Opinión

Orgullo y prejuicios

TRIBUNA

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 29 de septiembre de 2014
A lomos del tigre que cabalga y que no sabe dónde le conducirá o cuándo lo destrozará entre sus fauces, Artur Mas anuncia que, aunque el TC suspenda su ilegal ley de consultas y su no menos ilegal convocatoria de su disfrazado referéndum de autodeterminación, proseguirá su campaña, también obviamente ilegal. Desde China, Rajoy le recordaba una sabia máxima confuciana –“más vale darse la vuelta que perderse en el camino”- que o no la ha oído o no ha sido capaz de entenderla en todo su profundo significado. El empecinamiento en política, fruto del orgullo –y la inevitable ceguera que lo acompaña- es la segura señal de los perdedores, que solo escuchan a la interesada banda de los que le rodean y adulan, pero no al sonoro clamor de quienes le advierten que se dirige inexorablemente a su ruina. Y no solo a la suya personal -que poca relevancia política tendría- sino a la de la importante región de España que tan irresponsablemente encabeza, pues lo suyo no merece el nombre de gobierno. La frustración de una buena parte de los catalanes, que cándidamente han creído sus patrañas, será lo mínimo que producirá su delictiva andadura.

Tampoco aprende el catalán de acontecimientos recientes, que entiende al revés de lo que significan. En plena resaca del referéndum de Escocia, una serie de escritores británicos, tras felicitarse por el triunfo del “no”, constatan que el mal ya está hecho y uno de ellos, Kenan Malik, en un artículo titulado “Reino Unido, pueblo dividido”, escribe “¡Oh ironía! el impacto mayor del voto puede ser el de fomentar un nacionalismo inglés y una mayor fragmentación de la Unión”. En efecto, las poco meditadas promesas de David Cameron -pocos días antes de las votaciones, cuando una encuesta hizo pensar que podían ganar los independentistas del “sí”- anunciando que una mayor autonomía (“devolution”, según la terminología británica) para Escocia iría acompañada de una mayor autonomía (“devolution”) para Inglaterra han sembrado el desconcierto. El citado autor entiende que las complejas “ramificaciones constitucionales” que tendrían esos proyectos suponen para el Reino Unido “un manifiesto potencial de inestabilidad y caos”. Los nacionalismos se multiplican, algo que también vimos por aquí desde los mismos comienzos del Estado autonómico. Mas está más cerca de los cantonalistas de la I República que de un enfoque adecuado a este siglo XXI.

Otros, también en el Reino Unido, comentan que cuando en un país en el que todos sus ciudadanos tienen debidamente garantizados y respetados todos sus derechos y libertades, así como su representación en los órganos parlamentarios, poner en duda la integridad territorial y someterla a los azares de una mal planteada consulta popular, es un síntoma evidente de mala salud política. Que esto ocurra en el más viejo de los sistemas parlamentarios europeos y también en nuestra democracia –que no ha llegado aún al medio siglo de existencia- no es para tranquilizarse con el conocido expediente de que “eso ocurre hasta en las mejores familias”, sino para preocuparse por un mal de evidentes raíces profundas. Un mal que no va a solucionar la fragmentación de las más antiguas naciones, como quieren los nacionalistas, ni las idiotas recetas de los populismos, de izquierda o de derecha, ni tampoco el aislamiento, como quieren los anti-europeos.

En ayuda de Mas ha acudido Urkullu, el más gris de los lehendakaris que se han instalado en Ajuria Enea, que acaba de decir que “comparte la rabia de Mas”. ¿Qué rabia? ¿La de ser las dos regiones más descentralizadas y con mayor autonomía de toda Europa? Se aferran a ese concepto de “naciones sin Estado” y a continuación se les pude oír que hay que “construir la nación”. ¿En qué quedamos, ya existe la nación o hay que inventársela, que es a lo que se dedican los separatistas? ¿En qué ventanilla les han dado el carnet de nación? Porque la historia, evidentemente, no se la ha reconocido a ninguno de los dos. Estas naciones que solo lo son para sus nacional/separatistas son como esos alienados que se creen Napoleón. O como los que se atribuyen un título nobiliario al que no tienen ningún derecho. Y hasta lo ponen en sus tarjetas de visita.

Pero cualquier argumentación es imposible con los nacionalistas, que no soportan un debate racional. El suyo es un mundo de emociones y sentimientos inducidos por una educación escandalosamente manipulada y por unos medios controlados implacablemente, que condenan al silencio al que discrepa mínimamente de la verdad oficial. Todo nacionalismo es una mezcla heterogénea, pero bien trabada para uso de sus fieles, de orgullo y prejuicios. El orgullo de creerse distintos y superiores a los demás (el famoso hecho diferencial) a los que, como mínimo, desprecian cuando no odian y, asentado en ese orgullo, un manojo de prejuicios que les impiden ver en su auténtica realidad tanto el pasado como el presente. Uno de los más principales prejuicios es el del victimismo, que tiene todas las características de una patológica paranoia.

Un nacionalista es la más cumplida encarnación del “hombre unidimensional” que inventó Marcuse hace años: Solo ve su inventada nación y todo lo filtra a través de esa visión, con las anteojeras de sus prejuicios. Allá por los años noventa del pasado siglo, una escritora croata, Slavenska Drakulic escribía lúcidamente: “Antes de la guerra yo era muchas cosas. Ahora ya no soy ni siquiera persona. Ahora solo soy croata”. El empobrecimiento de su propia identidad, la incapacidad para aunar las diferentes identidades que en este mundo plural todos tenemos es la señal distintiva de los nacionalistas. Les encanta empequeñecerse y quieren condenarnos a todos los demás al mismo enanismo.

En el caso español una buena parte de la culpa de este fenómeno la tienen, desde el principio de la democracia, la ciega incuria de los gobiernos centrales que hicieron dejación de sus obligaciones o las mercadearon por un puñado de votos. Aparte de que se dejó que se instalara en la opinión pública una falsa ecuación, aquella según la cual democracia y descentralización son directamente proporcionales. Falsa de toda falsedad porque, más allá de un cierto punto, que en España se ha rebasado hace tiempo, la descentralización y la transferencia ilimitada de competencias, además de disfuncional, solo sirve para fomentar el más estrecho localismo y, como muy bien sabemos aquí, por casos como los de Cataluña o Andalucía, hace más fácil la corrupción, que es el más deletéreo de males para una democracia, porque la socava desde sus propios fundamentos.

El caso Pujol y su escandalosa comparecencia en el Parlamento catalán es un buen ejemplo de cómo “se construyen” paralelamente y en estrecha connivencia un insolidario nacionalismo y un bochornoso sistema de explotación de los fondos públicos al servicio de intereses particulares. Con la gestualización teatral, que los líderes políticos aprenden al cabo de tantos años de ejercicio como los que ha desempeñado el antiguo “honorable”, Pujol se presentó más o menos como la antítesis de la corrupción, de la que, muy a su pesar, se ha convertido en su más acabado símbolo y representación. Su actuación ante el Parlamento fue una farsa y él se mostró como un farsante. Un oficio que no es nuevo para él, pues ya lo practicaba cuando venía a Madrid a vender la mercancía de la gobernabilidad, a la que tanto jugo le ha sacado.