Opinión

Una angustia comprensible

TRIBUNA

Juan José Laborda | Viernes 03 de octubre de 2014

Me refiero metafóricamente a la situación actual, donde es posible que se produzca un conflicto grave en Cataluña. Leemos toda suerte de explicaciones sobre lo que está sucediendo, y la gran imaginación teórica, incluso metafísica, propia de nuestra cultura intelectual, altera nuestro ánimo ciudadano. Leemos que nos equivocamos cuando nos dimos una Constitución con autonomías, pues entonces creímos que teníamos que resolver deficiencias de nuestro Estado, cuando en realidad sufríamos un problema nacional, es decir, que nuestra nación era muy imperfecta y débil.

La antropología y otras ciencias humanas permiten avanzar juicios analíticos sobre el conflicto en Cataluña. Las teorías sobre la nación y el Estado ofrecen muchas interpretaciones, y no digamos la cantidad aún superior de soluciones. Pero pienso que el respeto a las leyes, y llevar adelante una política realmente democrática (es decir: sin hacer fuerza y sin promover violencia contra las leyes y las instituciones), son dos factores que se deben contemplar a la hora de diagnosticar la crisis de Cataluña, los problemas de la política autonómica de nuestros días, y las posibles soluciones a estos problemas.

Existe una angustia comprensible por la amenaza de que se produzca un episodio revolucionario, y ante las frustraciones sociales que generaría una segura derrota del mismo, muchas personas de buena voluntad esperan que el diálogo siga siempre abierto. Parece lógico que se pida diálogo al Estado, teóricamente el más fuerte, aunque la otra parte, en este caso el Gobierno catalán, no quiera dialogar, salvo que se acepten sus propuestas ilegales. He escuchado que el Gobierno catalán está condicionado por la Assemblea nacional catalana que preside la señora Forcadell, y que para romper la tenaza que Forcadell le ha puesto al presidente Mas y a su gobierno, es necesario que se encuentre algún procedimiento para que el diálogo no quede barrido por “el choque de trenes”, es decir, un accidente con posibles bajas.

No es diálogo abocar al Estado a su destrucción. El instinto de supervivencia impide también que las sociedades se suiciden. Después de la gran Revolución Francesa, los demás intentos revolucionarios fracasaron en Europa, que vivió un siglo diecinueve más bien pacífico, y cuyos Estados alcanzaron una estabilidad que pareció inamovible. A finales de siglo, el desarrollo económico capitalista podía suplantar a la política: ese era el progreso que Heriberto Spencer predicaba para los países europeos (ricos e imperialistas). Como se abandonó la política, y las decisiones las impusieron los economistas, la oligarquía empresarial y los militares, Europa se metió en una guerra tan horrenda como imprevista, tan larga como devastadora: el conflicto mundial de 1914 a 1918. Y entonces la revolución triunfó otra vez, porque algunos Estados europeos se autodestruyeron durante los años de la guerra.

Podemos imaginar nuestro futuro con lo que sabemos de nuestro pasado. ¡Ojo! Nunca se repite la Historia. Pero habrá que considerar que nos encontramos con otro período de paz como el de antes de la Guerra de 1914, y que el desarrollo económico de aquel tiempo, aunque con crisis periódicas, disminuiría la sensibilidad política de los europeos.

¿Habían dejado huellas permanentes los acontecimientos revolucionarios de 1848 en países como Francia, Alemania, Austria, Hungría e Italia? A pesar de las ilusiones de revolucionarios como Marx y Engels (que entonces publicaron su Manifiesto para alentar la revolución en ese mismo año de 1848), de los desafíos de los revolucionarios obreros y de los nacionalistas, el drama de las revoluciones frustradas, incluso de las tragedias personales de los caídos en los frentes de la revolución, fueron superadas en esos países en poco tiempo. Lo que hizo triunfar las revoluciones posteriores, a partir de la rusa y la turca, no fue el recuerdo de las fallidas de los años anteriores, sino que sus Estados fracasaron dando seguridad a sus sociedades, o que como hoy diríamos, fracasaron uniendo firmemente el Estado con el Derecho.

Existe el riesgo de que partidos y organizaciones nacionalistas catalanas, con apoyo del poder institucional, resbalen por el plano inclinado de la violencia política, en su forma de desobediencia a las normas, o con actitudes aún más graves. Será una lamentable manera de comprobar que violar las leyes no es una banal tontería.

España es un Estado que está inserto en la Unión Europea, y esa realidad hace imposible cualquier intento de alterar por la fuerza las instituciones de un Estado miembro con éxito. El problema de Cataluña no se explica por supuestos fracasos de nuestro pasado. Cuando la Constitución Española se aprobó en referéndum el 6 de diciembre de 1978, en Cataluña el porcentaje de votos favorables fue el segundo más alto de todas las Comunidades, con un 91,09 por ciento de votos emitidos, siendo el promedio español el 88,54 por ciento. Por eso es estúpido enfrentar a los catalanes y su cultura propia, con los demás ciudadanos españoles y con la cultura común, y sería aún más estúpido que alguien sacase réditos políticos por hacer cumplir la Constitución y las leyes, en el caso lamentable de que sea necesario hacerlo.