Opinión

Los occidentes y las europas

TRIBUNA

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 08 de septiembre de 2014

Durante la Guerra Fría se hablaba mucho de “Occidente”, también llamado “el mundo libre”, como contraposición del despotismo criminal que representaba el bloque soviético. Occidente se extendía a una y otra orilla del Atlántico y por eso su mejor expresión era la Alianza Atlántica que, además de unos valores centrados en la idea de libertad, tenía una formidable fuerza militar integrada, que se concretaba en la OTAN. La izquierda europea, con sus vacuas ensoñaciones de convergencia con el “socialismo real” de más allá del Telón de Acero, no aceptó nunca de buen grado esta Alianza (“OTAN, de entrada no”, era el lema del PSOE) y todavía la semana pasada en la cumbre de Cardiff se veía a algún despistado con el cartelito de “OTAN NO”. A buenas horas mangas verdes, que diría un castizo. En aquellos tiempos había dos Europas, la que formaba parte geopolítica e ideológicamente de ese Occidente, y la otra, la central y oriental, engullida por el bloque soviético, una parte formando parte integrante de la URSS y la otra teóricamente fuera pero sometida también a la rígida disciplina de Moscú.

Con la feliz desintegración de la Unión Soviética (con permiso de Putin, para quien aquello fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”) y la desaparición del bloque soviético, las dos Europas lograron unirse en el ámbito de la Unión Europea. Algunos empezaron a hablar entonces de “dos Occidentes” pues cada vez era más patente que los Estados Unidos miraban con creciente interés al área Asia-Pacífico, donde se configuraba con creciente fuerza una China llamada a ser su gran adversario económico y político durante el siglo XXI. Europa parecía haber quedado en una lejana retaguardia y los americanos presentaban síntomas de un cierto cansancio de la OTAN, cuyo presupuesto corría a su cargo en más de un 70%. El discurso oficial mantenía y mantiene las tesis atlantistas, pero basta asistir a alguna reunión en el Capitolio o en el Pentágono washingtonianos para percibir ese hartazgo.

Con Rumsfeld, el secretario de Defensa de Bush hijo, se impuso el principio según el cual “la misión determina la coalición”, y la OTAN quedó relegada a una especie de segundo plano. No hubo, después, más remedio que llamarla a Afganistán, pues solo la OTAN estaba en condiciones de afrontar una empresa de tanta envergadura. Ya, hace mucho menos, en Libia, quedó a la vista que los EE UU solo se comprometían a estar “en el asiento de atrás”. Además otros “aliados” europeos, ni estaban si se les esperaba. Vino después Siria, y Obama se refirió a una “línea roja” que resultó más inconsistente que esa otra con que ahora los árbitros de futbol señalan la posición de la barrera cuando se va a tirar una falta. Vemos también cómo frente a ese llamado “Estado Islámico”, con pretensiones de califato, en Cardiff, se ha decidido crear una coalición ad hoc. La OTAN sigue en la retaguardia.

Y es que si se resquebrajaba la tradicional unidad de Occidente -bajo una dirección de los Estados Unidos que nadie discutía (sobre todo porque nadie o casi nadie quería contribuir más)- también en la UE se percibían –y se perciben- señales de desunión. Con la crisis económica como obligado telón de fondo, renacieron las tendencias renacionalizadoras y en algún momento dio la impresión de que alguien iba a gritar aquello de “sálvese quien pueda”. Las diferencias entre una Europa del norte, teóricamente propicia al rigor, y una sureña más proclive a la flexibilidad, con el pretexto real o ficticio del crecimiento y de la lucha contra el desempleo, se hicieron evidentes. Por no hablar de la tentación del Britexit, la salida voluntaria en 2017 del Reino Unido (si es que para entonces sigue estando unido), que sería muy lamentable para la UE, pero que para Gran Bretaña no estaría muy lejos del desastre, a pesar de la pujanza de la City.

Entretanto, y por razones que se pueden entender bastante bien y de las que la señora Ashton no es la única culpable, aunque esté lejos de la plena inocencia, la pomposamente llamada Política Exterior y de Seguridad Común de la UE, y no digamos la política de defensa, no ha existido casi en absoluto. Y Ucrania ha sido la piedra de toque de un fracaso que se viene arrastrando desde noviembre de 2013 cuando, pese a sus reiteradas promesas, el anterior presidente ucraniano, Yanukovich, se negó a firmar el acuerdo preferencial con la UE. Y no porque le echaran los “fascistas” de Kiev, como dicen los medios fieles a Putin (incluidos algunos putinistas de por aquí), sino porque su represión se hizo intolerable y su corrupción batió todos los límites imaginables. A la dos Europas, del norte y del sur, se añaden ahora la del oeste, que se compromete con Ucrania más retórica que efectivamente, y la del este, que por su sufrida experiencia, teme que Ucrania sea solo el principio de una expansión neo-zarista/neo-soviética. Demasiadas Europas.

Todavía se preguntan algunos porqué Putin se ha comprometido tanto anexionándose Crimea (sin olvidar Transnistria, Abjazia y Osetia del Sur) y porqué ha puesto las botas de sus soldados en el suelo de Ucrania del este, por usar una expresión militar. Y la respuesta es muy sencilla: Porque ha percibido con meridiana claridad la debilidad de Occidente, el americano y del europeo. Se siente fuerte y se sabe apoyado por su opinión pública. Mientras tanto en Occidente hay una sensación de debilidad. En un discurso que pronunció en Annapolis, creo recordar que en mayo, Obama dijo, refiriéndose a Siria, que no había que hacer “cosas estúpidas”. Le contestó aceradamente Hillary Clinton y algún otro comentarista al que “no hacer cosas estúpidas” no le pareció una estrategia presentable. Y no estaban solos porque, ciertamente, es que es casi unánime la impresión de que la política exterior de Obama no ha podido ser peor. El presidente Clinton definió a los Estados Unidos como “la nación indispensable”. Y lo siguen siendo aunque la crítica es que Obama no parece haberse enterado.

Hace bien poco, en 2013, un experto americano, Vali Nasr, que trabajó en el primer mandato de Obama, ha publicado un libro que lleva como título The Dispensable Nation y un subtítulo no menos expresivo: American Foreign Policy in Retreat. No lleva la contraria a Clinton sino a Obama y a su manera de afrontar la política exterior. Como otros muchos autores americanos actuales, Nasr no cree en absoluto que los Estados Unidos estén en decadencia, pero critica la política de Obama respecto de Oriente Medio. Y lo hacía antes de que apareciese el llamado “Estado Islámico” y su inadmisible barbarie, advirtiendo la amenaza del terrorismo, concretada ahora de una manera totalmente nueva. Estos salvajes no tienen “comandos”, como los terroristas de hasta ahora sino auténticas unidades militares y ocupan territorio, que someten a esa brutal barbarie.

Le guste o no a esa izquierda cuyos resabios antiamericanos son inocultables, Occidente como sistema de valores tiene que seguir existiendo. De ahí la importancia del vínculo transatlántico y la irresponsabilidad de quienes, europeos o americanos, piensan que eso pertenece al pasado. La palabra guerra asusta mucho, pero lo cierto es que Occidente se enfrenta ahora con dos guerras, que son algo más que frías, aunque no lleguen a ser plenamente calientes, en Oriente Medio (Siria e Irak) y en Ucrania. Dos guerras en las que ya ha habido muchos muertos y muchos refugiados. Mucho sufrimiento y mucha opresión.

En Ucrania, Putin cuenta con argumentos históricos pero sus pretensiones no caben en la legislación internacional, incluidos tratados expresamente firmados y ratificados por la Federación Rusa. Sus “derechos” sobre Ucrania del este y del sur (incluida Crimea) valen tanto como las pretensiones del “Estado Islámico” sobre Al Andalus. El vacío que deja tras si el imperio del derecho lo llena siempre la ley de la jungla. Y a eso es a lo que están jugando Putin en Ucrania y el “Estado Islámico” en Siria e Irak. Occidente no puede permanecer impasible ante esta nueva “invasión de los bárbaros” que amenaza la estabilidad y la seguridad de todo el planeta.