En una conversación personal con Pujol padre, que entiendo que se puede publicar, pues no estuvo sujeta a off the record y, además, respondía en esencia a su posición pública, el entonces presidente de la Generalidad de Cataluña explicó con mucha convicción ante otro interlocutor y ante mí que había pedido (es decir, ordenado) un determinado final para una serie de televisión emitida por la cadena pública catalana.
La serie trataba sobre la relación entre un magrebí y una catalana. Y lo único que le interesaba a Pujol de ella es que, al final, el magrebí terminara por aprender catalán. El mensaje, por encima de todo, debía ser el de la asimilación de los inmigrantes magrebíes a lo catalán, como asunto diferencial de lo español. Porque bien hubiera podido decir Pujol, como hubiera sido clásico en otros siglos, que el magrebí, para terminar con la chica, hubiera tenido que hacerse católico.
No sólo no lo dijo, sino que claramente lo consideró secundario, por lo que a nadie debe extrañar que Artur Mas haya seguido la senda de su padre político adoptivo. No sólo el magrebí de turno (aquellos que se llamaron mauri en la conquista de España y que se popularizaron como moros) debía aprender catalán, sino formar parte del ejército nacionalista catalán. Y, para reforzar esos vínculos, ahora la Generalidad, según consta en las informaciones de El Mundo, está decidida a financiar la enseñanza del islamismo.
La evolución de las religiones ha sido dispar. En general, con sus altibajos, han ido perdiendo peso político para ocupar un lugar en la esfera individual. Así ha sucedido con el cristianismo y, singularmente en éste, con el catolicismo. Pero también con otras religiones asiáticas u otras con variadas formas de sincretismo. No ha sido, sin embargo, éste el caso del islamismo.
Algunos de los conflictos más aguzados en el mundo tienen tras de sí la sombra del fanatismo islamista. Los variados intérpretes del Islam están en la vanguardia de las guerras más crueles en la actualidad. Entre ellos, y con el resto del mundo.
Se puede hacer un esfuerzo por separar la religión islámica de quienes la utilizan como bandera de exterminio del adversario. Pero no es nada fácil, porque no hace falta ser un genio para descubrir que, junto a preceptos puramente religiosos compartidos con las demás religiosnes del Libro, la cristiana, la judía y la musulmana, es una de ellas, el islamismo, la que ahora ha puesto el énfasis en determinar una forma de organización social y política difícilmente compatible con la evolución de la doctrina sobre los derechos humanos. Y esto es así en relación con el papel de la mujer, fundamentalmente, y también con la concepción como no personas, como enemigos a exterminar, de los diferentes.
La pregunta es si se puede enseñar islamismo soslayando estos dos últimos aspectos. Bien, tal vez se puedan dejar de lado, en una versión moderada de esa religión. Pero a poco que se rasque en ella, cualquier ortodoxo del islamismo sacará las suras correspondientes para propagar la radical inferioridad de la mujer o la justicia de la Guerra Santa.
Artur Mas va a tener que hacer un casting muy cuidadoso de los profesores de islamismo. Porque, a poco que se descuide, pueden ser de la misma banda de quienes enseñan al Ejército Islámico a acabar con los cristianos o los kurdos o los yazidíes en Irak. Que son los mismos, éstos suníes, que matan sin piedad alguna a otros musulmanes, como los chiíes. Que, por cierto, tampoco se frenan demasiado a la hora de perseguir a sus oponentes, siempre en nombre del mismo Islam.
Tengo curiosidad por saber qué parte del islamismo se va a enseñar en las escuelas catalanas. Dónde se parará la enseñanza, si en el velo o en la minifalda. Si en la asistencia al necesitado (que es un valor islámico) o en la consideración (que siempre tiene consecuencias) de infieles o apóstatas de los demás.
Pero a Artur Mas le debe importar poco el asunto, porque el propósito es conseguir 300.000 simpatizantes del independentismo catalán. Aún a costa de propagar unas ideas que, independientemente de otros valores, ahora se están utilizando como banderas de combate mundial.
En España, país de la órbita civilizatoria del cristianismo, se pone en duda su propia religión apelando a los valores democráticos de la laicidad, pese a que el catolicismo oficial pesa lo justo sobre los avatares políticos. Pero se apuesta por introducir otra religión, precisamente por su rentabilidad política.
No sé qué pensarán de esto los curas nacionalistas catalanes. Quién sabe: igual lo apoyan, porque siempre han sido más nacionalistas que curas. Lo que sí creo es que las mujeres catalanas deberían empezar a temblar ante las próximas promociones de estudiantes de la escuela nacionalislamista de Mas.