Opinión

Un pensador para Catalunya: J. Marías (y II)

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 13 de septiembre de 2014

A propósito de la visión que del Principado catalán poseía el gran intelectual castellano, se observaba en el artículo precedente cómo la historia deponía asimismo de manera irrebatible en favor de su condición hiperespañola. De manera invariable, reyes, instituciones y los notarios de la memoria histórica, los grandes cronistas de la Corona de Aragón lo pusieron de manifiesto, en medida no menor a lo que sucediera con la Corona castellana. Las dos tuvieron vida propia, con avatares, tradiciones y gestas propias de las que construyeron las grandes monarquías europeas, con las que se emparentaron en pie de igualdad y, a las veces, de superioridad, tal y como ocurriese, ad exemplum, con la legendaria aventura mediterránea, uno de los vértices más salientes de la historia peninsular. Su peculiar identidad en su floreciente baja edad media no significó en ningún momento escisión o monroísmo, contribuyendo como activo de ordinario destacado y en varios momentos sobresaliente a la formación social de una España, avizorada en ocasiones de forma más anhelante que en los territorio castellanos por las elites del Principado, en especial tras el compromiso de Caspe.

Al igual que en el conjunto de su hercúlea bibliografía no estrictamente filosófica, la narración y el análisis de Marías están ausentes en Consideración de Cataluña de nombres propios, no obstante requerirlo –y de forma imperiosa- su reflexión sobre pasajes singularmente controvertidos de su rico pasado. Así, los planteamientos y observaciones sobre los orígenes y evolución de su potente nacionalismo, tan enjundiosos, reclaman casi a gritos la referencia a los principales estudiosos del asunto a una y otra orilla del Ebro. Las atinadas glosas de su autor exigen, por su propia naturaleza, un diálogo al menos con los exponentes más notorios de sus posiciones. La reflexión historiográfica, aunque sea de índole antropológica o cultural, resulta impensable sin un tratamiento específico, de cochura también historiográfica. Postura altamente defendible en supuestos como el que nos ocupa. Un pensador del anchuroso paralaje informativo de Marías no ha de rehuir jamás adentrarse más que incursionar por el terreno de Clío, consciente de la bondad del método. De esa forma, v. gr., se hubiere evitado una omisión muy dañina para la validez y estima de su formulación en el tema mencionado y en otros muchos de tono semejante. El pensador contemporáneo probablemente de mayor conocimiento de la realidad americana margina de su aproximación a la trayectoria ochocentista y decimonónica del Principado el papel protagonístico tenido por sus gentes en ese periodo y los profundos efectos de todo tipo derivados del hecho –desde los económicos y financieros hasta los artísticos, sin olvidar, los religiosos e, incluso, los castrenses-. Una mínima atención al fenómeno habría sido, en la alhajada pluma de Marías, surtidor inagotable de ideas y fruitivas anotaciones sobre la importante materia.

No obstante el entusiasmo, sincero o táctico, expresado por el autor en sus expansivos recuerdos, es lo cierto que en las dos capitales político-culturales de la nación su libro no obtuvo el eco deseado en sus esferas intelectualmente más señaladas, cercenándose con ello sus principales canales de divulgación, de especial importancia para una obra de sus características. La irreprimible prevención de su autor hacia los servidores de Clío así como el monroísmo de éstos representaron un papel no desdeñable en el mencionado hecho. Por la naturaleza y tratamiento de su temática, el gran ensayo de Marías necesitaba de la sanción de la crítica historiográfica más reputada para el logro de una audiencia masiva al tiempo que, muy en particular, elitista o especializada. La apabullante actualidad y el silencio de los círculos universitarios condenaron a un ostracismo coriáceo a una obra que, medio siglo después de su aparición, sobresale como un hito en la caudalosa bibliografía del tema, sin que el paso del tiempo haya ajado sus páginas, fuente sumamente provechosa para el planteamiento desapasionado y enriquecedor de una de las dos o tres cuestiones capitales de la historia española en sus últimos doscientos años.

En setiembre –mes en que los romanos, supremos representantes del arte de liderar pueblos y gentes de muy contrastada personalidad, comenzaban el calendario- de 2014 la lectura del breve y enjundioso libro glosado se revela obligada y, acaso también, patriótica…