Si nos atenemos a la literalidad de los hechos, y no a las declaraciones grandilocuentes, la verdad es que el Gobierno de Mas está sometiéndose a la legalidad. Al menos, hasta esta misma noche del primero de octubre.
Es cierto que se esfuerza denodadamente en buscar subterfugios y triquiñuelas para disimularlo. Que sostiene que puede aún actuar con pasos hacia la consulta separatista porque hay posibilidad de recursos. Que intenta salvar la cara con alguna gesticulación en internet. Que intenta frenar la frustración autogenerada con alguna agitación callejera.
Todo es verdad, y a algunos les lleva al escándalo. Pero, en el fondo, lo que está pasando en Cataluña es que el Gobierno de Mas ha entrado en guerra civil. Que nadie quiere ser el primero en ponerse como cabeza de la sedición. Que todos saben que tienen que echar el freno, porque son responsables del futuro profesional de muchos funcionarios y de su propio futuro.
Mas intenta desesperadamente cumplir la ley y, a la vez, mantener retóricamente el desafío. Separatista, pues, pero dentro de un orden, lo que le está siendo afeado por sus socios de Esquerra. Pero, claro, estos socios, como Junqueras, están mucho más tranquilos en su papel de tirar la piedra y esconder la mano. Porque Junqueras es irresponsable de la actuación de la Generalitat. Para ser más precisos, Junqueras es un absoluto irresponsable. Pero con bastante astucia, pues si sabe que no puede lograr su propósito independentista, sí al menos puede conseguir su primacía política en Cataluña. Y más a cada minuto en que se achicharre Mas.
Esta jornada ha repetido otro de los esperpentos del separatismo. Nombrar una comisión para controlar una consulta que ha sido suspendida por la ley. En eso, el Gobierno de Mas y los grupos parlamentarios secesionistas han rozado el surrealismo. Han inventado una comisión preventiva, como quien saca a procesionar a un santo para que llueva. Por si llueve, claro. Y si no llueve, pues tampoco se pierde nada, porque ¿a quién le preocupa esa comisión? Comisiones estúpidas las vemos todos los días. Será por órganos consultivos, asesores o mediopensionistas. Los tenemos a cientos en España.
La comisión de control del referéndum catalán va a ser el organismo público más rentable para sus componentes, y con menos trabajo. Salvo que se pongan bordes y quieran tener trabajo, con lo que se pondrían en primera línea de la carne de cañón que busca Junqueras. Cualquiera vale para esa función de convertirse en Agustina de Aragón (lo digo por el antiguo Reino que incluía Cataluña). Cualquiera, menos los capitanes araña que los agitan y que tienen lo justito de heroísmo.
Un problema serio para la épica independentista es que no es contestada con otra épica, sino con la burocracia. Que nadie sueñe con cárceles ni paredones. Es todo mucho más sencillo. A lo sumo, y si alguien se pone muy gallito, con oficios judiciales y sanciones administrativas. Y no hay nada más penoso que enarbolar al galope un estandarte para la batalla y caerte del caballo a un charco de barro.
Pero es verdad que barro hay, que se ha embarrado la convivencia. Es verdad que hay gente que pasea su indignación por uno y otro lado. Pero conviene poner en su justo sitio el escándalo. Porque, a veces, lo sublime se transforma en ridículo. Como esos tipos que se desnudan para asaltar un estadio de fútbol, que más que provocar indignación causan risa.
Hasta esta noche que cito, Mas no ha incumplido ninguna ley. Ni siquiera su edecán Homs, que parece que le apetece más. El Gobierno de la Generalitat no ha hecho más que apelar a los recursos legales previstos en el ordenamiento. Y sólo ha amagado con preparar preventivamente organismos por si estos recursos prosperan. Añadamos que a sabiendas de que no pueden prosperar, pero esto es demasiado lógico para muchos meses de reinado del absurdo.
Cada vez que veo un recurso argumentado de la Generalitat frente a una resolución estatal entiendo que la democracia constitucional española se apunta un tanto. Cada vez que escucho la esgrima intelectual del independentismo para decir que no es lo que quiere ser, pero no quiere ser lo que es, entiendo que se queda sin campo de juego. Cada vez que se apela a emociones y, a la vez, se redactan impugnaciones, entiendo que está más cerca el descubrimiento de la impostura.
Han estado tanto tiempo jugando con los conceptos y alterando el nombre de las cosas, que los secesionistas no saben a qué carta quedarse. Decían que querían consulta, cuando deseaban independencia. Pues ahora tendrán que decir si quieren independencia sin consulta. Y si no la quieren, o no pueden lograrla porque en los últimos tiempos están mal vistos los golpes de Estado, pues que se callen de una vez y dejen de engañar a los suyos.
No va a pasar mucho tiempo para que las masas agitadas por las mentiras empiecen a pedir responsabilidades a sus manipuladores. No falta demasiado para que algunos miles de catalanes se miren al espejo y se vean con cara de tontos. Y buscarán culpables. Y será un momento interesante, porque cada uno de los dirigentes políticos que han participado en el aquelarre va a mirar para otro lado y señalar al vecino. El primero será Junqueras, el personaje que tan bien retrató Goscinny y su Astérix en La cizaña, que se chivará de Mas y le cargará con el muerto del fracaso.
El presidente de la Generalitat está apurando sus últimas posibilidades. Solo le puede salvar la generosidad del Estado. Una oportunidad que intentará darle Rajoy, creo. Otra cosa es que Mas rechace la soga que le salve de la ciénaga y prefiera anudársela al cuello.