PASO CAMBIADO
José Antonio Sentís | Miércoles 10 de septiembre de 2014
La muerte de una persona relevante es un momento apropiado para diagnosticar la temperatura moral de un país. La de Emilio Botín, el primer banquero de España escalado al ranking de los mejores del mundo, ha dado a los españoles esta oportunidad de conocerse a sí mismos, y el resultado ha sido bastante demoledor.
Es cierto que las reacciones oficiales y la gran mayoría de las periodísticas han repasado la trayectoria de Botín con admiración y respeto. Pero, ahora, el pulso de los ciudadanos se detecta en las redes sociales, y en ellas se han podido ver testimonios de la más completa abyección. Disculpen que no los cite por vergüenza ajena: cualquiera con curiosidad puede encontrarlos.
Si estos testimonios que han circulado por la nube digital se sumaran, veríamos que una gran parte de los españoles ha perdido el pudor, ha sacado a pasear su ignorancia y, sobre todo, ha desplegado su enorme resentimiento.
Siempre se ha dicho que el deporte nacional por excelencia es la envidia. Solía ésta ser pasiva, pero lo que ahora vemos, lo que se ha instalado como un quiste permanente desde que se desató la crisis, es la envidia agresiva. De hecho, ya se han constituido hasta partidos políticos con esa bandera. Una bandera acompañada de un himno que viene a decir que la culpa de cualquier mal que pueda aquejarnos es debida a otros. Especialmente a los que han llegado más alto.
A legiones de españoles se les olvida que para llegar a algo hay que esforzarse. No estará de más recordar aquí el trabajo, la dedicación y otras cualidades de Botín, como su arrojo en los negocios, su determinación y su habilidad. Y si se puede criticar parte de su obra, como la de cualquier humano, habrá de hacerse desde el respeto a unos logros que no solo sirvieron para su particular y familiar empresa, sino también para el prestigio global de España. Y no olvidemos, de paso, que para proporcionar riqueza y empleo a un país que no anda sobrado de la uno y del otro.
No son tiempos éstos para elogiar la excelencia y el éxito. Más bien estamos en medio de la apoteosis de la mediocridad y la queja. Y no voy a decir que no sea pertinente la protesta por los males que nos asedian, ni que no haya injusticia y falta de oportunidades, pero sí diré que hay un empeño ciego en perseguir culpables en lugar de un deseo constructivo de buscar referentes.
En España, durante los ochenta se vivió una tendencia de búsqueda del éxito, aunque a veces fuera descontrolada. Pero, desde entonces, la tendencia social fue hacia la pasividad, porque las cosas en general rodaron bien. Ahora, sobrecargados de problemas en la economía productiva, y con la cobertura del Estado dadivoso reducida en parte, el resultado ha sido el desconcierto, primero, y el resentimiento, después.
Y esto vale para parte de la ciudadanía nacional, pero también para la de algunos territorios, que han mezclado la insatisfacción de clase con la ambición política. Pues igual que muchos consideran que la culpa de sus problemas es de otros, de los ricos y poderosos, otros más identifican su particular culpable en la historia estatal. Por eso hay tensiones sociales y territoriales, a veces unidas demagógicamente. En Escocia, yendo lejos, y en Cataluña, que queda entre nosotros.
Lo que ha cambiado realmente no ha sido la existencia de la envidia o el resentimiento, sino su aplicación práctica. Antes era cosa de cada individuo; ahora es argumento político. La tendencia va en aumento, por lo que no conviene a los responsables políticos tocar la lira mientras se propaga el incendio. Porque la envidia va dejando paso al odio. La convivencia se pierde por las costuras y la racionalidad se ve acosada por las pasiones.
Además, hay una extraña sensación de impunidad en la propaganda de las fracturas, de las sociales y de las territoriales. Cualquiera puede pedir la desobediencia civil, como Junqueras, y no pasa nada. Cualquiera puede desafiar la legalidad (incluso la que a él le es encomendada, como Mas) y vive de rositas. Y cualquiera puede apelar (todavía metafóricamente) a la violencia, y lo puede hacer en vivo y en directo.
Pero pueden empezar ellos también a cuidarse, porque serán los próximos objetivos del resentimiento que ayudan a generar. Y, mientras tanto, las energías de un país para salir del enorme bache actual se pierden de forma irrecuperable para muchos, especialmente para los que han sido hipnotizados por los vendedores de espejismos, tanto da que sean nacionalistas o comunistas.
Luego se sorprenderán de que, pasados los años, se hayan quedado en el pozo mientras otros creen, como creyó Botín, que la fortuna puede ser esquiva, pero mucha más cuando no se persigue. Y serán éstos los que hagan la España del mañana, aunque sufran el resentimiento o la envidia por no ser los pobres cabreados que necesitan los demagogos para engordar su clientela.
Pronto contaremos los votos de tantos tontos útiles necesarios para respaldar el éxito y la fama de estos nuevos líderes, entre tribales y revolucionarios, que se aúpan sobre los indignados para convertirse ellos mismos en elite a la que no le falte ni el poder ni el dinero. De hecho, ya empiezan a tenerlo. Y sin hacer nada útil ni productivo, sino con el viejo timo de los telepredicadores, que es más rentable que el de la estampita.