Todos los Padres Fundadores de los Estados Unidos – Alexander Hamilton, John Adams, George Washington, Benjamin Franklin, Thomas Jefferson, John Jay, James Madison y Thomas Payne – dejaron como herencia, además del honor de haber fundado una nación que sería el faro de la libertad en el mundo, muchas deudas y muy poco peculio a sus deudos y descendientes. Todo lo contrario de los fundadores de la Nación catalana, cínicos traidores a España: su traidora estirpe dejará a sus descendientes, además del deshonor político, la traición a la patria y los delitos financieros, una pingüe herencia labrada con la prevaricación, la malversación, la estafa y el chantaje y robo a la sociedad civil. Los hijos de los revolucionarios americanos tuvieron que pagar las deudas de sus padres, aunque supieron salir adelante gracias a la buena educación y los valores morales que sus padres les legaron. Los hijos de los facciosos catalanes podrán vivir una vida de siesta, ocio y desenfreno gracias a las inmensas fortunas y mala educación que les legaron sus padres. Pero, a la postre, ante la Historia sólo dejarán como herencia oquedad y cárcavo, nada y mierda.
Los líderes de la independencia catalana ejemplifican como nadie la imagen del político que considera que primero son los intereses particulares y muy después los intereses públicos y el bien común. Es decir, jamás estarán subordinados al interés colectivo y al ideal nacional de una flamante Cataluña independiente, sino a sus caprichos y buen apetito. Sus inclinaciones insaciables hacia el dinero les harán imposible establecer una plena solidaridad nacional, con lo que a lo más que puede llegar el Estado Catalán es al Estado de la Isla de la Tortuga, la patria de los piratas y bucaneros. Así como la materia tiende hacia su forma, el perfil de los independentistas tienden hacia el Estado. Sicut materiam appetit formam, grassatura appetit statum praedatorum. Deberían haber estudiado a aquel gran político de la vecina Francia para no caer en la más ordinaria estridencia revolucionaria, y que hoy les diría: “No somos salvajes recién llegados de las riberas del Orinoco para formar una sociedad. Cataluña es una comunidad histórica vieja, tal vez demasiado vieja para nuestra época, que hasta puso el gentilicio a la Nación a la que pertenece, “españoles”. Tenéis un gobierno preexistente, un rey preexistente, una democracia preexistente, una amplia autonomía preexistente. Es preciso en lo posible aseguraros de no perder todas esas cosas que existen y salvaros de la subitaneidad del tránsito.”
Y es que es preciso que el hombre advierta que él no puede ser un fin para sí mismo, sino que tiene que ser, además, un medio consciente racional para los fines comunes, que el gobernante, sobre todo, tiene que preocuparse fundamentalmente no de sí mismo, sino de los demás. El principio de todo su obrar no puede ser una preocupación egocéntrica de amontonar millones en Andorra, Berna o Vaduz, sino una obsesión altruista, y siendo esto común y recíproco y solidario, de los demás recibirá él lo que fundamentalmente exige su propio fin. La única finalidad del buen gobernante es la de salvar y enriquecer el patrimonio común espiritual y material de todos, de los anteriores, de los coetáneos, de los por venir, para que luego de este gran patrimonio, como suprema fuente vital, emane cuanto individual, personalmente necesitamos para nuestro propio Destino
La chanchullera Cataluña actual parece traicionar a sus grandes héroes que tanto amamos los españoles: los Berengueres, Roque Guinardo, Roger de Flor o Jaime el Barbudo. De las altas torres del ideal romántico se ha caído en el dornajo maloliente de los cerdos. Necesitamos un Pla.