Opinión

¿Y a ti quién te salva, España?

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS

José Antonio Ruiz | Viernes 19 de septiembre de 2014

Si como dice Darío Fo, «no hay conciencia social para sacar adelante el mundo», ni te cuento para hacer lo propio con Europa, o mismamente con España, cuyo desguace está por venir, aunque no vivamos para presenciarlo y contarlo. Es cuestión de darle tiempo al tiempo y sentarse en el umbral de la puerta a ver pasar el cadáver.

Lo mismo da que la demolición la principien dos escoceses mamados, con los ojos fermentados, cantando ‘Flower of Scotland’ en una destilería de Bourbon whiskey, o que el desmontaje de la falla comience por Italia, Bélgica, Francia o la inmemorial Hispania romana, la «tierra de conejos» de la que habló Cicerón, donde las sanjurjadas siempre han sido una tradición arraigada.

«¡Viva España Única e inmortal!» –gritó el ínclito general, a quien Alfonso XIII tuvo a bien concederle el título de Marqués del Rif. Así le fue al León del Rif y al abuelo de nuestro rey emérito. ¡Viva Cartagena!

Si nadie lo remedia, volveremos a la tribu, a los aldeanismos primitivos, a las visiones etnocéntricas que se esconde en el útero de la Venus de Willendorf, a las sociedades enfrentadas por el Rapto de las Sabinas y a la reconstrucción del Muro de Berlín con material de derribo.

Lo mismo estamos asistiendo en tiempo presente a la involución de la Historia a cuenta de la regresión de la razón y el sentido común, por mucho que este insignificante cronista se resista a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, que tampoco es cuestión, entiéndaseme.

Recuento de daños. Gane quien gane en estos referendos, ya nada será igual, ante la imposibilidad de conciliar la amarga victoria de los síes con las expectativas frustradas de los noes el día después de la ordalía de las urnas. El ser humano es el único animal racional que se empeña en dispararse al pie con un misil antitanque de fabricación polaca.

¿Better Together con quien no quiere estar contigo? (…) No lo tengo yo tan claro.

Pero nosotros, entretanto, seguimos como si tal cosa, a lo nuestro, alimentándonos de trivialidades, preguntándonos por qué el Bernabéu pita a Casillas. Ya te lo digo yo, que no soy sospechoso dada mi condición atlética: pura envidia de saber que tiene una mujer tan hermosa. Como le dice Ilsa (Ingrid Bergman) a Rick (Humphrey Bogart) en ‘Casablanca’: «With the whole world crumbling, we pick this time to fall in love» («El mundo se derrumba, y nosotros nos enamoramos»).

Ya sé que suena cursi de cojones, pero si no luchamos por lo que creemos que merece la pena, luego no tenemos ningún derecho a ir gimiendo por las esquinas como las plañideras enviadas por el Dios de Israel para llorar por la devastación de Judea. Aparta de mí ese lacrimatorio, que voy estando hasta los mismísimos de tanto velatorio por un muerto (España) que no merece una lágrima en la arena.

Aprovechando que Jean-Paul Gaultier ha decidido dejar el prêt-à-porter para centrarse en la alta costura, se me está ocurriendo que los chamanes de Uropa debieran hacer lo mismo a la viceversa, en lugar de emperrarse en seguir con la dieta baja en carbohidratos y atiborrarse de edulcorantes, que predisponen al efecto rebote y a las alteraciones metabólicas, según la revista Nature.

Cogérsela con papel de fumar, o pensar como un pasante picapleitos, lo mismo previene el pulgón negro del pepino, dicho sea en sentido figurado; pero con tanta asepsia y tanta esterilización dialéctica lo único que están consiguiendo es que la desafección sólo beneficie a los unicejos paletos y a los caudillos indigenistas dispuestos a dinamitar el sueño de una noche de verano a golpe de cacicadas y promesas de falsos paraísos.

Siento decirte, compadre, que estamos bien jodidos. La barca se hunde, como se hundió la carabela de Luís Yáñez en la Expo 92 ante los ojos atónitos de Jacinto Pellón. «Mamá, Curro se ha caído al agua», gritó un niño desde el muelle, al ver a la mascota saltar al mar para no perecer en el naufragio, según contó Siles en una delirante crónica que publicó en El País.

El problema es que Cameron no es Winston Churchill, ni Merkel es Konrad Adenauer. Como dijo en cierta ocasión Raúl Castro, el hermanísimo de Fidel, en la Asamblea Nacional cubana, hará de esto cuatro años: «O rectificamos o ya se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio y nos hundimos».

Cuánto mejor nos iría si en lugar del dosificador de sacarina de vez en cuando nos zampáramos un buen mortero de atascaburras de Albacete o de la Serranía de Cuenca que tan bien conoces, querido Raúl (del Pozo). Y si en lugar de tirar de eufemismos y sobreentendidos, llamáramos a cada cosa por su nombre de pila.

No es cuestión de dar ideas a la masa antropófaga -¡líbreme Dios!-. Pero día llegará, al paso tambaleante que vamos, que algún bárbaro hará lo que han hecho unos energúmenos con un diputado ucraniano: agarrarlo en volandas por lo que vienen siendo las orejas y arrojarlo a un contenedor de basura, al grito de ¡váyase usted a la mierda!

Aunque pudiera parecer inaudito, hay salvapatrias dispuestos a emular al domador de la localidad valenciana de Càrcer, que sin miramientos de ningún tipo, no se le ha ocurrido otra cosa que atar a un oso a una farola para poder acercarse al bar a ponerse de cerveza hasta el madroño. ¡Hay que echarle!

Doce años, doce, hace este mes de septiembre, que Juan José Ibarretxe comenzó a cavar su tumba política en un debate de política general. Una docena de años más tarde, ha sucedido lo propio con otro menda, como si nadie hubiese extraído alguna enseñanza válida del episodio vascuence.

Por septiembre suele cambiar el tiempo, pero no la tontuna. Se veía venir que detractores y defensores del pobre Toro de la Vega acabarían arrojándose guijarros a la molondra, a cuenta de la tara mental que se esconde en el hemisferio esquizoide del homo sapiens: una peculiar especie primate de la familia de los homínidos, que a menudo tiene poco de “hombre” (no en términos de género sino de degeneración) y mucho menos de “sabio”.

Muchos se llevan las manos a los cuernos por la tortura a la que se somete al morlaco de Tordesillas, reducto histórico de una civilización asilvestrada (le llaman tradición), que se resiste a abandonar las cavernas y bajar del árbol. Pero pocos se lamentan de la tortura interminable de la que sigue siendo objeto esta España alanceada nuestra, desmadejada como un ovillo de lana a merced de la gata maulladora y ronroneante de Sánchez Dragó.

Si Pedro Sánchez llama a ‘Sálvame’ para anunciar que cuando sea presidente del Gobierno promulgará una ley contra el maltrato de los animales…, es que ya no hay salvación posible ya te pongas el chaleco salvavidas del Titanic.

¡Hay que ver cómo se movilizan los políticos cuando les interesa! Y todo porque el presentador de la inmundicia, el tal Jorge Javier Vázquez, había tenido la ocurrencia de decir que no votaría más al PSOE por aberraciones cabestras como la del pueblo en cuestión, comandado por un regidor socialista.

¡La de gilipolleces que están dispuestos a hacer por rebañar un voto! Miedo da el sólo hecho de pensar la de veces que Pedro va a agarrar el teléfono para llamar a la tele de las ‘Mamachicho’ ahora que comienza la quinceava edición de ‘Gran Hermano’. ¿Por qué no un cameo con Belén Esteban convertida en musa del PSOE? ¡Redímenos a todos, querida Milá!

Mal momento el del líder sociata para colgarse una mochila al hombro emulando a Pablo el de la coleta, el Águila Roja de la izquierda española, después de escuchar decir a Jordi Pujol Ferrusola (el mismo que le ha asegurado al juez Ruz que hizo negocios con el señor marido de Cospedal) que «la gente no va por la vida con mochilas llenas de dinero». Si lo sabrá él.

Por cierto, por cierto, con la otra Sagrada Familia de los Pujoles, el Gobierno Rajoy, el CNI y la UDEF, está pasando como en el chiste del dentista, a quien el paciente agarra por los huevos y le previene del riesgo que corre si se le ocurre hacerle daño.

«El mundo habrá acabado de joderse el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga» (García Márquez). Y ese día me temo que ha llegado ya o está al caer.

El Dioni se confiesa veinticinco años después: «Viendo cómo está España, volvería a robar el furgón». Haberlo dicho antes, tronco, y me hubiera despedido esta mañana al salir de casa. La de bien que se tiene que estar a estas horas en un chiringuito de Copacabana. Como diría Benedetti: ¡No me tientes, que me conozco!