Opinión

Desenmascarar al demagogo

Separación de poderes

Enrique Arnaldo | Jueves 11 de septiembre de 2014

Decía hace unos meses Ignacio Camacho, el más inteligente de nuestros columnistas, que hay que frotarse los ojos. Pero lo cierto es que aplicando el consejo nos salen ronchas de tanto apretar en lugar tan delicado.

Veamos. El Partido Socialista, después de flagelarse durante unos años, se presenta autocomplacido tras los cambios internos, prescindiendo de la corbata y aportando una nueva sonrisa profiden. Pero las encuestas no acompañan.

El Partido Popular se siente, por el momento, cómodo en el poder, lanzando mensajes de optimismo económico con los que pretende reilusionar a unos votantes seriamente distanciados, algunos, y severamente cabreados, otros. Aunque sale mejor fotografiado en los sondeos, tampoco parece que la afición esté entusiasmada.

La llamada Izquierda Plural, aspirante siempre a engordar a costa de los socialistas desencantados, a pesar de reforzar su radicalismo “avant la lettre” se ve tildada, como las otras élites directivas, de la condición de miembro de la “casta”, y acomplejada ante el avance de los descamisados que las dicen aún más gordas.

Los de UPyD, anclados en el hiperpersonalismo de su lideresa, comprueban que su tercera vía no resulta demasiado creíble y no remontan…, luego morirán (fracasarán) porque así lo dice la histórica ley aplicada a los pretendientes del centro. Salvo algunos atrevidos discrepantes, que abandonarán pronto la foto, recelan de querer sentarse con Ciudadanos, grupo de ideas maravillosas pero sin cantera… por el momento.

La emergencia del populismo barato de Podemos, al amparo de un comprensible hartazgo de una sociedad cansada de corrupción y de democracia controlada, es la peor de las noticias porque es el triunfo de la demagogia apocalíptica. Es el discurso a la contra aprovechando la cuesta de la crisis que se ha llevado todo por delante, pero hay que desenmascarar, y cuanto antes, a los nuevos leninistas.

Escribía Camacho que “un inflamado nihilismo rupturista se expande por la opinión pública ante la docilidad exánime de una clase dirigente agotada, medrosa y sin liderazgo, hundida en una especie de cansancio existencial e incapaz de enfrentarse con la energía necesaria a la refutación de una doctrina que pretende sacrificarla como chivo expiatorio de la crisis”. Y así es, los charlatanes de esta feria de vanidades sacan pecho para derruir la obra bien hecha de la transición, aunque ciertamente ha sido mal interpretada por unos partidos políticos que se durmieron en los laureles disfrutando de ser dueños del poder.

Ahora intentan despertar de ese letargo de complacencia y sus élites directivas tocan a rebato, atormentados con la posibilidad de ser arrastrados al lecho embarrado de los bancos de la oposición. Caen, de pronto, en que no se pueden leer como cheques en blanco los triunfos parciales ni se puede gobernar contra los propios votantes o contra el mismísimo programa.

Paciencia.