Tras siglos de reafirmación nacionalista, todo escocés mayor de 16 años que haya pedido votar (4,28 millones de personas) está llamado a uno de los 5.579 colegios electorales este jueves para decidir sobre si quiere la independencia para su país o si, por el contrario, prefiere mantenerse como parte del Reino Unido.
Durante los últimos meses, los defensores del ‘Sí’ han logrado que su popularidad vaya en un aumento progresivo y, si hace unos meses las encuestas apenas les daban poco menos que un 30 por ciento de apoyo, este miércoles hasta tres encuestas diferentes realizadas por medios locales les dan una ventaja en torno al 52 por ciento en la proyección del voto, aunque otras invierten la tendencia y dan la victoria al 'No' por el mismo margen.
Parece que poco efecto han surtido las campañas unionistas impulsadas desde Downing Street. David Cameron ha hecho piña con otros líderes británicos, como el opositor Ed Miliband o su socio de gobierno Nick Clegg, para hacer frente común al cada vez más popular, e igualmente controvertido, Alex Salmond, cabeza visible del Partido Nacional Escocés (SNP) y en quien se ha personificado los anhelos independentistas, sin que la marea azul se haya apaciguado. Todo lo contrario: a escasas horas de que abran los colegios ambas opciones pugnan en dura batalla por alzarse victoriosa con un 8 por ciento de indecisos como votos decisivos.
Esta votación, que podría dejar atrás siglos de ‘vasallaje’ escocés, cuyo modelo bilateral actual está vigente desde comienzos del XVIII, podría traer consigo un panorama nada halagüeño para el pueblo del whisky y los pelirrojos. De triunfar el ‘Sí’ y hacerse efectiva la secesión, Escocia vería cómo, de golpe y plumazo, dejaría de pertenecer a la Unión Europea y abandonaría el sistema de la libra esterlina, con los previsibles problemas económicos que ello conllevaría. Empresarios y bancarios ya han amenazado con la mudanza de sus intereses hacia el sur británico si el plan de escindirse sigue adelante. Sólo el Royal Bank of Scotland y Lloyd´s, los dos gigantes bancarios del país, representan varias veces la economía nacional.
Salmond insiste en que decida lo que decida el Banco de Inglaterra, la libra seguiría siendo la moneda oficial, aunque de manera paralela a la británica. Por lo pronto, los temblores del terremoto escocés ya se han hecho sentir en los mercados. La libra ha tocado estos días mínimos en comparación con el dólar y el euro y los pronósticos vaticinan que el PIB británico podría caer por debajo del 3 por ciento este año y un punto más en 2015. Además, los mercados andan preocupados con qué pasará con los 130.000 millones de libras de deuda que tiene Edimburgo con Londres, lo que supone en torno al 10 por ciento de la deuda pública del Reino Unido.
El otro frente sería la apertura de un proceso de adhesión a la Unión Europea, un camino que tendría de todo menos una alfombra roja para los seguidores de Salmond. El engranaje de la UE exige, en primer lugar, cumplir una serie de requisitos políticos, económicos, fiscales, etc. para poder optar a ser país candidato, status en el que en estos momentos se encuentran Islandia, Macedonia, Turquía y Montenegro.
Una vez obtenido el aprobado preliminar, Escocia necesitaría que los 28 estados miembros aceptaran por unanimidad su adhesión, un escenario complicado por el peligroso precedente que podría sentar para aquellos países que cuentan con regiones con movimientos separatistas, como España.
Quizás el tema más espinoso en términos económicos sea el petróleo. Reino Unido es el gran exportador de crudo de la Unión Europea, pero casi la totalidad de sus explotaciones, en torno al 90 por ciento, se encuentran en zonas que podrían ser reclamadas por una Escocia independiente.
Esto supondría un durísimo varapalo en términos de producción para la industria petrolífera británica, así como un cambio de poder energético, puesto que Londres debería reestructurar toda su política energética enfocándola hacia la dependencia de su hipotético nuevo vecino del norte.
Con todo, David Cameron, a quien muchos echan en cara haberse plegado a un calendario impuesto por el SNP que claramente les ha beneficiado al otorgarles más tiempo para organizarse, se la juega. Si bien no se ha cansado de repetir que no dejará el cargo en caso de que los unionistas pierdan la votación de este jueves, su imagen podría verse seriamente afectada y el referéndum de 2017 para que el Reino Unido siga perteneciendo a la Unión Europea muy comprometido. De ahí que Salmond llegara a decir, en un arranque de ironía, que Cameron y su popularidad eran el mayor activo de los independentistas escoceses.
Todo sin obviar que no son pocos los que se han encargado en recordar que, tras Irlanda, Escocia sería el segundo territorio perteneciente a la corona que obtendría la independencia bajo mandato del Partido Conservador, que tiene en mayo de 2015 una dura reválida en las elecciones generales con un laborismo a la deriva y un pujante populismo que ya se dejó notar en el apoyo de los británicos a los radicales de Nick Farage y su UKIP.
Con el objetivo de intentar contentar a todos, el primer ministro británico ha ofrecido a los escoceses mayores privilegios si optan por rechazar la independencia. Cameron sabe de la importancia de capear este temporal y salir airoso y ha puesto sobre la mesa de negociación, de la mano de laboristas y liberaldemocrátas, una carta conjunta en la que promete la cesión de las competencias en materia de salud al Parlamento escocés y una mayor autonomía fiscal, entre otros puntos.