INQUISICIONES
Luis de la Corte Ibáñez | Lunes 08 de septiembre de 2014
Con retraso evidente, el proyecto de una coalición occidental contra el yihadismo en Irak y Siria se abre paso. Su impulsor primero es el de casi siempre: Estados Unidos. Sin ellos, los gobiernos occidentales siguen siendo poca cosa en materia de Seguridad y Defensa, condición ésta de la que a menudo nos jactamos los europeos con hipocresía manifiesta. Con todo, fue la anterior administración norteamericana la que abrió un innecesario frente yihadista en Irak, como si los talibán, Al Qaida y sus socios y aliados no fueran ya suficiente problema en 2003. Aunque no fue mejor movimiento el del actual inquilino de la Casa Blanca al ordenar el abandono de ese país árabe cuando todo seguía empantanado. El ahorro derivado de la retirada y el alineamiento con una opinión pública hasta de intervenciones militares han facilitado el agravamiento del escenario iraquí (veremos que ocurre en Afganistán). Y qué decir de la ingenua confianza depositada en preservar la calma tras derrocar a Gadafi en Libia, ese Estado que no nunca fue realmente un Estado sino, primero, un foco de desestabilización internacional, luego una prisión gobernada por un tirano delirante y ahora un territorio abierto a la anarquía, el caos y, también aquí, la yihad.
Puede reconocerse que no todo se ha hecho mal. No ha habido más aviones convertidos en misiles y ni Estados Unidos ni Europa han sufrido atentados masivos desde 2005 (aunque se han intentado). Y, si, la matriz de la amenaza original, la Al Qaida fundada por Bin Laden, hace tiempo que subsiste en una clandestinidad que aparenta haberse vuelto inoperante. De momento. Pero el yihadismo se ha expandido irrefrenablemente a través de naciones y continentes multiplicando el desorden. Por lo demás, es claro que en este asunto gobiernos y Estados continúan dando giros y bandazos, casi siempre con los ojos puestos en las hogueras ya incendiadas y pocas veces dirigidos a un horizonte de amenazas y riesgos que aún seguirán activos dentro diez o quince años. Aunque no falten informaciones e indicios de por dónde van e irán los tiros las sorpresas se han venido sucediendo. Dentro del orbe islámico (de lejos el que más sufre el fanatismo violento), más concretamente en el mundo árabe, se han acumulado graves avances yihadistas recientes. En Malí, Libia, Nigeria, Siria e Irak. La dimensión alcanzada en esos dos últimos países, gracias a las evoluciones de los seguidores de Al Qaida, ahora rivales integrados en el autodenominado Estado Islámico (EI), ha motivado el llamado a forjar una nueva alianza contra sus acciones.
Cabe preguntar si la renuncia pública a poner tropas propias sobre el terreno constituye la mejor manera de plantear la iniciativa. Pues aún siendo preferible dejar a otros la acción militar terrestre es difícil anticipar si ello dará resultado. Por lo demás, despejarle de entrada esa incógnita al enemigo no deja de transmitir una cierta imagen de pusilanimidad nada conveniente. Aún así, bienvenida sea la futura alianza, especialmente si los países implicados logran obtener también un amplio respaldo árabe e internacional que incrementara la legitimidad de sus propósitos y actuaciones a ojos del mundo musulmán. Aunque Obama planteara el proyecto en el marco de la Cumbre de la OTAN recién celebrada en Gales su demanda responde a lo establecido en una resolución previa de Naciones Unidas, habiendo sido saludada hace pocos días con manifestaciones favorables de la Liga Árabe y el respaldo tácito de actores regionales como Arabia Saudí e Irán. Mientras, las opiniones públicas digieren la conmoción causada por las imágenes de las últimas decapitaciones de periodistas y las acciones militares emprendidas contra el EI por Estados Unidos, los peshmergas kurdos y el ejército iraquí comienzan a dar sus frutos. En consecuencia, la coyuntura para el desarrollo de la alianza es propicia y gracias a ella Estados Unidos ha conseguido sumar los apoyos iniciales de Reino Unido, Francia, Alemania, Canadá, Australia, Turquía, Italia, Polonia y Dinamarca. Nueve países, ocho de ellos pertenecientes a la OTAN. No es mal principio si sólo es el principio pues Europa no son sólo siete países y ni siquiera aporta uno de los más importantes: España.
Tras fijarse un principio de acuerdo para crear la alianza contra el EI el presidente del gobierno español admitió compartir el diagnóstico de la OTAN respecto al problema de Irak y Siria pero evitó confirmar la entrada de España en la coalición, aduciendo la conveniencia de “no adelantar acontecimientos” hasta que se definan medidas y estrategias. La prensa española ha interpretado tales declaraciones como señal inequívoca de que nuestro país no entrará a formar parte de la alianza. Pero no es esa la única lectura que cabe extraer de las palabras del presidente Rajoy.
¿Por qué querría el gobierno quedarse fuera de la iniciativa? También la prensa nacional aporta explicaciones para ello. Razones que, en general, parecen comprensibles (en su blog de El Mundo, Ignacio Cembrero ofrece una buena síntesis al respecto). En primerísimo lugar están las muy limitadas capacidades de las que España dispone si se consideran tres factores esenciales: las prioridades de una recuperación económica todavía en marcha; nuestra implicación actual (aunque menor) en una variedad de misiones internacionales (Afganistán, Líbano, Malí, Somalia, República Centroafricana, Senegal y Gabón); y, finalmente, nuestro exiguo presupuesto de Defensa, en reducción permanente (con crisis o sin ella). ¿Exiguo? Rectificamos: “vergonzoso” parece un calificativo más apropiado para nuestro 0,9% del PIB (la inversión más baja entre los países de la OTAN). La posibilidad de que la evolución del yihadismo reclame futuras intervenciones en nuestro patio trasero norteafricano (Libia, Sahel) también empuja a la abstención en Irak. Igual que el infame recuerdo que de la campaña de 2003 conserva la población española, reconocido hace días como una preocupación en instancias del Ministerio de Defensa. Sin duda, si el gobierno se decidiese a apoyar una nueva misión para Irak tendría enfrente a buena parte de la opinión pública y publicada y toda la oposición.
Con todo, tampoco faltan razones para incorporarse a la alianza contra el EI. Contra lo que creen muchos conciudadanos inhibirnos respecto a Irak no nos volverá inmunes a la amenaza. España (es decir, Al Andalus) ocupa por derecho propio un lugar privilegiado en el imaginario yihadista y no puede anular su condición europea y occidental. Asimismo, el escaqueo podría perjudicar la imagen exterior de nuestro país y su relación con Estados Unidos, cuya ayuda necesitaremos si las cosas se ponen difíciles en nuestra ribera sur (ya sea por culpa de la violencia yihadista o por cualquier otro motivo). El apoyo español a la coalición sería perfectamente coherente con la advertencia formulada por presidente Rajoy en Gales sobre la necesidad de que la OTAN no desatienda su “flanco sur”. En cambio, resulta totalmente incongruente que España no participe en cualquier iniciativa anti-yihad en las que se integren naciones como Reino Unido, Francia, Alemania o Italia, siendo además uno de los países europeos más amenazados por el yihadismo global y albergando frontera con el mundo árabe. En cambio, quizá la incorporación de nuestro país a la coalición podría estimular la de otros socios europeos, reforzándola por partida doble. Por último, en caso de querer sumarnos a dicha alianza habría más de una opción para hacerlo y más de una forma de participar. La decisión de hacerlo no es sencilla ni barata y sus riesgos políticos son evidentes. Pero la ausencia de España en una alianza para derrotar a la más potente fuerza yihadista del momento reflejaría nuestras peores contradicciones y difícilmente saldrá gratis.