Opinión

Cuestión de principios

TRIBUNA

Agapito Maestre | Domingo 28 de septiembre de 2014
Miles de enseñanzas pueden sacarse de la retirada del anteproyecto de ley del aborto. Quizá la más general e inmediata sea que las cuestiones de principios morales tienen, en el ámbito propiamente político de la vida, tanta o más importancia que las de orden económico y social. La inviable reforma de una ley referida a un asunto de principios éticos no sólo ha hecho dimitir al Ministro de Justicia, sino que incluso se está planteando por parte de algunos analistas políticos, todos ellos de gran seriedad y rigor, la dimisión del propio Presidente del Gobierno. No estamos ante un asunto menor y sin importancia, como pudiera suponer algún pragmático asesor de encuestas y votos. Una cuestión de principios, sí, puede crear un conflicto más grave del que algunos políticos y, sobre todo, sus asesores pudieran haber previsto. Tiempo al tiempo.
Pero, sin entrar en el motivo concreto que ha llevado al ministro a tomar esa decisión, extraigo de su dimisión dos inmediatas conclusiones que afectan al entramado entero de la democracia española. La primera tiene que ver con la figura concreta del político. La segunda se refiere a la crisis del sistema político. No valoro, reitero, el motivo concreto de la dimisión, tampoco juzgo aquí la figura de Alberto Ruíz Gallardón, me refiero únicamente a unos datos objetivos y fácilmente comprobables por cualquier ciudadano, a saber, un político, un ministro, fajado durante más de treinta años en el gobierno y la oposición, que ha ostentado todo tipo de cargos políticos, por un asunto de principios, dimite de su cargo. Pero, y esto es lo grave, no sólo dice adiós al ministerio, sino también al gobierno y al partido. Abandona toda actividad política.
¿Será cierto que abandona para siempre la política? Y si es cierta esa decisión, ¿puede este sistema político permitirse ese lujo?, ¿puede la política española, tan carente de políticos serios y experimentados, prescindir de gente como Ruíz Gallardón? Sin duda alguna, puede; pero, tal y como están las cosas, no creo que el asunto sea para tirar cohetes; al margen de nuestros gustos políticos, es evidente que la experiencia política de Ruíz Gallardón, alguien que ha ido a la política por vocación estricta, es necesaria para los tiempos que se avecinan en España. Es un fracaso grave, gravísimo, que un tipo joven, experimentado y con criterio -independientemente de que se comparta - renuncie a la política en un país que ensalza a cualquier zote que salga en un programa televisivo.
Es obvio que tratándose de un político, y Ruíz Gallardón lo es de raza, cuesta creerse todo lo que dice. Cuesta, en verdad, aceptar que este hombre se retire definitivamente de la vida pública. Pero, si así lo hiciera, tendríamos que reconocer que estamos no sólo ante un fracaso personal, sino también ante un fracaso político del propio sistema. ¿O acaso hay muchos en el Gobierno y en la Oposición que estén más preparados y sean más serios que Ruíz Gallardón? No citen, por favor, nombres, porque se nos puede partir el labio de la risa. Perdón por mi castizo comentario, pero, sin ánimo de herir a nadie por sus preferencias políticas, digo que malo, sí, puede ser Ruíz Gallardón, pero, si miramos a su derecha y a su izquierda, se nos puede helar el corazón. La vida. Este país necesita, a diferencia de lo que creen los estúpidos y los demagogos, políticos serios y preparados. Y, de momento, yo no veo que abunden muchos en España. Es dramático, pues, que dimita un ministro porque fracasa su proyecto, pero es aún más trágico que en el horizonte de un sistema político no se vean políticos equiparables en sabiduría y valor al dimitido.

La dimisión de Gallardón es más que el fracaso de un ministro del Gobierno, refleja las quiebras de un sistema político a la deriva.