Polonia logró la libertad con mucho trabajo y oraciones. En ese arduo camino la década de 1980 fue decisiva y en alguna medida fue anticipando la impensable caída del Muro de Berlín, que se produciría en 1989.
Pocos países sufrieron lo que Polonia en la Segunda Guerra Mundial, soportando la invasión de Alemania y la Unión Soviética en septiembre de 1939, después los campos de concentración y las muertes a escala industrial. Una vez concluido el conflicto, de una esclavitud se pasó a otra, cuando la liberación de la opresión nazi significó la llegada del Ejército Rojo. Así lo refiere el escritor polaco Czeslaw Milosz, Premio Nobel de Literatura en 1980, en El poder cambia de manos (Destino, 1980), un libro valioso que vale la pena releer. Inmediatamente después la nación fueron parte de ese experimento político en que se intentó replicar el modelo soviético en distintos países de Europa Central y del Este, según ha explicado Anne Applebaum en su excelente El Telón de Acero. La destrucción de Europa del Este 1944-1956 (Madrid, Debate, 2014).
Sin embargo, también fue Polonia uno de los primeros países de la órbita socialista en experimentar algunos aires de libertad. Para ello contó con dos figuras excepcionales: el Papa Juan Pablo II, que asumió el Sumo Pontificado en 1978, y Lech Walesa, un obrero que organizó el primer sindicato libre dentro de la órbita comunista, que bautizó con el significativo nombre de Solidaridad. Ambos se reunieron en 1979, cuando el Pontífice visitó por primera vez su país tras la elección. Así narra Walesa el significado de esa visita:
"Y entonces un polaco se convirtió en Papa. Y un año después volvió a Polonia y nos unió. Ellos aún tenían la fuerza, pero nosotros teníamos el apoyo de la gente. Y entonces hice un pequeño show: organicé a los trabajadores y en el sindicato junté a todos, a los médicos, a los profesores. Invité a los periodistas y cámaras del mundo y dije: "Estas son todas las profesiones. Son millones de personas. Y les estamos hablando a ustedes, el resto del mundo: no queremos el comunismo, nunca lo quisimos". Entonces ahí empezamos a hacer propaganda y ya no podían evitar hablar de nosotros. Si nos hubieran matado, habría quedado registrado en todo el mundo".
Tiempo después el "Solidarnosc" fue aceptado legalmente. "La creación del Sindicato libre es un acontecimiento de gran importancia", manifestó Juan Pablo II en una reunión que sostuvo con ellos en enero de 1981. Cuando poco después el gobierno decretó estado de sitio y disolvió las organizaciones con sesgos autónomos, no pudieron acabar con Solidaridad. Así lo resumió Walesa: "Le 'destruimos los dientes al oso'. El oso seguía existiendo, pero ya no podía morder".
En 1983 llegó un reconocimiento inesperado, cuando Walesa obtuvo el Premio Nobel de la Paz, por su lucha por el sindicalismo libre e independiente al Este del Telón de Acero. Al recibir la noticia, Moscú calificó al líder del Solidaridad como un "cadáver político". El galardonado, por su parte, aseguraba que el premio correspondía a los trabajadores de su patria. No era una discusión dialéctica, sino un debate de fondo en medio del fin de la Guerra Fría.
En su discurso al recibir el Premio, que no pudo leer personalmente, Walesa destacaba la historia de sufrimientos y dificultades que había enfrentado Polonia durante siglos y en repetidas ocasiones durante el siglo XX, así como la breve etapa de surgimiento y desarrollo de Solidaridad, que logró crecer hasta convertirse en un "poderoso movimiento por la liberación social y moral", fundado en la no violencia y la necesidad de diálogo y entendimiento para las definiciones que debía tomar su patria en esos momentos.
Pocos años después, en un interesante libro autobiográfico titulado Un camino de esperanza (Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1987), el líder de los trabajadores reflexionaba: "A veces siento que pertenezco ya a una época superada, la que tan bien encarna nuestro himno nacional, Polonia no ha muerto todavía. Sin embargo, nuestras siguen siendo las condiciones en que este himno nació, al igual que las aspiraciones y virtudes que expresa: coraje, rebelión, orgullo".
El camino seguía inconcluso, pero mostraba avances significativos. La marea de la historia daba vueltas impensables décadas atrás, con personajes como salidos de una novela, pero que actuaban en la realidad de su tiempo. Estaba convencido de que tarde o temprano llegaría la hora de la libertad, cuya aceleración habían provocado los trabajadores con su organización y el Papa con su mensaje.
Esta última etapa de la vida de Polonia bajo el comunismo está muy bien narrada por Tony Judt, en su monumental Postguerra. Una historia de Europa desde 1945 (Madrid, Taurus, 2012). La organización, las visitas del Papa, la religiosidad del pueblo y un régimen debilitado que se veía obligado a transigir -sin dejar de lado represión desde el poder- fueron preparando el final del camino. A lo cual se sumaba la situación internacional que marchaba en la misma dirección, tanto al interior del bloque comunista como en las democracias occidentales anticomunistas, algunos de cuyos líderes parecían entender el signo de los tiempos.
La situación se precipitó a fines de 1988, y en febrero del año siguiente Jaruzelski, a regañadientes, reconoció a Solidaridad como contraparte en las negociaciones por el fin de las protestas laborales, en un país cuya inflación superaba el 1.000% anual. Como resume Judt, "con la perspectiva de los años, se puede decir que las conversaciones de la mesa redonda pusieron el punto final al comunismo polaco de manera negociada y, por lo menos para algunos de los participantes, esto ya estaba claro. Pero nadie podía prever la velocidad del desenlace". Era otra de las sorpresas de la historia, en un año que estaría marcado por la multiplicación de los grandes eventos y transformaciones decisivas.
Czeslaw Milosz, quien advirtió tempranamente del peligro del totalitarismo comunista como reemplazo del régimen nazi y que tuvo una dolorosa experiencia personal, afirmó con inteligencia: "la presión de la maquinaria estatal no es nada en comparación con la presión de un argumento convincente". Tenía razón, especialmente para el caso de Polonia. Esos fueron precisamente los argumentos que reunieron con actividad incansable y una pasión decidida frente a las adversidades, a Juan Pablo II y Lech Walesa, al pueblo polaco y Solidaridad, anunciando el regreso de la historia y la promesa de libertad.