Opinión

Del Greco a Marañón y Ortega

TRIBUNA

Agapito Maestre | Domingo 07 de septiembre de 2014

Visito por tercera vez, en el Museo del Prado, la exposición de El Greco y la pintura moderna. Y, por fortuna, no consigo explicarme cómo este artista pintóla gravedad de la existencia sin caer en la pesadez del vivir. Hizo verosímil, sí, lo inverosímil. Muestra con delicada sutileza el fuego interior de los retratados. El alargamiento de sus figuras, lejos de asustarnos, nos acercan con realismo a lo desconocido. El Greco es el pintor de la levedad del ser. Sus composiciones ya no tienen la rigidez de las grandiosas composiciones de Durero. Sus dibujos carecen del rigor de su inspirador Miguel Ángel. Y, por supuesto, los colores de sus pinturasno sobresalen comparados con los de Tiziano, pero nada serían sus cuadros sin esos colores tan sugeridos como palpables. La gravedad sin peso. Eso es la pintura de El Greco. Felipe II no supo, o mejor, no pudo verlo, porque él era todo gravedad. No en balde pasa por ser el inventor del Estado moderno. Del Estado.

Me detengo ante cualquier lienzo y veo sinceridad sin aspavientos y serenidad atenta. Atención. Todo es vital. Es real. Cercano. Las sombras son tan importantes como las luces. Tristeza y alegría van de la mano. Nuestra alma zozobra ante un Greco, pero no nos sentimos abrumados por los rigores de la existencia. Melancolía, una forma de tristeza aligerada, es el estado psicológico que nos provoca su pintura. El Greco ha pintado, sí, la propia pintura para decirnos que hay salidas. Miles son los consuelos que nos ofrece. El Greco para no dejarnos abatir por la opacidad y la pesadez de la existencia. Acaso por eso, como he dicho otra vez, El Greco fue querido en su tiempo por el pueblo llano y por las élites intelectuales, por los ricos y los pobres, por la gente sensible y por los extravagantes de todas las épocas. Todos admiraron al Greco, salvo el rey, el Estado, que era casi todo en su tiempo. Felipe II no entendióque la rebeldía de la pintura del Greco hubiera dulcificado, alegrado y agraciado la solemnidad geométrica de los muros de El Escorial. Felipe II no vio la complementariedad estética de lo absolutamente diferente: ni todo es rigidez petrificada en el monasterio ni todo deforme en la pintura del Greco; si detrás del espíritu rígido de El Escorial anida un ímpetu romántico, entonces la pintura del Greco contiene un trascendente clasicismo.

Felipe II se equivocóal creer que los santos pintados por el Greco "quitaban las ganas de rezar". Gregorio Marañón nos mostróel error del emperador con científico rigor: "Mientras Felipe II fruncía el ceño, el pueblo sentía la religión de los cuadros del Greco, y, a la inversa del monarca y de sus cortesanos, se inclinaba ante ellos, se arrodillaba y, por espontáneo impulso, le subía a los labios de la oración. Lo prueba el que el fecundo artista no dio abasto, en su larga existencia, para proveer de cuadros religiosos a las iglesias que se lo pedían." Un rey tan racionalista, como era Felipe II, no podía entender la consolación, surgida de un profundo sentimiento, que ofrecían lossantos, los ángeles y lasvírgenes del Greco a sus contempladores. Este pintor captócomo nadie el sentimiento religioso de un pueblo, el español, que rehuye a los teólogos yama a los místicos. El Greco representa la quintaesencia del misticismo español de origen oriental y semítico. La interpretación de Marañón es impecable.

La pintura del Greco transmite eviterna actualidad. Todas sus imágenes tienen principio pero no fin. Sus cuadros tienen una luz especial. Es una luz que estádentrodelartista y la transfiere al cuadro. Clovio, su maestro y protector, tuvo razón al escribir: "La luz del día turbaba su luz interior." Luz mística. Vital.

La ligereza, o mejor dicho, la levedad de la pintura de El Greco ganóal rigor y la severidad de Felipe II y de los pintores de su entorno. En cualquier caso, no se amarguen con consideraciones estéticas y contemplen las obras de arte ligeros de equipajes falsamente conceptuales. La ideología es siempre perversa para admirar el arte. Es menester pasar de explicaciones vacías y extasiarnos con la sencilla visión del cuadro. Y, en cualquier caso, déjense llevar por los versos sueltos de los grandes poetas. Sí, el verso de Lope sobre el rasgo más grandioso de la pintura, a saber, dar “cuerpo visible a la incorpórea esencia”, vale más que un libro mazorral para entender a El Greco.

Los responsables de la exposición del Museo del Prado tratan de mostrar la influencia de 26 obras de El Greco en pintores importantes del siglo XIX y XX. Este objetivo se cumple con creces. No es, sin embargo, esta obviedad políticamente correcta lo más relevante de la muestra; hay algo más patente, casi tan obvio como lo anterior, pero que pudiera pasar desapercibido para los voluntariosos, esforzados y cándidos espectadores que se dejan llevar “por los aparatos-guías que nos hablan al oído”antes que por su corazón. Me refiero, en efecto, a la insignificancia de algunos pintores del XX comparados con El Greco, sobre todo a la hora de pintar el color y descoyuntar la figura. Hace daño a la vista y, por tanto, al alma, ver algunos cuadros de Rivera y Orozco al lado de los de El Greco. ¿Quédecir del Modigliani que se expone al lado de El caballero de la mano en el pecho? Mejor me callo para no herir la susceptibilidad de algún estultometido a mecenas, o peor, a crítico de arte.

A pesar de todo, estoy muy lejos del esnobismo de quienes creen que después de El Greco, salvo Velázquez y Goya, todo es decadencia. Falso. Hay en esta exposición maestros comparables en grandeza a El Greco. Digo, pues, algo más sencillo: los pintores del XIX y XX vuelven a El Greco, porque sienten, como sintióel cretense, que todo un ciclo de posibilidades artísticas están muriéndose. Las formas y la belleza de la pintura están agotadas. La pintura de nuestra época, como la del Greco, estáexhausta. Esa inquietud, o mejor, ese desasosiego de El Greco, presente en todos sus cuadros, es semejante a lo que nos transmite, a veces hasta el arrebato, la pintura contemporánea. La pintura muere. Resucitémosla. He ahíla gran sugerencia de Ortega y Gasset para admirar al pintor de la levedad del ser.