Florentino Portero | Miércoles 23 de enero de 2008
El general Musharraf visitó el Parlamento Europeo. Tras un frío recibimiento tuvo que responder a preguntas que ponían en duda su respeto a la democracia o su inocencia en el asesinato de Bhutto. No es de extrañar lo ocurrido. El general dio un golpe de estado contra un gobierno libremente elegido, ha gobernado de forma despótica y nos costa que Bhutto le acusó de no haberle proporcionado una cobertura de seguridad suficiente.
Siento todo esto verdad, no es toda la verdad. A lo largo de su breve historia, los partidos políticos paquistaníes han demostrado una marcada tendencia a la corrupción y la incompetencia. No es sorprendente. La democracia es el resultado de años de experimentación. En Paquistán, los golpes de estado militares a menudo han estado precedidos por crisis políticas, hasta el punto de hacerse previsibles. En lugares como el "país de los puros" el Ejército es la institución más solvente y eso es un activo a cuidar. Resulta difícil imaginar la supervivencia del estado paquistaní sin su Ejército y resultaría injusto culparle en exclusiva de la debilidad de su democracia.
Nos costó más de un siglo erradicar la generalizada corrupción electoral y administrativa de Europa. No sé cuánto tiempo necesitarán los paquistanís. Lo que sí sé es que, si lo logran, será en parte gracias a la solidez que el Ejército proporciona al Estado. Lo mismo podemos decir de los otros grandes retos pendientes: modernización, justicia social y el combate contra el islamismo y el yihadismo.
No estamos ante una opción binaria: Ejército vs. Democracia. Las Fuerzas Armadas no son un obstáculo sino una conditio sine qua non para que Paquistán salga adelante.
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