Opinión

¿Evitó Rajoy un rescate?

TRIBUNA

Ignacio Fernández Candela | Lunes 08 de septiembre de 2014
Desde que la prima de riesgo dejó de coquetear con la seguridad económica de España, ha transcurrido un tiempo para poder constatar el éxito de medidas achacables a una eficaz gestión llevada a cabo por el Gobierno del Partido Popular que, en acuciante estado de emergencia, evitó hipotecar sine die nuestro potencial económico. Toda una proeza de Rajoy después del paso aberrante de un patético y perjudicial Zapatero que nos dejó al borde del abismo de una intervención que parecía insoslayable.

Para sorpresa de todos y contra todo pronóstico del FMI que alertaba del gran peligro que conformaba la coyuntura española, el milagro sucedió y nadie supo cómo fue. Lo importante no era el modo de alcanzar una salvación a tiempo sino conseguir que los puntos básicos se rebajaran hasta poder respirar aliviados contando, eso sí, con un rescate de la banca que no comprometiera nuestra autonomía económica como país capaz de generar sus propios ingresos y tomando medidas responsables de ajuste. Al menos así pareció que sucedía.

A tenor de lo poco que se explicó Rajoy para adjudicarse unos méritos incontestables ante la sacrificada ciudadanía, muchos analistas pensaron que lo que le fallaba al PP era una política de comunicación incapaz de explicar el porqué de las decisiones que nos impelían a escapar de una situación desastrosa, salvada in extremis. Pero a toro pasado cabe preguntarse si tan disfuncional puede ser la comunicación en un equipo de gobierno que tendría muy fácil loarse por la consecución de unos logros que benefician al conjunto del país y a sí mismo. En política no existe humildad, sino prudencia cuando conviene no decir más para que se sepa cuanto menos mejor.

Una política de comunicación es subsanable, pero no decir más de lo que se conviene saber es una estrategia no improvisada. Habría que interrogarse sobre la parquedad de esas explicaciones o la subliminidad del mensaje político que ni afirma ni desmiente haber hecho algo exitoso para salir de aquel amargo trago que pudo costarnos nuestra independencia económica. Tiene que haber un porqué a esta incongruente faceta desinformativa que caracteriza al Gobierno. Y atando cabos, a sabiendas de que cuando algo falla existe una causa de origen que lo explica, no es coherente semejante eficacia de gestión internacional antaño ante tan pobres resultados en la actualidad. Las respuestas de gestión económica en el ámbito nacional deberían ser tan rotundas como las que esquivaron la desasosegadora urgencia en Octubre de 2012, cuando se alertaba de que la economía española se contraería 1,9 puntos adicionales en el 2013 con un retroceso del 3,2%.

La rotundidad de ese éxito cuando el FMI alertaba que España podía encaramarse, de manera insostenible, en los 750 puntos básicos debería haber rendido beneficios sólidos en la evolución del país después de haber conseguido lo más difícil. Entonces se barajaba la posibilidad de un rescate preventivo y se exigía el sometimiento a los dictámenes de un arbitraje para que el Banco Central Europeo pudiera comprar bonos en el mercado abaratando la desbocada deuda pública. ¿La solución fue tan fácil sin que interviniera ningún organismo?

La prima se redujo espectacularmente, la economía creció, los expertos mejoraron las previsiones, se incrementaron las exportaciones y el paro se redujo, sí; a diferencia de Portugal que fue rescatada públicamente, España prosiguió su camino pero continúa pareciendo apaño lo que debería ser un despegue definitivo.

Aquí, tal vez, no se sabe todo. Rajoy adolece de una falta de imaginación muy constatable cuando sale al escenario sin saber nadie lo que se guarda entre las bambalinas gubernamentales.

La represión fiscal ha sido el comodín para justificar la salvación que evitó una intervención económica. Ese afán recaudatorio no está en la línea de eficacia que se podía esperar si tan exitosa fue la gestión de la crisis con todos los parámetros en contra. Algo sucede para basar en la recaudación especulativa la solidez del conjunto económico de una España que no termina de remontar. Parece que hay que pagar una deuda a toda costa y quizá no sea descabellado pensar que nada nos ha salido gratuito con el FMI supervisando nuestros movimientos.

Durante unos meses rozamos el cataclismo para luego aliviarnos de manera definitiva y casi instantánea. Salvo las curaciones espontáneas no hay enfermedad que remita sin combatirla y la de España sanó casi milagrosamente tal cual lo haría cualquier paciente después de costosísimos tratamientos. Rajoy no es un curandero prodigioso que sane por la fe, pero seguro que cree en la medicina tradicional de la inyección monetaria para subsanar los males. Y ahí podría estar el quid de la cuestión que contrasta ostensiblemente ante los pobres resultados del hoy con parada de mulo después de una brillante arrancada de caballo: ¿cuánto costó sanar temporalmente la economía española si ésta era la paciente y no podía curarse a sí misma? Los reajustes han sido muy pobres, máxime cuando el despilfarro de la Administración Pública sigue siendo intocable constituyendo el saco roto permanente de nuestra recuperación económica agravada, para más inri, con una crisis institucional permanente. Algo pasa cuando el descontento radicalizado pretende tomar las riendas del poder de un país a la deriva. Si fuera excepcional la capacidad gestora de Mariano Rajoy, nada de esto sucedería con una recuperación económica acorde a la curación espontánea en la que nos han hecho creer sin decir nada.

Ante el magnificado reto de salvar la situación con una prima de riesgo disparada sin freno junto a la de Italia entonces, contrasta el laconismo del Presidente de Gobierno para restar importancia al mérito de solventar la gran problemática que llevaba implícita la supervivencia del país. Algo no cuadra ni en las cuentas, ni en las actitudes de los gobernantes.

El silenciamiento de un triunfo semejante, puede que sea la confesión de un fracaso. Si fuera así, aquí habremos perdido todos y nos restará saber cuánto no sin cierta sensación traumática que empeore la situación social.

Una deuda del conjunto de las administraciones públicas cifrada en un billón de euros, alrededor del 98,4% del PIB, no augura disposiciones halagüeñas ni certifica esos antecedentes de brillantez que nos libraron de un desintegrador rescate. A saber lo que debemos de verdad los españoles con tan lúcidos estrategas de la callada por respuesta a todas estas inquietudes que pueden posibilitar un drástico vuelco electoral iniciándose, mal nos pese a todos, una nueva etapa de radicalismo en esta España finiquitada de la Transición democrática.

Será así si no se toman medidas que convenzan, empezando por abordar una revisión taxativa del gasto público, cercenando el parasitismo que nos ha hundido en la miseria de una incertidumbre de la que Rajoy será directo responsable si no ha contado toda la verdad que existe tras la explotación inmisericorde del harto ciudadano de a pie; el que puede elegir un destino suicida en la próxima cita con las ajadas urnas de nuestra democracia.