio de Siria para poder abatir el Estado Islámico. Aparte de la acción militar, hay una presión diplomática por parte de los altos cargos de Gran Bretaña para detener el flujo de los reclutados que utilizan el territorio de Turquía para pasar al territorio de los jihadistas. También los gobiernos de España, Francia y otros países se han puesto en estado de alerta por posibles ataques de sus propios "ciudadanos" que forman parte de los militantes del ISIS. ¿Cuál es la causa decisiva que produjo esta aparente frenética actividad del Occidente dormido?
Podemos pensar que el detonante fue el video, espeluznante por su inhumanidad, que retrata la muerte del periodista estadounidense, James Foley. Mas es preciso reconocer que no es un fenómeno desconocido ni nuevo: frente a este tipo de barbarie, durante años la sociedad occidental ha soñado y sigue soñando con el multiculturalismo, una engañifa para alimentar lo políticamente correcto, incapaz de reconocer el problema del jihadismo terrorista y de otras corrientes radicales de la "cultura islamista". Para el multiculturalismo melifluo todo el mundo es bueno, todo el mundo es pacífico, excepto la Vieja Europa, desde luego, que se complace en la crítica que le hacen distintos tiranuelos, si hablamos de la política, y los denigradores del eurocentrismo y promotores de los indigenismos, si hablamos de la academia. ¿Cuántas voces se han levantado para criticar a Israel que empezó el ataque a los terroristas de Gaza? Muchas, seguramente, pero muy pocas son las voces que se atreven a decir que el Estado de Israel es el único estado democrático de la región que defiende los valores occidentales.
Ahora bien, después del crimen de Foley, parece, reitero, solo parece que nos hemos despertado. Los académicos y los analistas buscan afanosamente la razón de esta metamorfosis: todos convivíamos en paz durante décadas y ahora nuestros ciudadanos nos quieren matar. Variopintos expertos han sacudido el polvo de sus papeles para encontrar la maldita razón del jihadismo europeo. Pero son tan miopes, tan políticamente-correctos y tan atontados son sus sentidos por el "discurso" multicultural que se han olvidado de la historia del conflicto: el problema viene, en efecto, desde antes de las Cruzadas, ya desde el siglo VIII. No, no, dirán estos analistas: no hay comparación entre aquellos cristianos, léanse fanáticos, y nuestros días que somos educados y finos, e incluso podemos apreciar las creencias y costumbres ajenas. Claro que sí, señores, y nos quedamos persuadiendo a los "malos" de que son "muy buenos", exclusivamente con palabras, por supuesto. La frivolidad y el absurdo de estos debates me recuerda a aquel buen clérigo, Bartolomé de las Casas, que hace quinientos años, persuadía a las tribus caníbales que hay que dejar de comer la carne humana, mientras aquellos preparaban una suculenta barbacoa con sus colegas religiosos. Dada la circunstancia actual, me atrevo a recomendarles una lectura de un tratado del humanista Juan Ginés de Sepúlveda: Exhortación al Emperador Carlos V para que, hecha la paz con los cristianos, haga la guerra contra los turcos. Por cierto, tal y como están las cosas, creo que no es asunto menor recordar que ser humanista en el XVI implicaba ser también un buen político y un aseado historiador.
Ante la amenaza jihadista, es menester reconocer el fracaso rotundo del Occidente para enfrentarla. Primero, porque no es capaz de defender sus valores fundamentales. Uno de los cuales es la convivencia pacífica basada en la libertad del individuo que reconoce la libertad de los que le rodean. La lección que nos ha dado el reportero asesinado no fue su sangre sobre la arena, sino lo que le movía a seguir la labor en la región tan peligrosa: conocer o entender qué tipo de hombres son ("There's extreme violence, but there's a will to find who these people really are. And I think that's what's really inspiring about it.", BBC World Service). Querer entender al prójimo y, sobre todo, no matar a nadie por discrepar de nuestras ideas es asunto clave de la cultura occidental. Sin embargo, hay "culturas", digámoslo abiertamente, que no están dispuestas a aceptar ese sencillo principio occidental. Este es el primer asunto que Occidente tiene que asumir, pero que su desnortada política no se atreve a reconocer. Se huye del verdadero problema: estamos ante una confrontación radical de modelos civilizatorios.