Hace un cuarto de siglo, en el verano boreal de 1989 Francis Fukuyama publicó su famoso, comentado y criticado artículo "The end of History?", en The National Interest, importante revista norteamericana. En lo esencial, sostenía que las ideas del liberalismo económico y político habían triunfado dos veces en el siglo XX: primero contra los fascismos y finalmente contra el comunismo. Al acabarse el debate ideológico, la historia se había terminado. La conclusión no dejaba de ser provocadora, y por cierto debe ser relativizada y contrastada, pero apenas unos meses después los más escépticos vieron la Caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre, y con ello el inicio de una nueva era.
¿Qué había pasado en Europa en esos años? ¿Y en el mundo? Si nos retrotraemos a la década de 1960, el asunto parecía radicalmente distinto. Incluso Nikita Krushev había anunciado ante Nixon que pronto superarían a los Estados Unidos en su desarrollo: "les guste o no, la historia está de nuestra parte", fueron sus jactanciosas palabras (citado por Niall Ferguson en La guerra del mundo, Barcelona, Debate, 2007). En los años siguientes el ambiente cultural de la época, con símbolos elocuentes desde California a Vietnam, de Paris a América Latina, parecían confirmar la victoria inaplazable del comunismo. Pero no fue así.
A fines de la década de 1970 la situación cambió radicalmente, por una confluencia de hechos que se irían concatenando. En 1978 el polaco Karol Woytila fue elegido Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, como Juan Pablo II; un año después Margaret Thatcher asumió como Primer Ministro del Reino Unido; poco después, a comienzos de 1981, Ronald Reagan comenzó su primer mandato presidencial en la Casa Blanca. Si bien cada uno tenía sus propios desafíos, responsabilidades y problemas, al poco tiempo se comprobaría que en el plano internacional, sus labores excederían largamente las de figuras más o menos relevantes de la política mundial, para convertirse en personajes decisivos de la historia.
Desde el punto de vista de las ideas y del ánimo ambiental, la situación comenzó a cambiar radicalmente. Juan Pablo II consideraba al comunismo como un mal moral, y su Polonia natal había sufrido sus devastadores efectos desde 1945, tras lamentar los fatídicos años del nazismo. En el caso de Reagan, destacaba la superioridad de la democracia y la economía libre con entera convicción, como lo manifestó desde su discurso inaugural en la Presidencia: "Para unos pocos de los que estamos hoy aquí ésta es una solemne y memorable ocasión, y sin embargo, en la historia de nuestra nación, es algo que ocurre con normalidad. La transferencia ordenada de la autoridad, tal como establece la constitución, tiene lugar tal como ha sucedido durante casi dos siglos y pocos de nosotros nos paramos a pensar cuán singulares somos realmente. A los ojos de muchos en el mundo, esta ceremonia cuatrienal que nosotros aceptamos como algo normal no es sino un milagro". Era un momento donde la mayoría de los países latinoamericanos carecía de democracia, al igual que al este del Telón de Acero.
Sin embargo, quien mejor resumió lo que sería el espíritu de la década de 1980 fue la nueva gobernante británica, a quien la prensa soviética había bautizado como la Dama de Hierro. Ella desde 1968 había señalado la necesidad de contar con seguidores entusiastas, convencidos de sus ideas sobre lo que se quiere hacer, frente a expresiones políticas más pálidas y poco atrayentes. Así interpretó lo que venía en la última década de la Guerra Fría.
"Hace tiempo que sabemos que los años ochenta van a ser difíciles y peligrosos. Habrá crisis y penurias. Pero creo que la marea comienza a cambiar en nuestro favor. El mundo en vías de desarrollo empieza a reconocer la realidad de las ambiciones y el estilo de vida soviético. Existe una nueva determinación en la alianza occidental. Hay un nuevo liderazgo en Norteamérica, que despierta confianza y esperanza en todo el mundo libre".
A todos ellos podemos sumar los esfuerzos desarrollados al interior del mundo de los socialismos reales por avanzar hacia formas de vida libres, con la diferencia de que ahora contaban con la comprensión de algunas figuras relevantes en Occidente, como destacó Solzhenitsyn cuando supo de la elección del Cardenal polaco en el pontificado. El mismo escritor ruso había denunciado años antes la indolencia y cobardía moral del mundo occidental frente a la tragedia de las sociedades comunistas.
Es verdad que las cosas también estaban cambiando en la antigua tierra de los zares. El propio líder soviético había anunciado sus políticas de Perestroika y Glasnost, que cambiaban algunos paradigmas en el uso del poder y que se abrían a la posibilidad no sólo de una apertura política, sino que también a un cambio más profundo del régimen comunista. Si bien sus señales y acciones fueron miradas con recelo en un comienzo, a la larga su labor se sumaría a los esfuerzos de otros líderes mundiales para superar la era de los socialismos reales.
La década de 1980, de esta manera, se convirtió en una de las etapas más importantes del siglo XX. Comenzó con nuevos liderazgos en el mundo y una genuina esperanza, y culminó con un cambio de época y con el fin de los extenuantes años de la Guerra Fría.