Los Lunes de El Imparcial

Milan Kundera: La fiesta de la insignificancia

NOVELA

Domingo 14 de septiembre de 2014
Traducción de Beatriz de Moura. Tusquets. Barcelona, 2014. 144 páginas. 14,90 €


Tras catorce años de silencio, Milan Kundera regresa a la novela con una obra tan lúcida como brillante que compendia y enriquece su universo, intensificando su particular empleo de la ironía y el humor, que se convierten en luminoso método de conocimiento.

Por Carmen R. Santos



Tras catorce años de silencio, el regreso de Milan Kundera (Brno, 1929) a la novela ha sido saludado con entusiasmo. Aunque el escritor checo nacionalizado francés, dio a la imprenta en ese tiempo dos títulos ensayísticos, El telón y Un encuentro, en los que vertía agudas reflexiones sobre la literatura y el arte, se echaba en falta una nueva narración de quien alcanzó en 1984 un resonante éxito con La insoportable levedad del ser, y hoy, con una exigente producción en su haber, es uno de los grandes e imprescindibles nombres de la literatura europea que figura cada año en las quinielas del Nobel y tiene el privilegio de haber sido incluido, todavía con vida, en la exclusiva colección de clásicos “Bibliothèque de La Pléiade”.

Con envidiable lucidez, pese a sus 85 años, en La fiesta de la insignificancia, Kundera ha escrito una novela nada insignificante, a modo de compendio de algunos de los asuntos y manera de ver el mundo que fue desplegando en su obra. Novela no convencional sino repleta de imaginación y hallazgos, un divertimento que destila sabias enseñanzas sin que ello implique pesadez discursiva. Novela que se lee con facilidad, gracias a su estilo ágil y ligero, pero cargada de polisemias que la convierten en una fiesta para la inteligencia.

A través de una voz omnisciente que a veces se refiere a lo narrado -“para todos mis personajes, esa velada se ha teñido de tristeza”, “éstas son las palabras que escribí en el último párrafo del capítulo anterior”-, conocemos las andanzas, encuentros, paseos, comentarios y reflexiones de varios amigos, Alain, Ramón, D’Ardelo, Charles y Calibán –a quien llaman así por haber interpretado el papel del personaje con este nombre en la shakespereana La tempestad-, en una estructura donde su dispersión supone un orden singular. Podría decirse que se entrecruzan dos grandes líneas, junto a otros temas como la maternidad y las relaciones materno-filiales o la sexualidad, tratado todo ello también por Kundera en otros libros. Por un lado, la meditación sobre nuestra época -y sobre la verdadera esencia de la vida-, y, por otro, la recusación del totalitarismo, presentando aquí un Stalin tan cruel como grotesco. No olvidemos la trayectoria de Kundera que, finalmente, le llevó a emigrar a Francia y escribir en la lengua de Molière sus últimas obras, incluida La fiesta de la insignificancia. Tras la Segunda Guerra Mundial, en su Checoslovaquia natal, se afilió al Partido Comunista, del que pronto fue expulsado. Aunque luego se reintegra a la formación por un periodo de tiempo, vuelve a ser expulsado de manera definitiva y prohibidas sus obras tras el aplastamiento de la Primavera de Praga por los tanques soviéticos.

Ni por visión del mundo, ni personalidad ni estética -tan alejada del chato realismo socialista- podía Kundera cuadrar con el comunismo estalinista que satiriza especialmente en su novela La broma, y contra el que siempre lanza afilados dardos. En La fiesta de la insignificancia, Stalin aparece en varias ocasiones como cuando Charles le cuenta a Calibán la anécdota de las veinticuatro perdices que al dictador gustaba contar a sus camaradas o en el momento en que les explica su particular concepción de la filosofía de Schopenhauer aplicada a sí mismo y su decepción ante una humanidad desagradecida que no ha comprendido su sacrificio por ella.

La novela comienza con el personaje de Alain observando a las jovencitas que enseñan el ombligo, lo que supone un cambio en el erotismo que le produce arrobo y trastorno: “como si el poder de seducción de las jovencitas ya no se concentrara en sus muslos, ni en sus nalgas, ni en sus pechos, sino en ese hoyito redondo situado en mitad de su cuerpo”. Y sobre esa moda volverá a reflexionar Alain, pues es todo un símbolo. Así, Alain le recuerda a Ramón que esas otras partes eróticas de la mujer no son solo excitantes sino que también expresan su individualidad. Por el contrario “no puedes identificar a la mujer que amas por su ombligo. Todos los ombligos son iguales”. De ahí que le insta a ser consciente de que la moda del ombligo inauguró el nuevo milenio “como si, en esa fecha simbólica, alguien hubiera levantado una cortina que, durante siglos, nos hubiera impedido ver lo esencial: ¡que la individualidad es una ilusión!”.

Esa falta de individualidad sería una de las características de una época que Kundera aborda desde una ironía y un humor luminosos -con su punto, claro está, de subyacente amargura-, pues, como apunta el personaje de Ramón, “solo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres, y reírte de ella”. Una lección que Kundera aprendió hace tiempo, como le confiesa al autor norteamericano Philip Roth, otro grande de las letras de hoy, en una conversación entre ambos (el lector español puede encontrarla en la obra de Roth El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, publicada por Seix Barral): “Aprendí a valorar el humor durante la época del terror estalinista. Para identificar a alguien que no fuera estalinista, al que no hubiera que tener miedo, bastaba con fijarse en su sonrisa. El sentido del humor era una señal de identificación muy fiable. Desde aquella época, me aterroriza la idea de que el mundo está perdiendo el sentido del humor”. Una lección que Milan Kundera ha volcado en toda su sagaz producción y muy especialmente en esta fiesta de la insignificancia a la que nos invita. Pasen y disfruten.